13.1.15

Volverse sospechoso por no llevar el smartphone

Volverse sospechoso por no llevar el smartphone

Por Sara Plaza

Los que siguen son un puñado de apuntes desordenados a partir de algunas reflexiones sobre el teléfono móvil vertidas por Jorge Riechmann y Santiago Alba Rico en notas y escritos más o menos recientes, y de un artículo titulado "Berlin's digital exiles: where tech activists go to escape the NSA" que firmaba Carole Cadwalladr en The Guardian/The Observer el pasado 9 de noviembre.

A la pregunta ¿derrotó el smartphone al movimiento ecologista?, Jorge Riechmann respondía: "Ecologismo quiere decir, esencialmente, asunción de límites. Asumir los límites del cuerpo; los de la condición humana; los de la socialidad; los de la libertad y la capacidad de acción; los de la facultad de control; los de la técnica; los de los recursos naturales; los de los ecosistemas; los de la biosfera terrestre… (En este sentido, me diréis, no resulta tan diferente de las antiguas tradiciones sapienciales, y tenéis razón: el ecologismo presupone, y desarrolla, una ecosofía.) Pero, en la actualidad, cada vez que el ecologismo nos susurra al oído esas desagradables verdades, cada vez que nos dice 'recuerda que eres mortal', la 'lección de cosas' encarnada (maquinizada) en el smartphone que tenemos en ese momento entre las manos nos incita: 'No hagas caso a esos cenizos. Tu máxima será NO LIMITS.' Hoy, la cultura dominante se halla a un paso de proponer el encierro de los pesimistas en campos de concentración…".

Y en una entrevista que le hacía Salvador López Arnal contestaba: "Uno barrunta que vamos hacia desastres mundiales que pueden ser peores que las dos guerras mundiales (o quizá tres, contando la guerra fría), los genocidios o los totalitarismos del siglo XX: catástrofes que en sí ya fueron peores que todo lo anterior y supusieron la cima de la violencia humana a través de los tiempos. Pero avanzamos, eso sí, con una sonrisa idiota en los labios, un smartphone en las manos y una canción de Lady Gaga en los auriculares".

En su libro Fracasar mejor (Olifante, 2013) bajo el título Gadgets y devastación, señalaba: "Destruyen los servicios públicos y los bienes comunes, devastan la posibilidad de que pueda existir justicia social y sustentabilidad ecológica, y entregan juguetes a los niños de treinta o de cincuenta años: ¡mira, el nuevo smartphone que mueve las páginas fijando la vista en un ángulo de la pantalla!"

Y recientemente llamaba la atención sobre lo entrampados que estamos: "Los problemas sociopolíticos se redefinen como cuestiones personales para condenar a la impotencia a los individuos aislados. Estamos dentro de un orden político-económico que organiza la competencia sin fin abajo, para preservar el dominio oligárquico (plutocrático) arriba… Y el internet distribuido –¡cada cual con su smartphone en las manos, cada cual, en realidad, en manos de su smartphone!– asegura mecanismos incomparablemente poderosos de disciplinamiento y control… que subjetivamente son vividos por la inmensa mayoría como un entorno de libertad".

Por su parte, Santiago Alba Rico en un artículo titulado "El homo-sin-móvil" incidía nuevamente en la idea de que: "Al igual que el coche, el teléfono móvil sirve para huir; en el caso del coche –recordando a Ambrose Bierce– de un lugar donde no estamos bien a un lugar donde no estaremos mejor; en el caso del teléfono móvil, mucho más radicalmente, de un lugar donde no estamos bien a un lugar donde, en cualquier caso, no estamos".

Idea que ya había explorado en uno bastante anterior que llevaba por título "Volver a alguna parte" y que vale la pena citar in extenso: "El cuerpo humano emite sonidos, desprende una voz extraña, vanguardia y bocina de su existencia, mano larga lanzada en la distancia, como el sedal de una caña de pescar, que luego recogemos de otra boca o que tira de nosotros hacia el extremo, reabsorbiendo la unidad. Los cuerpos humanos, nacidos sonoros, desprendieron luego otros proyectiles que llegaban más lejos que la voz e incluso más rápidamente: flechas, balas, bengalas, alfabetos, misiles. Hasta que en 1854 Antonio Meucci –y no Graham Bell– inventó el teléfono y con él la posibilidad de lanzar la propia voz tan lejos como lejos llegara la intrincada telaraña de nuestros cables. En todo caso, la imagen del sedal y la caña de pescar siguió siendo válida hasta hace pocos años, pues era un hilo el que mantenía unidos dos cuerpos distantes, atados no sólo entre sí sino también al salón de sus respectivas casas. Por eso el teléfono fijo es tan primitivo, en realidad, como un caballo (o como una caña de pescar). Lo que el teléfono móvil o celular ha cortado es ese hilo y por lo tanto la linealidad entre el cuerpo y la voz, la cual discurre ahora paralela a su emisor, en libre torbellino, emancipada en su cabalgada del apache mismo que la retenía en su prisión o la devolvía sin cesar a ella. La pregunta espontánea de todo arranque telefónico ya no es '¿quién eres?' sino '¿dónde estás?', precisamente porque la identidad ha quedado radicalmente desterritorializada, descarnada en mensaje puro, disuelta en el aire como el polen de las flores. [...] EEUU, en efecto, ha desarrollado un sistema de espionaje para localizar llamadas desde celulares sin intervención judicial y una empresa española anunciaba hace poco la comercialización de un dispositivo para que los celosos puedan saber en todo momento desde dónde llaman sus esposas.

En España viven 42 millones de personas y a finales de 2007 había ya 50 millones de teléfonos móviles. Según algunos estudios de mercado, los europeos cambian de modelo cada cuatro meses. Podemos hablar ininterrumpidamente con todos nuestros amigos -que no son necesariamente conocidos- en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Pero, ¿tenemos algo que decirles? Sí, tenemos que decirles dónde estamos, desde dónde llamamos. O, al revés, tenemos que decirles en realidad dónde no estamos, desde donde no llamamos. Porque el único lugar del mundo donde ya no estamos es aquel desde donde llamamos o donde recibimos una llamada. Llamamos o recibimos llamadas precisamente para no estar allí donde estamos, para no estar allí donde está nuestro cuerpo, ese rescoldo tenaz y desazonante que, en condiciones capitalistas, queremos olvidar lo antes posible, por falta de recursos y para conservar nuestro prestigio: la pura tentación de la descorporización vacía, el malestar de estar vivo, el rechazo de las situaciones residuales, la intolerancia frente a lo concreto, el creciente desprecio por los otros, el deterioro cultural y antropológico del espacio público. Cada vez me resulta más incomprensible el escándalo de los que protestan en Europa por la intromisión en la vida privada de los medios de comunicación o del Estado. Lo que es inquietante, lo que es verdaderamente amenazador es la invasión del espacio público por parte de los intereses y las pulsiones privadas. El ágora capitalista es esta imagen: la de una plaza donde se reúnen miles de personas para darse la espalda unas a otras y declarar por teléfono a miles de ausentes diferentes: 'No estoy aquí', 'no estoy en ninguna parte'.

El único acto de comunicación total que conocemos es la guerra. La ininterrumpida conversación sin vivencias y fuera del espacio convierte el intercambio de mensajes en un puro intercambio de señales. Liberados del cuerpo, desprendemos sin cesar flechas, balas, misiles, bengalas. Es parte de la guerra, aunque los muertos caigan sobre todo en el Congo y nuestro propios cadáveres mentales los escondamos detrás de una valla publicitaria".

Los últimos apuntes son del artículo en The Guardian/The Observer mencionado al principio. Escribía Cadwalladr que Berlín fue durante mucho tiempo algo así como una anomalía geopolítica, un teatro de sombras para los grandes poderes, la capital del nazismo, el frente de la guerra fría, y que la historia del siglo XX se fue tejiendo alternado los hilos de la opresión y la liberación. A continuación recoge las palabras de Anke Domscheit-Berg, una feminista y ciberactivista de 46 años que trabajó como lobista para Microsoft y fue una de las caras más conocidas del Partido Pirata hasta mediados de septiembre pasado cuando abandonó la formación. "Sobre la NSA la gente dice, 'no tengo nada que esconder'. Pero eso no importa. La información inocente no existe. [...] Toda información puede ser utilizada contra ti de algún modo. Y tenemos una generación entera, la primera hasta ahora, de la que se sabrá todo. La juventud está siendo monitoreada. Y no sabemos lo que esto puede llegar a significar, cómo podría ser utilizado contra ellos".

Un poco más adelante, Cadwalladr explicaba que, "Anne Roth, una científica política que actualmente está trabajando en la comisión alemana que investiga las actividades de espionaje de la NSA, me cuenta la historia que quizás sea la más escalofriante. Cómo ella, su marido y sus dos hijos –que entonces tenían dos y cuatro años– se vieron atrapados en una 'data mesh' [red de datos]. Cómo un algoritmo identificó a su marido, un sociólogo especializado en temas como la gentrificación, como persona sospechosa de terrorismo basándose en siete palabras que había empleado en varios escritos académicos. ¿Siete palabras? 'Identification [identificación, identidad] fue una de ellas.

Framework [marco, estructura] fue otra. Marxist-Leninist fue otra, pero él es sociólogo...' Para ellos fue suficiente y lo pusieron bajo vigilancia durante un año. Entonces, al amanecer de un día de 2007, policías armados irrumpieron en su casa en Berlín y lo detuvieron como sospechoso de llevar a cabo ataques terroristas. ¿Pero cuales fueron las pruebas?, pregunto. Y Roth me dice. 'Sus metadatos. A quién había telefoneado. El hecho de que fuera un activista político. El que usara técnicas de encriptación – todo eso lo vieron como altamente sospechoso. El que a veces saliera sin su teléfono móvil...'".