9.9.14

Viejo, nuevo, neo-viejo

Viejo, nuevo, neo-viejo

Por Edgardo Civallero

Resulta algo difícil explorar la cultura tradicional y popular en estos días en los que la modernidad y el capitalismo han lamido, masticado, tragado o escupido casi todo lo que nos rodea. Por bellas y auténticas que parezcan a primera vista, las "expresiones culturales tradicionales" actuales suelen resultar, a la postre y con honrosas excepciones, versiones desteñidas, desaliñadas e incluso bastardeadas de algo que en su momento tuvo todo un significado y un valor.

Es el nuevo aroma de las viejas cosas. Aroma a plástico y perfección, a velocidad y precisión, a globalización, ciudad y mercadotecnia, a palabras impronunciables e incomprensibles que, por su propia ininteligibilidad, lucen más importantes. Productos adornados con purpurina tecnológica, multimedias y digitalizaciones, virtualidades y espejitos de colores. Artes y oficios ancestrales aplastados y desmigajados por las nuevas máquinas de producción cultural masiva y en cadena.

Como reacción a esta falsificación de las raíces, a su prostitución en la cama de los amos del mercado global, surgen los bienintencionados movimientos de revival, de recuperación, de revitalización, que en muchos casos no producen sino los ya mentados "nuevos aromas de viejas cosas" con una pátina de anticuario que a duras penas logra ocultar la modernidad. Es la neo-cultura tradicional, lo neo-viejo: un abordaje contemporáneo del pasado que se queda a medio camino, sin recuperar los significados de antaño ni re-significarlos adecuadamente para los tiempos actuales y que, en medio de semejante mestizaje y mescolanza, termina por convertirse en un mero cambalache esperpéntico.

Afortunadamente, aún quedan pequeños rincones en los que, sin alharacas ni aspavientos, los cultores de las costumbres y la cultura de siempre siguen, calladamente, su incansable labor cotidiana de recordar, hacer y contar. Sin embargo, los años pasan de forma inexorable. Conviene no olvidarlo, y tener en mente que con cada cultor que desaparezca sin haber traspasado debidamente sus saberes, una biblioteca de conocimientos no escritos se convierte en pavesas.

Viejo, nuevo, neo-viejo
Los instrumentos musicales tradicionales auténticos se encuentran en verdadero peligro de extinción, a pesar de haber sido la "especie dominante" a lo largo de buena parte del camino trazado por el ser humano sobre la Tierra. Excepto en los casos más complejos y elaborados, su construcción solía quedar en manos de los propios músicos, que se apañaban como podían o querían para agenciarse sus "herramientas de trabajo". Hoy, esa es tarea de luthiers especializados que protegen celosamente las técnicas de construcción –hasta hace nada conocimiento popular y libre, parte de la tradición oral pasada de padres a hijos y de abuelos a nietos– porque son las bases de su negocio. Estos comerciantes han transformado cosas tan sencillas como un zumbador, un silbato o unas sonajas en una "tarea artesana" para la cual son precisas y necesarias una serie de herramientas y unos conocimientos que, al parecer, caen fuera del dominio del común de los mortales.

Y, como parte del negocio, han logrado instalar la percepción (aunque no son los únicos culpables, por cierto) de que los instrumentos buenos son los elaborados con las técnicas y herramientas actuales, y que los antiguos son parte de un pintoresco mundo primitivo, indígena, campesino al que queremos recordar pero al que no queremos regresar o imitar. De modo que las viejas flautas, rabeles, bombos, bocinas, panderos y sonajas hechas por manos (más o menos) hábiles prácticamente a navaja, con los materiales disponibles y mucho tiempo de dedicación, son usadas hoy por hoy solo por aquellos a quienes no interesan la alta calidad y durabilidad de los materiales, la delicadeza de los cortes, la simetría y limpieza del diseño, lo pulido de las superficies, los avanzados tratamientos químicos, las afinaciones perfectas e inamovibles, la pureza de los sonidos... Es decir, por unos pocos. Para los demás hay versiones remozadas de la tradición, con las que no hay que ensuciarse las manos: versiones bonitas, elegantes, brillantes, resistentes, eternas, rebuscadas, "creativas"... Versiones más avanzadas, más cómodas, más 2.0. Más caras.

Los instrumentos tradicionales neo-viejos van un paso más allá y rizan el rizo de lo ridículo: sus artífices construyen artefactos sonoros con la tecnología puntera, los "mejores" materiales (según la moda) y las técnicas más depuradas para luego, totalmente a propósito, avejentarlos, gastarlos, quitarles simetrías y brillos. Buscan así que se asemejen, en aspecto y sonido, a aquellos ejemplares "rústicos" y "primitivos" que se conservan en los museos. "El aspecto de lo auténtico con toda la calidad de lo nuevo", rezaría su eslogan. El sueño de cualquier músico tradicional, vamos.

Viejo, nuevo, neo-viejo
Interpretada en instrumentos que, desde la perspectiva actual, no eran sino una suma de errores, problemas y despropósitos, la música tradicional era, por naturaleza y desde la misma perspectiva, agreste e imperfecta (la literatura abunda en epítetos, a cual más deshonroso, para calificarla). Todo un mundo de escalas, timbres, adornos, texturas y afinaciones se fue perdiendo progresivamente no solo, como queda dicho, cuando los instrumentos fueron "mejorados", sino cuando las técnicas de canto fueron "ajustadas", las formas de interpretación "homogeneizadas" y, en general, cuando los músicos y cantores fueron "educados". De esta forma hemos logrado tener sikuris andinos que no suenan a sikuris, flautas indígenas norteamericanas que suenan a flauta dulce europea, banjos cultos, didgeridoos afinados en La 440, rabeles campesinos que suenan a violín, quenas que suenan como traversas y cantantes líricos de jotas aragonesas, huaynos peruanos y jarchas medievales. Lo nuevo no se detiene ante nada, y la modernidad no repara en gastos.

Como movimiento de reacción ante esta situación, podemos "disfrutar" de música tradicional neo-vieja en la que hay cantantes que deforman ridículamente sus voces educadas concienzudamente en conservatorios para sonar como las ancianas gallegas de una vieja grabación de campo, flautistas que "inventan" revolucionarias técnicas de soplo y digitación para recrear aerófonos indígenas no estandarizados ni temperados, y un etcétera que resulta demasiado largo como para detallarlo por escrito.

Viejo, nuevo, neo-viejo
A lo ya bosquejado hasta aquí se le podrían sumar ejemplos tomados de la agricultura, la ganadería, y la producción y elaboración de alimentos; de la fabricación de sencillos objetos de uso cotidiano, desde canastos y cestas hasta sogas, cucharas o cazos de cerámica; del empleo de hierbas medicinales y aromáticas; de los juegos infantiles, las rimas y coplas, las adivinanzas; de la danza... En todos ellos ha metido las zarpas el capital y su cultura asociada de beneficios, velocidades, porcentajes y resultados. Y en todos ellos, como respondiendo a la tercera ley de Newton, han surgido propuestas neo-viejas, a cual más desopilante.

Si bien la evolución, las búsquedas, las sumas, los aportes, las mezclas y las innovaciones son intrínsecas a la vida cultural de cualquier sociedad, la tradición no debe, por necesidad, ser re-inventada, traducida, adaptada o mejorada: si llegó hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora, ha sido precisamente porque está bien como es, y si así se mantuvo es porque cumple una función de ancla cultural, social e identitaria. En caso de que, en efecto, necesitara ser transformada y, sobre todo, actualizada, es preciso no olvidar que no se puede mejorar, adaptar o re-inventar algo sin antes conocer ese algo en profundidad, en todos sus aspectos y variantes. Simplemente porque el menor error en la interpretación puede significar una pérdida terrible.

Sin embargo, para empezar estaría muy bien dejar las novedades y las neo-antigüedades de lado y recuperar las viejas formas de hacer y de pensar. Aprenderlas, cultivarlas y difundirlas. Y, sobre todo, despojarlas de ese manto de vergüenza y desprecio con el que las hemos ido cubriendo a lo largo de los años. Ese que nos suele llevar a querer re-inventarlas todo el tiempo.

Fotografías de Edgardo Civallero.