30.12.14

¿Pequeñas ironías de la historia?

¿Pequeñas ironías de la historia?

Por Sara Plaza

El pasado 23 de diciembre, el profesor Richard Heinberg publicaba su Museletter 271, titulada "The Oil Price Crash of 2014", y en ella trataba de responder a las siguientes tres preguntas: ¿Por qué se ha producido una caída del precio del petróleo a casi la mitad en estos últimos seis meses del año?, ¿quiénes ganan y quiénes pierden a corto plazo?, y por último ¿cómo afectará esta caída a la producción de petróleo en 2015? Preguntas muy similares se plantearon al final de la charla-debate con Pedro Prieto durante la segunda sesión del ciclo "Transición a un sistema poscapitalista" del Aula de Anticapitalismo de la Uniposible (Universidad Popular de la Asamblea 15M de la Sierra Norte), que se celebró en el Centro Comarcal de Humanidades de la Sierra Norte, La Cabrera (Madrid), el pasado 28 de noviembre. Algunas de las respuestas que se aventuraron esa noche no estaban muy alejadas de las que ofrece el profesor Heinberg, las cuales recojo en los siguientes párrafos tomando pie en su escrito y las numerosas fuentes que cita y enlaza.

¿Por qué se ha producido esta importante bajada del precio del petróleo? Heinberg menciona el análisis de Euan Mearns y resume que la demanda de petróleo se ha visto reducida (sobre todo en China, Japón y Europa) porque el crecimiento económico ha flaqueado, y porque al mismo tiempo en EEUU la demanda ha dejado de crecer y se está importando menos al haber aumentado la extracción de tight oil (petróleo de roca compacta) en el propio país. Señala también que cuando hay un desfase entre la oferta y la demanda de crudo en el mercado mundial, es Arabia Saudita, en su calidad de mayor exportador, quien decide aumentar o disminuir la producción para estabilizar los precios, pero que en esta ocasión en lugar de disminuir la producción ha decidido unilateralmente bajar el precio para sus clientes asiáticos y se está especulando sobre si con ello estaría castigando a Rusia e Irán por su papel en Siria e Irak. Por otro lado, apunta Heinberg, el petróleo barato tendría el beneficio adicional para Ryad de sacar del mercado a algunos productores de petróleo no convencional (roca compacta, arenas bituminosas y aguas profundas) en Norte América. Y enseguida advierte de lo importante que es tener una visión lo más amplia posible para no dejarse engañar por lo que los medios han calificado de "superabundancia o exceso" ("glut") de petróleo, sabiendo como se sabe que la producción mundial de petróleo convencional dejó de aumentar en 2005 y ha ido disminuyendo ligeramente desde entonces. Insiste Heinberg en que durante este periodo prácticamente todo el crecimiento de la oferta ha provenido de recursos económicamente más costosos y ecológicamente ruinosos, lo que ha supuesto que el precio del petróleo se mantuviese muy alto, si exceptuamos los meses de la Gran Recesión. Y añade que, incluso a su bajo nivel actual de 55 ó 60 dólares el barril, el precio del petróleo sigue estando por encima del precio previsto hace una década por la Agencia Internacional de la Energía en un escenario de precios elevados, lo que en parte sería debido a que los costes de exploración y producción han aumentado de manera dramática (una estimación de Steve Kopits, de la consultora Douglas-Westwood, sitúa ese aumento en casi un 11% anual). Las conclusiones de Heinberg no pueden estar más claras: "en la última década la industria petrolera ha entrado en un nuevo régimen de mayores costes de producción, crecimiento más lento de la oferta, pérdida de calidad de los recursos y aumento de los precios". Y continúa: "Ese importantísimo contexto está ausente en gran medida de la mayoría de las noticias sobre la caída de precios, pero sin él no hay forma de entender los hechos recientes. El que el estado actual del mercado del petróleo pueda ser calificado de 'superabundancia' solo significa que en este momento, y a este precio, hay más vendedores que compradores; no debería entenderse como una indicación fundamental o a largo plazo de la abundancia de recursos".

¿Quiénes ganan y quines pierden? Aquí Heinberg enlaza un escrito de Gail Tverberg en el que la autora desmenuza las posibles consecuencias del desplome del precio del petróleo. Así, aunque la bajada del precio de la gasolina traería consigo algunos beneficios tangibles para los estadounidenses, los peligros siguen estando ahí y aumentarán cuanto más tiempo siga estando barata. En los últimos cinco años, el tight oil y el shale gas (gas de esquisto) han sido importantes motores del crecimiento de la economía de EEUU y el boom de este último parece que tiene que ver con la existencia conjunta de precios altos del petróleo y facilidades de financiación, pero si los precios permanecen bajos, la mayoría de las compañías dejarán de perforar y algunas desaparecerán. Heinberg explica que con estos precios tan bajos el país que más duramente está siendo castigado es quizá Rusia, cuyos ingresos provienen fundamentalmente del petróleo y del gas, pues a la caída de precios hay que sumarle las sanciones económicas impuestas por EEUU. Si bien matiza que los grandes perdedores están siendo los ciudadanos de aquel país, y no tanto las compañías rusas que, a corto plazo, disponen de un colchón que amortigua el impacto (al vender sus productos en dólares y pagar sus gastos en rublos). Analizando la importancia geopolítica del desplome del precio del petróleo, Heinberg se detiene en Ucrania, sobre la que EEUU y Rusia mantienen lo que solo puede ser denominado como "una guerra de baja intensidad": con Moscú molesto por los intentos de arrancar a Ucrania de su órbita y pretender rodear a Rusia con bases de la OTAN, y Washington (que ve la anexión de Crimea por parte de Rusia como una violación de los acuerdos internacionales) queriendo alejar Europa de Rusia y atajar el proyecto de integración económica euroasiática que, de seguir adelante, podría socavar el estatus de EEUU como "único superpoder". Pero también menciona Heinberg que hay quienes consideran que esta caída del precio del petróleo obedece a que Washington habría convencido a Arabia Saudita de inundar el mercado para golpear la economía rusa, y con ello neutralizar la resistencia de Moscú a verse cercada por la OTAN (aunque a corto plazo se vea perjudicada la producción estadounidense de petróleo atrapado en rocas poco permeables como los esquistos). Respecto de los vínculos, tanto económicos como energéticos, que Rusia y China vienen fortaleciendo en los últimos tiempos, comenta que quizá sean una respuesta a lo anterior; y a propósito de la decisión de Arabia Saudita de vender petróleo a China a un precio más económico sugiere que podría tratarse de otro intento de Washington, a través de su representante en la OPEC, de impedir la integración económica euroasiática. Entre los otros países que aparecen en la lista de enemigos de Washington, y que se están viendo perjudicados económicamente por el desplome del precio del petróleo, Heinberg señala Venezuela e Irán, y advierte que el daño se está extendiendo también a Nigeria, que ha tenido que rehacer sus presupuestos para el próximo año y que la producción de petróleo en el Mar del Norte está al borde del colapso. Aunque reconoce que los acontecimientos se están desarrollando muy rápidamente y que están aumentando las presiones económicas y geopolíticas, Heinberg mantiene que una guerra total entre EEUU y Rusia sería impensable debido a la fuerza nuclear disuasoria con que cuentan ambos países. Por otro lado, y admitiendo que hay mucha especulación al respecto, considera que el hecho de que EEUU pueda estar manejando los hilos de la geopolítica conlleva un riesgo serio de golpe económico en su contra, pues la caída del precio del petróleo haría estallar la burbuja de los bonos basura de alta rentabilidad asociados a la energía que, junto con la mayor producción de petróleo, sirvió para impulsar la "recuperación" económica en EEUU, lo que traería consigo no solo la pérdida de puestos de trabajo en ese sector industrial sino que el miedo se extendiese al sector bancario. Y concluye que entre las consecuencias finales del desplome del precio del petróleo podría estar el pánico financiero global tal y como lo argumenta John Michael Greer.

¿Cómo afectará todo esto a la producción de petróleo? Heinberg da prácticamente por sentado una bajada de los costes de producción en los próximos meses. Así mismo indica que las empresas recortarán gastos de donde sea, que disminuirán los gastos de alquiler de equipos de perforación, y que como el precio del petróleo es una parte del precio de todo lo demás, al estar más barato se reducirán los gastos logísticos y se abaratará su transporte por ferrocarril y camión cisterna. Señala también que los productores aplazarán las inversiones, que las compañías se concentrarán en los yacimientos más productivos y con menores costes de perforación, y que la industria se anunciará a sí misma a los inversores como recién optimizada y perfeccionada. Sin embargo, advierte, la razón principal por la que los costes de producción no dejaron de incrementarse durante la última década –el empeoramiento de la calidad a medida que las reservas más antiguas de petróleo convencional se agotaban– sigue siendo válida, y tanto el número como el tamaño de los yacimientos más productivos y con menores costes de perforación es limitado. Según Heinberg, la industria está poniendo al mal tiempo buena cara, y tiene motivos para hacerlo. Mientras que las compañías de esquisto tienen que parecer rentables para evitar que el valor de sus bonos caiga, las grandes petroleras (que en gran medida han estado al margen del boom del tight oil) se verán obligadas a reducir las inversiones realizadas en una etapa anterior debido al bajo precio del petróleo. Heinberg asegura que la perforación no se va a detener, pero sí se contraerá (en noviembre los nuevos permisos para pozos de petróleo y gas cayeron un 40% respecto del mes anterior). Explica que muchas empresas no tienen más elección que seguir adelante con los proyectos en los que se han embarcado y que por eso no veremos una reducción drástica de la producción en varios meses, y que es muy probable que la producción de petróleo procedente de las arenas bituminosas de Canadá continúe al mismo ritmo pero que no aumentará, pues haría falta que el precio del petróleo se mantuviera o aumentase para amortizar nuevas inversiones. Heinberg también recoge un análisis de David Hughes, del Post Carbon Institute, que muestra que incluso si no se hubiese producido una caída del precio del petróleo, la producción de los depósitos de esquistos de EEUU en Bakken (Dakota del Norte) y Eagle Ford (en el sur de Texas) habrían alcanzado su techo de extracción y comenzado a disminuir bruscamente en los próximos dos o tres años. Por último respondiendo a la pregunta de cuánto y cómo de rápido se va a reducir la producción de petróleo, Heinberg recupera el escenario más probable de los tres que ofrece Euan Mearns: "la capacidad productiva mundial se contraerá aproximadamente dos millones de barriles diarios en los próximos dos años debido al colapso de los precios".

Heinberg termina diciendo que muy bien podríamos estar ante una de esas pequeñas ironías de la historia, según la cual lo que marcaría el inicio de la inevitable, general y continua disminución de la producción mundial de combustibles líquidos no sería que el precio del petróleo se disparase, como ocurrió en los años 70 y en 2008, sino que éste se desplomase. Lo que ha servido de argumento a quienes, incapaces de entender la ironía, han corrido a anunciar la muerte del "peak oil".