6.1.15

Sobre ancianos, memorias y tradiciones

Sobre ancianos, memorias y tradiciones

Por Edgardo Civallero

El músico Eustaquio Miño, hijo del célebre Eustaquio "Toro Buey" Miño, mira con timidez a la cámara, como si ser filmado le provocara cierta vergüenza. Está sentado en una silla en el patio de su casa, con su bandoneón apoyado en un paño que le cubre el regazo. Como su progenitor, y como buen correntino, Eustaquio ha sido, es y seguirá siendo un cultor del más tradicional chamamé, ese ritmo popular de la región noreste de Argentina que tiene como núcleo la provincia de Corrientes.

El hombre hace un repaso cronológico de las grandes figuras chamameceras para un documental que se emitirá por Encuentro, el canal televisivo del Ministerio de Educación de Argentina. Parece que va buscando las palabras con cuidado dentro de su cabeza, totalmente cana. Comienza por los clásicos y llega, inevitablemente, a los últimos exponentes, esos que ya no se ciñen a las formas y estilos del chamamé de siempre, ese que supo cultivar Miño padre y que continúa su heredero. Y cierra su discurso, lento y plagado de intervalos silenciosos, diciendo:

...hay un montón de gentes nuevas que... que están haciendo una música como... diría alguno, "de avanzada", viste... Nosotros [se encoge de hombros]... nos quedamos un poco en el tiempo. Pero por cuidar esto.

Y es que la memoria de un pueblo, de una sociedad, reside sobre todo en sus ancianos y en sus bibliotecas. La primera es la memoria viva; la segunda, la memoria escrita. Ambas son terriblemente frágiles, aunque –probablemente por el alto estatus alcanzado por la palabra impresa a lo largo de la historia– la última parece haber recibido más atención y haber sido (y ser) mejor considerada.

A pesar de que buena parte de las raíces identitarias de todos los pueblos del mundo residen en las manos, las memorias y los labios de hombres y mujeres de cabellos blancos y pieles arrugadas que, como Eustaquio Miño, se quedaron un paso atrás para "guardar el fortín" y para que la tradición que nos hace quienes somos no desaparezca ni se olvide, son pocos los que prestan atención a lo que tienen que decir las personas mayores.

Entre esos pocos se cuenta Félix Medina, un joven del pueblo indígena Qom, también conocido como "toba", originario del noreste de Argentina, sobre todo de la provincia de Chaco. Félix vive en Tres Pozos, una de las veintitantas comunidades de la confluencia de los ríos Teuco y Bermejito, y pasa mucho tiempo moviéndose de comunidad en comunidad Qom, buscando a los más viejos y sentándose a escuchar lo que tienen para contarle. Entrevistado para otro documental de Canal Encuentro, el muchacho trastabilla al construir la oración en castellano pero no duda demasiado en cuanto a la idea que quiere expresar:

El respeto a los ancianos y a las ancianas, eso es... es... inconfundible, porque... se sigue respetando... porque son los únicos libros que todavía los tenemos, los ancianos y las ancianas. Después, bueno, es cuestión de uno el poder mejorar las cosas... Una anciana, un anciano... digamos, si no tenemos ancianos, no tenemos ancianas, estamos muertos. No hay quién nos pueda guiar.

En ocasiones, el rol vital de los ancianos dentro de una sociedad queda en evidencia de la forma más terrible: cuando se convierten en los últimos depositarios de uno de los rasgos que es (o debería ser) más caro, más querido para un grupo humano.

Es el caso de Dora Manchado, una de las últimas hablantes de aonek' o' a' yen, la lengua de los Aónikenk. También llamados "tehuelches del sur", los Aónikenk son los habitantes originarios del sur de la Patagonia argentina (parte de la provincia de Chubut, y provincia de Santa Cruz). En la actualidad quedan muy pocos individuos pertenecientes a este pueblo; de ellos, un puñado recuerda y sabe pronunciar algunas palabras habituales o frases sueltas en su lengua originaria: "cuchillo", "buenos días", "agua", "guanaco"... Y solo dos personas –la ya mencionada Manchado, y José Manco, ambos ya ancianos– la manejan con la fluidez necesaria como para mantener una conversación.

Con la colaboración de lingüistas y antropólogos, el aonek' o' a' yen se está documentando y recuperando como para poder ser enseñado a través de programas de Educación Intercultural Bilingüe entre los niños y jóvenes Aónikenk. Dora ha tenido la oportunidad de pasar el testigo legado por sus ancestros a la siguiente generación. Otros no lo han logrado.

Son muchos los ancianos que, por una razón u otra, han partido llevándose consigo buena parte de lo que su sociedad les dio en préstamo para que lo guardaran y transmitieran. A veces, las más afortunadas dentro de la desgracia, se logran conservar unas migajas, unos retazos de esos saberes. Otras, ni eso.

Un ejemplo, uno de tantos, es el de Lola Kiepja, la última xo'on o "chamán" del pueblo Selk'nam u "ona", habitantes originarias de la Isla Grande de Tierra del Fuego. La antropóloga franco-estadounidense Anne Chapman tuvo oportunidad de conocerla y grabar algunos de sus cantos chamánicos entre 1965 y 1966, poco antes de que Lola se fuera. Se trata de uno de los pocos fragmentos tangibles de una lengua y una cultura que fueron borradas del mapa por los colonizadores y, sobre todo, por los estancieros de principios del siglo XX: amparados por el estado argentino, masacraron vilmente a los Selk'nam y forzaron a los sobrevivientes a misiones católicas en donde sus vidas y su cultura terminaron por apagarse.

Una de las interpretaciones de Lola grabadas, traducidas y publicadas por Chapman, quizás la más difundida, habla de los viajes de la xo'on a la Montaña del Poder, donde moraban los ancestros que murieron. Y si bien es un simple canto chamánico, de alguna manera no deja de sonar como una despedida. Una que puede hacerse extensible a todos los ancianos que, al morir, se llevaron consigo la memoria de un pueblo entero.

Aquí estoy cantando. El viento me lleva. Estoy siguiendo las pisadas de los que murieron...