7.10.14

El manuscrito Voynich

El manuscrito Voynich

Por Edgardo Civallero

Conservado desde 1969 en la biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale (Connecticut, EE.UU.), el llamado "manuscrito Voynich" ha sido y sigue siendo una de las mayores incógnitas a las que se han enfrentado los bibliófilos e historiadores de la literatura modernos.

Producido –según señalan las pruebas de C-14 realizadas en 2009– entre 1404 y 1438, escrito sobre vitela (un fino pergamino) y profusamente ilustrado, el libro recibe su nombre actual de Wilfrid Voynich, un revolucionario polaco devenido en librero y bibliófilo que lo adquirió en una subasta en Roma en 1912.

¿En donde reside lo misterioso de este ejemplar? Básicamente, en que para su escritura se emplearon un idioma y un alfabeto absolutamente crípticos. Hasta el momento no han podido ser desentrañados ni siquiera por los mejores programas informáticos especializados en criptografía. Ello provoca que aún se desconozcan su lugar de origen, su autor y, sobre todo, su contenido (su temática puede ser apenas adivinada a través de los dibujos y diagramas que ilustran el ejemplar) y las razones que motivaron tan férrea codificación.

El manuscrito Voynich
Físicamente, el manuscrito Voynich pasaría fácilmente desapercibido: no es sino un pequeño librito de poco más de 15 cms. de ancho por 20 cms. de alto. Los análisis modernos indican que fue escrito con pluma de ave y tinta de agallas de roble, los medios más simples y habituales utilizados durante la Edad Media y el Renacimiento (y más allá). Las páginas (originalmente unas 280, de las cuales se conservan unas 240) fueron numeradas, re-organizadas y re-ordenadas en tiempos posteriores a su creación; algo similar ocurrió con las ilustraciones, que fueron coloreadas (a veces de forma bastante tosca) por manos distintas a las que realizaron los dibujos originales.

La orientación del texto es de izquierda a derecha, y está dividido en párrafos; existen asimismo listas ordenadas por puntos con forma de estrella o flor. No hay puntuación visible, ni los habituales tachones o señales de corrección de errores habituales en un manuscrito. La escritura parece fluir de manera totalmente natural, sin interrupciones de ningún tipo, algo bien distinto de lo que ocurre en la mayoría de los textos codificados.

Los investigadores que se han dedicado a estudiar el libro calculan que incluye unos 170.000 glifos: caracteres o "letras" realizadas con uno o dos trazos de pluma. Tales caracteres se han organizado y clasificado en un alfabeto de unos 20 ó 30 símbolos, a los que hay que añadir un puñado más, muy poco utilizados. Estas "letras" se organizan a su vez en unas 35.000 palabras de distintas longitudes, que parecen obedecer a las normas ortográficas y gramaticales más habituales en las lenguas naturales: algunos caracteres aparecen en todas las palabras (como las vocales del español), algunos caracteres nunca siguen a otros, algunos pueden ser dobles o triples pero otros no, etc. Todos los análisis estadísticos, de hecho, muestran patrones similares a los de las lenguas naturales. Esos mismos estudios sugieren que el idioma del manuscrito Voynich no es europeo: casi no hay palabras con menos de dos letras o más de diez, la distribución de letras dentro de las palabras es muy peculiar (algunos caracteres aparecen solo al inicio de la palabra, otros al final y otros en el medio, lo que recuerda a la estructura de los alfabetos semíticos en general y del árabe en particular), y el texto parece más repetitivo que lo que sería esperable en una producción europea.

El manuscrito Voynich
Las ilustraciones arrojan información confusa sobre los contenidos, pero permiten organizarlos, grosso modo, en seis "secciones". Con excepción de la última, que es completamente textual, casi cada página contiene un dibujo. Las secciones se denominan, convencionalmente, "herbario" (ilustraciones de plantas con breves párrafos de texto, con una estructura similar a la de los herbarios medievales), "astronómica" (diagramas circulares con soles, lunas y estrellas, que sugieren textos astronómicos o astrológicos; algunos de ellos en láminas desplegables), "biológica" (pequeñas figuras femeninas bañándose en piscinas conectadas por tubos que recuerdan aparatos, órganos o sistemas), "cosmológica" (diagramas circulares de naturaleza más oscura que los "astronómicos"; uno de ellos, en un desplegable de seis páginas, muestra un mapa de nueve islas conectadas por caminos), "farmacéutica" (partes de plantas, entre lo real y lo fantástico, junto a jarras que recuerdan la farmacopea tradicional) y "recetas" (párrafos cortos marcados con puntos de lista).

La impresión inicial que brinda el manuscrito es que haya querido servir como guía a la medicina y la farmacia tardo-medieval o renacentista. Sin embargo, una vez que se consideran los detalles, las intenciones y los significados se difuminan y se entra en el ámbito de las suposiciones. Dentro del "herbario", por ejemplo, no se ha podido identificar ninguna planta sin ambigüedades; incluso al compararlas con las estilizadas ilustraciones de los herbarios medievales, no se ha logrado establecer paralelismos, dado que, al parecer, las plantas de esa sección son composiciones de distintas partes de la sección "farmacéutica" y el agregado de detalles imposibles. La sección "biológica" no tiene ningún sentido, ni siquiera alquímico, y las interpretaciones de la sección "astronómica", más allá de algunas referencias más o menos obvias a los signos del Zodiaco, son simplemente especulativas.

El manuscrito Voynich
Se supone que el libro fue realizado en Europa dada la semejanza de formato y estilo con los de otros volúmenes contemporáneos. Algunos sitúan su lugar de origen en el norte de Italia debido a la presencia, entre sus dibujos, de un castillo con almenas "en cola de golondrina" originario de esa zona. Habría pertenecido al emperador Rodolfo II del Sacro Imperio Romano Germánico (1552-1612), que habría pagado alrededor de dos kilos de oro por él, y habría pasado tras su muerte a manos de Jacobus Horcicky de Tepenecz (o Sinapius, 1575-1622), alquimista y director de los Jardines Botánicos de Rodolfo en Praga. Su firma aún puede verse, muy desvaída, en el manuscrito. En 1622 pasó a George Baresch (1590-1665), otro alquimista de Praga y responsable de la biblioteca del emperador, quien en 1637 envió copias de algunos párrafos del misterioso texto al célebre jesuita alemán Athanasius Kircher (1602-1680) para ver si lo podía traducir, sin ningún resultado. Tras la muerte de Baresch el manuscrito fue legado a su amigo Jan Marek Marci (1595-1667), rector de la Universidad de Praga, que se lo envía directamente a Kircher junto a una carta en latín (que todavía estaba dentro del manuscrito cuando Voynich lo adquirió) que señala que el autor podría haber sido el célebre Roger Bacon.

En 1680 el libro fue almacenado, con el resto de las cosas de Kircher, en el Colegio Romano de los jesuitas (hoy la Pontificia Universidad Gregoriana), hasta que las tropas de Víctor Manuel II capturaron Roma en 1870, haciéndose con muchas propiedades eclesiásticas (incluyendo la biblioteca del Colegio Romano). Previendo tales acontecimientos, muchos de los libros fueron transferidos a las bibliotecas particulares de los jesuitas, que permanecieron intocadas. Eso ocurrió con el manuscrito Voynich, que todavía tiene el ex-libris (marca de propiedad) de Pieter Jan Beckx (1795-1887), el rector del Colegio en aquel momento. La colección de Beckx fue movida a Villa Mondragone, un palacio rural ubicado en la localidad de Frascati, a 20 kms. de Roma, adquirido por la Compañía de Jesús en 1866. En 1912, el Colegio Romano necesitaba dinero y vendió discretamente algunos de sus manuscritos; Voynich compró una treintena, incluyendo el misterioso ejemplar. Para 1914 el librero polaco ya vivía y trabajaba en Nueva York. Heredado en 1930 por su viuda, la escritora Ethel Voynich, el libro fue legado en 1960 a una amiga que al año siguiente lo vendió a otro librero y anticuario, Hans Kraus. Incapaz de encontrar un comprador para semejante incógnita, Kraus decidió donarlo en 1969 a la Universidad de Yale.

El manuscrito Voynich
Si bien la hipótesis de la autoría del filósofo franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294) no ha sido tomada con mucha seriedad, algunos autores han especulado que las murmuraciones sobre tal autoría pudieron haber surgido del matemático inglés John Dee (1527-1608), admirador de Bacon que vivió varios años en Bohemia. Es más, ciertos autores consideran que el propio manuscrito pudo haber sido obra de Dee o de su compañero/escribiente, el medium Edward Kelley (1555-1597), un supuesto alquimista que hablaba con ángeles en una lengua que él denominaba "enoquiano". Se dijo que esos ángeles lo habrían llevado al cielo de visita, y que más tarde escribió un libro narrando su experiencia. Dado que trabajaba para Rodolfo II como alquimista, no resulta ilusiorio pensar que pueda haber creado el libro y habérselo vendido (sobre todo si se considera el precio pagado por él).

Si bien es un elemento demasiado complejo y elaborado como para ser un mero fraude (incluso a niveles semánticos detectables, hoy por hoy, merced a complejos análisis estadísticos), la opinión más extendida es que el manuscrito no es más que un engaño. De hecho, entre 1976 y 1978 el artista italiano Luigi Serafini demostró que con paciencia y habilidad es posible producir una obra semejante: su Codex Seraphinianus es un libro absolutamente fantasioso con imágenes misteriosas y un alfabeto y un idioma que han sido estudiados por los lingüistas durante décadas y aún no han podido ser comprendidos.

Sin embargo, ni estas teorías ni ninguna otra (falsificación del propio Voynich, broma a Kircher) poseen demasiadas pruebas a su favor y tienen varias en contra, comenzando con la datación de C-14.

El manuscrito Voynich
Existen numerosas versiones "decodificadas" y "traducidas" (algunas con demasiada imaginación) del manuscrito, y sus contenidos han sido interpretados muy libremente y vinculados, de acuerdo al gusto (o a la paranoia) de cada autor, a distintos acontecimientos históricos, sectas secretas, credos desconocidos o misterios mágicos. Como ocurre con otros textos similares –por ejemplo, el Códice Rohonc o Rohonczi–, quizás nunca se sepa su significado original. Quizás para eso mismo fueron creados: para agregar un toque de magia e imposibilidad a un mundo humano en donde todo tiene que ser explicado y en donde, por ende, todo resulta absolutamente previsible.

Libro. Versión digital del manuscrito Voynich, alta resolución.

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