23.9.14

Los gigantes del sur del mundo

Los gigantes del sur del mundo

Por Edgardo Civallero

El ingeniero militar, explorador y espía francés Amédée-François Frézier, en su "Relation du voyage de la Mer du Sud" (obra que escribió tras un viaje realizado entre 1712 y 1714 por las costas del Pacífico sudamericano, haciéndose pasar por un comerciante a bordo del navío mercante "St. Joseph" y estudiando, en realidad, la geografía, los puertos y las fortificaciones españolas en aquella parte de sus colonias americanas), incluyó varios apuntes etnográficos, sobre todo en relación a los pueblos indígenas de las regiones que recorrió. En uno de ellos, Frézier elabora una breve y curiosa recopilación de algunos testimonios, esparcidos por diversas crónicas y libros de viajes, en los cuales se mencionan a los "gigantescos" habitantes de la Patagonia y las vecinas islas de los mares meridionales.

Los relatos sobre la supuesta estatura "descomunal" de los habitantes nativos de las tierras del sur del mundo comenzaron con los apuntes del veneciano Antonio Pigafetta, cronista de la travesía del portugués Fernando de Magallanes, responsable de su diario de navegación y uno de los 19 sobrevivientes de esa expedición (que volvieron a España en 1522 tras realizar la primera circunnavegación al planeta, comandados por Sebastián Elcano). En la "Relazione del primo viaggio in torno al mondo" (ca. 1522) indica:

19 de mayo 1520. — Puerto de San Julián. — Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, llegamos a los 49° 30' de latitud meridional, donde encontramos un buen puerto, y como el invierno se aproximaba, juzgamos a propósito el pasar allí la mala estación.

Un gigante — Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con otros muchos. Dio muestras de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo. Su figura — Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.

[...] El capitán general llamó a los de este pueblo "Patagones".

Quizás por ser un término muy conocido en aquella época entre ciertos círculos (incluyendo la tripulación de aquel viaje y los potenciales lectores de sus escritos), Pigafetta no se molestó en explicar el porqué del nombre; muchos investigadores supusieron –incorrectamente– que "patagón" era una deformación de "pata gau" (en portugués, "pata grande"), denominación debida a las enormes huellas que esta gente dejaba en la arena con sus pies envueltos en pieles. Sin embargo, las teorías más sólidas postulan que el término derivaría de "patagón", nombre de un ficticio pueblo de salvajes incluidos en un libro de caballería muy popular en el siglo XVI, el "Primaleón" (1512). A pesar de lo que hayan señalado numerosos historiadores –de nuevo, incorrectamente–, los "patagones" literarios no eran gigantes, pero sí vestían con pieles, llevaban arcos y flechas, había mujeres entre ellos, eran veloces corredores, se alimentaban de carne cruda, eran necesarios varios hombres para sujetarlos, eran "feos" y "salvajes", y poseían métodos de auto-curación, características todas ellas que Magallanes y sus compañeros habrían observado en los nativos del sur de las Américas.

Sea como sea, desde aquel momento muchos mapas europeos marcaron la Patagonia, la isla de Tierra del Fuego y el brazo de mar que las separa como "gigantum regio" (país o región de los gigantes). El propio Pigafetta, en su diario de viaje, utilizó el término "patagonia" y el adjetivo "patagónico", empleándolos incluso en un esquemático mapa. El término aparece igualmente en textos escritos por otros supervivientes de aquella gesta exploradora.

Gonzalo Fernández de Oviedo, en su "Historia general y natural de las Indias", refiere que los miembros de la expedición de García Jofre de Loayza, que entró en el estrecho de Magallanes en abril de 1526, "vieron traza y vestigios y rastro de grandes pisadas de gigantes o patagones". Francis Fletcher, el capellán del barco con el que Francis Drake dio la vuelta al mundo entre 1577 y 1580, escribió en 1579 sobre patagones muy altos. El famoso Sir Thomas Cavendish "El Navegante", en su primer viaje, habla de huellas de 18 pulgadas cuando pasó por la zona a inicios de 1587, mientras que el navegante y aventurero Anthony Knivet, que participó en el segundo (y fatal) viaje de Cavendish en 1592, menciona huellas que cuadruplicaban las de un hombre normal y cadáveres de indígenas de 12 pies de largo.

El historiador español Bartolomé Leonardo de Argensola, en el Libro I de su "Conquista de las islas Molucas" (1609), indica que Magallanes habría capturado en su estrecho a "ciertos gigantes de más de quince palmos", que pronto murieron, al parecer, por carecer del alimento acostumbrado. En su Libro III cita la relación del viaje de Pedro Sarmiento de Gamboa al estrecho, diciendo que su tripulación combatió con hombres enormes: "tiene cada uno destos más de tres varas de alto". En principio los españoles fueron derrotados, pero luego los pusieron en fuga apresurada: "los indios parecían tan lejos que ningún arcabuz los alcanzara". Apunta Argensola a continuación: "Según este acto, no parecía impropia la cobardía que aplican a sus gigantes los escritores de los libros fabulosos que llaman vulgarmente de caballería".

William Adams refirió encuentros violentos con nativos de una altura extraordinaria. Adams participó en el primer viaje holandés al estrecho de Magallanes y luego se convirtió en el primer inglés en llegar a Japón. Sebald de Weert, miembro de la misma expedición, relata (en la novena parte de la edición latina de los "Grandes Viajes" publicada por Theodor De Bry e hijos entre 1590 y 1630) que, con cinco navíos en el estrecho, en la Bahía Verde, se cruzó con siete canoas llenas de gigantes "quórum, ut coniectura dabat, longitudo 10 aut 11 pedum erat" ("cuya altura era de aproximadamente 10 u 11 pies"). Al parecer, los holandeses los atacaron y los nativos, según las crónicas, arrancaban árboles para protegerse de las balas de los mosquetes. El capitán/pirata holandés Olivier van Noort, que entró al estrecho meses después que De Weert en su viaje alrededor del mundo entre 1598 y 1601 y cuya crónica aparece en el mismo libro, vio hombres enormes, con estaturas similares: "vasto ac procero corpore sunt, pedes 10 vel 11 aequante". Años después, en abril de 1615, y en el mismo sitio, Joris van Spilbergen, otro holandés medio corsario y medio navegante a las órdenes de la Compañía de las Indias Orientales en la primera expedición de esta rumbo a Asia, vio un hombre de altura prodigiosa que se había subido a una colina para ver pasar los navíos: "Conspexerunt autem ibi ad terram de Bogue, immanis admodum et horrendae longitudinis hominem" ("Vieron allí, en Tierra del Fuego, un hombre de altura completamente monstruosa y horrible").

Y así continuaron, al menos hasta que los recogió Frézier un siglo más tarde. El mito terminó cayendo bajo el peso de las evidencias etnográficas: ni los Aonikenk o Tehuelches del Sur, ni los Selk'nam u Onas, ni los Qawásqar o Alacalufes, ni los Yámana o Yaganes, las sociedades originarias de aquellos confines de la tierra, eran individuos especialmente altos. Sin embargo, la leyenda quedó flotando en el aire para siempre. Y los relatos, sobre todo aquellos que impresionaban a los lectores de crónicas de viaje en Europa. Como el del holandés Willem Schouten, capitán en la expedición de La Maire, que en diciembre de 1615 recaló en Puerto Deseado, en la actual provincia de Santa Cruz (Argentina). En la montaña, su tripulación dio con unos extraños montículos de piedra, que según señala él mismo en su "Journal ou relation exacte du voyage dans les Indes par un nouveau destroit" (1618), revelaron una terrible sorpresa: "osamentas humanas de 10 y 11 pies de largo".

Artículo. "Acerca del topónimo Patagonia. Una nueva hipótesis de su génesis", por Miguel Armando Doura. Nueva Revista de Filología Hispánica, 1 (2011), pp. 37-78.

Ilustración.