24.3.15

Epístolas digitales y mesas cósmicas

Epístolas digitales y mesas cósmicas

Por Sara Plaza

Es curioso cómo se van enredando a veces las historias, cómo van tropezando unas con otras, cómo nos atraviesan después de recalar aquí y allá. La que sigue arrancó una noche de invierno alrededor de una mesa camilla que se ajusta bastante al modelo que la Real Academia Española define como: mesa, generalmente redonda, bajo la cual suele haber una tarima para colocar un brasero. (Brasero: Pieza de metal, honda, ordinariamente circular, con borde, y en la cual se echa o se hace lumbre para calentarse. Suele ponerse sobre una tarima, caja o pie de madera o metal.) La mesa camilla en cuestión era efectivamente redonda y tenía una tarima para colocar un brasero circular de metal en el que por las tardes se iban echando las ascuas de una lumbre que ardía en la chimenea situada en la misma habitación. Dicha mesa estaba cubierta por unas faldas de tela de color naranja, y estas a su vez por un mantel con hojas y cerezas estampadas, sobre el que descansaba un cristal circular del mismo diámetro que la mesa bastante grueso. El mencionado brasero tenía una rejilla de alambre que había que levantar cada vez que se añadían nuevas ascuas o se removía las ya mortecinas con la badila (Badila, badil: Paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros.)

La noche en la que comienza esta historia, era una de esas noches varadas en el invierno en las que el viento golpea las persianas y parece estar a punto de echar la puerta abajo. Había estado lloviendo desganadamente y hacía un par de horas que el fuego había devorado el último palo de encina y sus ascuas dormitaban bajo las faldas de la mesa camilla, calentando con su último aliento los pies de quien a esas horas seguía sentada frente a un ordenador portátil leyendo un "correo" y los archivos adjuntos, y tecleando lo que esas lecturas le inspiraban. En algún momento de la escritura mencionó su ubicación junto a la mesa camilla y cuando hubo terminado colocó el puntero en el botón de "enviar" e hizo "click".

Transcurridas varias semanas desde que tuvo lugar aquel intercambio epistolar (digital), sus protagonistas pudieron sentarse a conversar cara a cara con la silueta del Pico Sacro a sus espaldas. Pero no fue sentados sino recorriendo las calles empedradas de una villa que cada vez que se moja –y lo hace a menudo– parece que estuviera suspendida en el aire, cuando volvió a aparecer aquella vieja y querida pieza de mobiliario. Fue mientras cartografiaba con sus dedos el paisaje de líquenes y musgo atrapado en aquellos muros centenarios, cuando su interlocutor le hizo saber que al imaginarla escribiendo arrimada al brasero se acordó de la famosa mesa camilla de Ramón Piñeiro.

En los días siguientes, ya de vuelta en la esquinita del mundo donde había quedado anclado su ordenador portátil, quien días atrás había caminado bajo emparrados desnudos y visto cómo lloraban algunos vinos buscó un poco más de información sobre "[á] célebre mesa... esa mesiña de braseiro, circular, coñecida urbi et orbe como A mesa camilla de don Ramón".

Narraba Manuel Rivas en su artículo A mesa cósmica de Piñeiro e o HAL de Kubrick que aquella mesa, aquella sencilla mesa de madera de pino, fue el epicentro de un renacimiento en la oscuridad. Explicaba que no era su originalidad la que le otorgaba valor sino el hecho de ser una mesa senti-pensante con un brasero épico. Un lugar nuestro, señalaba el autor gallego, dentro del mobiliario universal de vanguardia, en ese museo de los objetos con aura, con vida propia. Y continuaba diciendo que hablar de Ramón Piñeiro sin su mesa era como hablar del rey Arturo sin su Tabla Redonda, o de Michel Eyquem sin su castillo de Montaigne.

En ese apasionante e instructivo relato de Manuel Rivas, se nos cuenta que era una página de cortesía, por parte de Don Ramón, sentar a sus invitados a esa mesa, y que estos sabían que una vez sentados serían sometidos a una prueba de navegación, a un viaje iniciático: "Xuro que a primeira vez que sentei en Xelmírez 15, aló na primeira mocidade, sentín o arrinque das turbinas e o despegue da mesa. Non dixen nada. Chovía en Santiago. O caso era dar unha volta, aínda que fora pola eternidade". Rivas se dio una vuelta en mesa camilla y todavía recuerda el ligero balanceo, el mareo que tenía al abandonar aquella nave propulsada por la mesa helicoidal de brasero y bajar los escalones de Xelmírez 15. Volvió varias veces: "Aquela mesa de suposto braseiro era, en realidade, unha supercomputadora na Compostela do 'ventre do silencio'. Por unha banda era o lugar do oráculo. E por outra, unha extraordinaria base de datos, con información esencial. Esa dobre característica fíxome ver a mesa de Piñeiro como unha variante galega e camuflada de HAL 9000, a computadora de Odisea no espazo, de Arthur C. Clarke, que levaría Stanley Kubrick ao cinema".

Con el runrún de las palabras de Rivas, amasadas con el cariño, la paciencia y el conocimiento que atesoran sus manos, sonando todavía en su cabeza, quien días atrás se había emocionado escuchando las campanas de Bastabales y acariciando la añosa inscripción en la fuente de piedra a sus pies que recordaba a aquellos "...83 habaneros devotos de la Virgen, amantes de la niñez", hizo una nueva búsqueda en Internet y recaló en la siguiente entrada de Galipedia, la Wikipedia en galego: "Trátase dunha mesa de madeira normalmente redonda, aínda que non exclusivamente, cuberta por un pano de tea xeralmente grosa que pode chegar até o chan; na parte inferior pode levar unha tarima de madeira cun burato circular central para colocar un braseiro. [...] A familia reuníase ao seu redor, poñendo as pernas baixo as faldras da mesa para mantelas quentes. [...] En Galicia, por mor da contaminación do galego polo castelán, moitas persoas adoitan designala polo seu nome curto nesta lingua, camilla, sendo famosa a camilla (ou mesa de braseiro) de Piñeiro polos faladoiros que alí se celebraban".

Detenida la mirada en la caricatura de Siro que acompañaba dicha entrada –la misma que ilustra estas líneas–, imaginó las húmedas calles de Santiago. Cerró entonces los ojos y adivinó bajo la lluvia una briosa mesa camilla que surcaba sin prisa los cielos, alumbrando una de las últimas noches de aquel largo invierno: "Don Ramón Piñeiro ter non tivo moitos medios. Viviu sempre de xeito humilde. O asombroso é que sempre tiña tempo. E sobre todo, tiña unha mesa cósmica".

Cuando escribo esto el calendario indica que comienza la primavera, pero todavía tenemos muchas noches por delante para seguir calentándonos los pies en el brasero, y aun cuando las primeras se acorten y en el segundo se extingan las brasas, no dejaré de sentarme junto a nuestra mesa camilla y, entre lectura y lectura, habrá tiempo para ir hilvanando una inacabada e inacabable conversación en la que otra vez volverán a aparecer la lluvia de Santiago, la Filosofía da la saudade de Don Ramón, los versos de Rosalía, las lágrimas del Ribeiro, la retranca de mi interlocutor...