30.9.14

Los muchos corazones de las tinieblas

Los muchos corazones de las tinieblas

Por Sara Plaza

En el intervalo de unos pocos días, a mediados de septiembre leí un par de artículos que recordaban en su título la famosa novela de Joseph Conrad. El primero de ellos, Beit Ummar: Heart of Darkness estaba escrito por Stephen Williams. Al comienzo de su artículo, Williams explica que el título de la novela haría referencia tanto a una entidad geográfica (el Congo colonial del siglo XIX) como a un desierto espiritual y moral en el que el odio y la ambición envilecen el alma humana, un lugar en el que él mismo acababa de estar: la ciudad de Beit Ommar, muy cerca de Hebrón, en Cisjordania. Pero inmediatamente después aclara que el corazón de las tinieblas no se encontraba en la ciudad misma, sino fuera, en los asentamientos que la rodean y entre los propios colonos, cuya conducta incide en cada aspecto de la vida de los habitantes de Beit Ommar. Comenta el autor que no era la primera vez que viajaba a Palestina, ni era la primera vez que se sentía golpeado por la letanía de injusticias diarias, crueldad fortuita, y actos de malicia, que persisten en la vida de un pueblo ocupado.

Durante su visita se reunió con el alcalde de la ciudad, Nasri Sabarna, y su equipo, quienes le contaron cómo sus vidas estaban de algún modo sometidas a los caprichos de los colonos y que ni siquiera los más pequeños se libraban de su odio. El alcalde le enseñó una foto en la que un niño de ocho años estaba siendo arrebatado a su familia y amigos por soldados armados a instancias de los colonos. Williams se maravilló al comprobar que esos jóvenes inexpertos pertenecientes a las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) no mostraban ni la más mínima vergüenza a la hora de obedecer las órdenes de cualquier colono, por demencial, mezquina o malintencionada que estas fueran. Nasri Sabarna señaló que la tasa de niños detenidos en Beit Ommar era la mayor de Palestina.

La siguiente parada de Williams fue la propia Hebrón, otro corazón de las tinieblas, donde refiere que la ocupación es todavía más visible en la ciudad vieja, entre tiendas abandonadas, puestos de control y la alambrada que protege a los palestinos de la basura (y algo peor) que les lanzan los colonos. Su relato continúa en la Mezquita Ibrahimi, al evidenciar el profundo odio que sienten los ocupantes por los ocupados en la manera como una joven soldado de las IDF, que no aparentaba más de quince años, trataba a hombres y mujeres palestinos, que muy bien podrían haber sido sus abuelos. Esta escena le hizo preguntarse por la clase de madre en que se convertiría esa joven cuando tuviera edad de serlo, y recordó un tema frecuente entre los activistas palestinos con los que había hablado: que esta joven generación de israelíes siente más odio y es más racista y violenta que sus predecesoras. También más peligrosa.

La última imagen de Hebrón que recordará Williams en su artículo será la de un niño de unos doce años que al pasar a su lado le dijo sonriente "bienvenido a Hebrón".

El segundo artículo, titulado Burundi, un país en el corazón de las tinieblas lo firmaba Joaquín Mayordomo, y en las primeras líneas del mismo explicaba: "Cada día pasado en Burundi y Rwanda este verano he recordado a aquel Marlow que se adentra en la selva siguiendo el río Congo en busca de Kurtz, semidiós agrandado por Joseph Conrad (1899-1924) en su mítica novela El corazón de las tinieblas, libro magistral que sirve aquí de disculpa para dar nombre a este artículo. Kurtz murió pronunciando la enigmática frase «¡El horror! ¡El horror!» delante de Marlow y ésta frase, como un estigma, me ha acompañado cada hora vivida en una región en la que se perpetró, justo ahora hace 20 años, uno de los mayores genocidios que se recuerdan".

Al narrar su estancia en Burundi, Mayordomo comenta que "la primera sensación que se tiene al viajar por Burundi es que en el país 'no cabe más gente'", y que la miseria devora a sus habitantes. Los datos son escalofriantes, señala, y entre ellos menciona el hecho de que el 52% del presupuesto del país lo cubran donaciones extranjeras: "[e]l dinero que entra a mansalva de los países donantes de la Unión Europea y de otros se escurre como el agua entre los dedos de sus gobernantes, sin que se sepa a dónde va". Escribe: "[r]esulta dolorosamente patético descubrir a grupos de mujeres que arrancan, sí, arrancan el trigo por no disponer de una hoz para segarlo, lo amontonan a la puerta de sus casas y luego, sentadas en el suelo, recolectan las espigas una a una. Junto a las carreteras es frecuente encontrarse a personas (niños sobre todo), rompiendo a martillazos grandes piedras que luego se usarán como grava, cuando se eche el asfalto. [...] Las mujeres soportan todo lo imaginable sobre sus cabezas. Además de llevar, generalmente, un niño a la espalda, cargan con grandes mazorcas de bananas, cestos gigantes a rebosar de alimentos, sacos de lo que sea… Es lo normal". Y continúa: "[e]ste es Burundi; un lugar olvidado del mundo donde, sin embargo, el hormiguero de la cooperación internacional campa a sus anchas. Prácticamente, no hay cartel entre los miles de ellos sembrados por todo el país, que no anuncie un proyecto patrocinado por un país rico. Nadie quiere perderse, parece, esta 'fiesta de la cooperación'".

En los siguientes párrafos habla de la "endeble" política del país, de una paz precaria, de un informe de la misión de paz de la ONU que fue filtrado y en el que se menciona la creación de milicias armadas por parte del partido de gobierno... Y concluye: "Así está Burundi; pendiente de un hilo; enredado en la vieja madeja étnica de hutus y tutsis, ricos y pobres, colonizadores y colonizados… [...] El asesinato de tres monjas italianas de 75, 83 y 79 años, ocurrido hace una semana en un barrio de la capital, o la 'salida voluntaria' de algunos cooperantes europeos, 'aconsejados' por sus amigos de allí, no son más que relámpagos de una tormenta… que puede que pase de largo o que estalle sin más. Y entonces, si estalla, ya no habrá remedio. Y el horror, una vez más el horror, habrá vuelto al corazón de las tinieblas".

Sin mencionar la obra de Conrad en su título, otros dos escritos recientes me devolvieron a sus páginas.

El número de septiembre de 2014 de la revista "MU" incluye un artículo de Darío Aranda, "Wichipedia, sobre los cinco hermanos wichí (Avelino, Manuel, Esteban, Rogelio y Ricardo Tejada) que fueron detenidos a finales del pasado mes de julio en la comunidad wichí conocida como Barrio Cacique El Colorado (provincia de Formosa, Argentina) en un violento operativo propio de la dictadura militar y que, como afirma su abogado Daniel Cabrera, "están presos por defender su territorio y, sobre todo, por no doblegarse ante Gildo Insfrán [gobernador de la provincia] y sus punteros". Las líneas de Aranda trasladan al lector a la provincia de Formosa, le muestran las distintas caras de la capital y le sientan frente a las mujeres de una comunidad indígena. Cada párrafo contiene una denuncia y en uno de los últimos cede la palabra al qom Félix Díaz, quien resume: "[l]o que viven los hermanos Tejada es injusto, ilegal e ilegítimo. Es una violación de derechos humanos y es un claro mensaje del gobernador Insfrán para meter miedo a otras comunidades que reclaman lo que es suyo".

La otra historia la recoge Ter García en su artículo Un estudio da por veraces 45 testimonios de personas torturadas en el País Vasco, a propósito de la reciente publicación del informe Incomunicación y tortura. Análisis estructurado en base al Protocolo de Estambul, del que también se hace eco Mikel Arizaleta en La tortura y sus colaboradores, y que va acompañado del documental Voces. Detención y tortura en el País Vasco.

O el corazón se ha ensanchado hasta abarcar los cinco continentes, o son muchos los corazones de las tinieblas que ensombrecen el mundo y al ser humano.