2.9.14

De la Ilustracion a la barbarización

De la Ilustración a la barbarización

Por Sara Plaza

Hace casi una década, con motivo de la presentación en Madrid y Barcelona del documental Bagdad-Rap dirigido por Arturo Cisneros, Santiago Alba Rico, autor de los textos en off de la película, escribió un artículo titulado "Homenaje a los buenos modales del pueblo iraquí" del que extraigo los siguientes párrafos:

Tras dos siglos de Ilustración, la llamada cultura occidental, excipiente ideológico del capitalismo, engendró de su propio seno el nazismo y la bomba atómica, Auschwitz e Hiroshima, los dos actos inaugurales de una nueva era dominada en Occidente por esa tríada platónica siempre codiciada y siempre malograda: lo bueno, lo bello y lo verdadero. Pero a condición de que Auschwitz no se repitiera, absolvimos Hiroshima e incluso la naturalizamos, la banalizamos, la cotidianizamos en el resto del mundo, y el bombardeo de civiles, desde el aire o desde el FMI, se convirtió en la espalda natural de nuestro platonismo normalizado. Los iraquíes se merecen la poca normalidad que aún alcancen entre las ruinas, donde se alimenta y se revela el capitalismo; nuestra normalidad merece un castigo.

Como escribía hace poco en un artículo, allí donde lo bueno, lo bello y lo verdadero se han revelado tan destructivos para el resto del mundo, hay que conformarse con lo regular, lo bonito y lo aproximado. Lo bueno, lo bello y lo verdadero son insostenibles para el hombre, no son quizás -hay que aceptarlo- generalizables a la humanidad; y porque sólo lo regular, lo bonito y lo aproximado se pueden universalizar, lo regular es más bueno, lo bonito es más bello y lo aproximado es más verdadero. Ese es el hombre amenazado en Iraq y ese el hombre por el que hay que luchar en Iraq (pero también en Madrid o en Buenos Aires).

Para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero los occidentales tenemos que cerrar los ojos, tenemos que reprimir la realidad, tenemos que delimitar y acorazar pequeños nichos donde sólo ocurre nada y los cuales confundimos con la universalidad, a la que los otros se resistirían por cabezonería o por una tara genética; para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero tenemos que resignarnos a ser más ricos, a tener más agua, más carne, más coches, más televisiones, más cerveza; para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero estamos obligados, con un mohín de asco -o de piedad- y desde la ventana, a matar indios, bombardear mercados, hambrear niños, arrancar selvas y exterminar especies. Lo bueno, lo bello y lo verdadero se sostienen sobre una injusticia tan abyecta que su solo nombre tiene ya sabor a barro; a lo bueno, lo bello y lo verdadero les crece tan horrendo tumor en las espaldas que desearlos se ha vuelto obsceno, indecente, pornográfico. Frente a ellos, lo regular, lo bonito, lo aproximado, son el destino y la dignidad del hombre.

[...] Resulta paradójico sin duda el desprestigio del concepto de "sacrificio" en una sociedad que induce a sus ciudadanos a un permanente sacrificio contra los otros: que nos pide ininterrumpidamente que renunciemos al amor, a la amistad, al tiempo, a lo regular, a lo bonito, a lo aproximado, a los principios morales más comunes, a los valores vitales más hermosos, para obtener más poder o mas riqueza o para estar –simplemente– más cómodos. Este sacrificio es aplaudido, espoleado, requerido, admirado desde todos los púlpitos y aclamado desde todos los estadios. Hay otra posibilidad, sin embargo: la de renunciar a la comodidad para tratar de conquistar más amor, más amistad, más tiempo, una visión más exacta, una comunidad más decente, un mundo menos siniestro, una verdadera normalidad de "bastante" para todos y "suficiente" compartido. Eso es peligroso, lo sabemos, y los que se inclinan por esta opción suelen acabar en prisión o bajo una losa o, en el mejor de los casos, con la luz apagada y la voz ronca, pero la elección, me parece, es posible y es sólo, me parece, una cuestión de "buenos modales".

[...] En estos momentos hay mucha gente en muchas partes del mundo, también en Iraq, dando su vida por los hombres y debemos respetarlos. A nosotros de momento no se nos pide tanto. Pero se nos pide al menos que aprendamos a inyectarnos y a colectivizar el dolor de todos esos hombres, mujeres y niños que no hemos visto y que nunca veremos, salvo en la deliciosa nada de la televisión; de todos esos también a los que nunca conoceremos, porque son nuestros descendientes -en el más allá de los laicos-, y que esperan su turno para nacer en un mundo que, por primera vez en la historia, ya no está asegurado; se nos pide que hagamos algo, no por los iraquíes, de los que tenemos sobre todo que aprender, sino por nosotros mismos; se nos pide, en fin, que recuperemos los "buenos modales", la condición misma de toda política moderada, conservadora, realista, es decir, revolucionaria. Es decir, de toda política.

Por su parte, allá por el mes de febrero del presente año, en una entrada de su blog titulada "Últimas (malas) noticias sobre calentamiento climático y nuestras posibilidades de evitar su descontrol", Jorge Riechmann compartía la siguiente reflexión:

Durante una larga fase de mi vida, todo lo que cubre la labor intelectual y política que comenzó para mí en los años ochenta, mi pregunta de trabajo era: cómo evitar el colapso ecológico-social. Ahora se me ha convertido en: cómo evitar la barbarización social en el colapso que viene, colapso que en términos prácticos todo indica que ya es inevitable. La verdad es que todavía no acabo de asimilar del todo este cambio de perspectiva.

Y hace solo un par de días, el mismo autor, a la pregunta "¿Podemos controlar la Megamáquina?", respondía lo siguiente:

¿Podemos controlar la Megamáquina –por emplear el término que acuñó Lewis Mumford en Técnica y civilización, hace ya decenios?

La respuesta es no –debería resultar obvio a estas alturas del siglo XXI. (Pero ello no puede suponer un pretexto para renunciar a un poco de dominio sobre nosotros mismos.)

[...] Si no podemos controlar la Megamáquina, ¿se sigue de ello un retirarse a esperar la catástrofe –hacia la que avanzamos a toda velocidad?

No, sería un non sequitur. Por una parte, está la vieja posibilidad de poner palos en las ruedas, actualizada como echar arena entre los engranajes primero, y más recientemente como desconfigurar conexiones entre los circuitos. Esto, a veces, querrá decir activo sabotaje noviolento; otras veces, sólo pronunciar una palabra. Si es la palabra adecuada en la circunstancia justa.

Por otra parte, subsiste la orientación general de fracasar mejor. El derrumbe de la Megamáquina será –lo sabemos– una espantosa tragedia; cabe trabajar por reducir en lo posible la inconcebible masa de sufrimiento –tanto el humano como el de las demás criaturas.

La ilusión de tanta gente con Podemos, desde la primavera de 2014, expresa entre otras cosas esperanza en el control de la Megamáquina… Pero se trata de una esperanza engañosa, que (suponiendo que Podemos llegue realmente a algunos puestos de mando) generará en un segundo momento desencanto y frustración a menos que se tanga la inteligencia suficiente como para poner en marcha lo que yo llamaría una Estrategia Dual.

Eso quiere decir: intentar maniobrar con alguna habilidad el Titanic que inexorablemente va a hundirse –pero no con la expectativa de evitar el naufragio, sino sólo de crear mejores condiciones para el salvamento de los pasajeros.

Y comenzar YA a construir más botes salvavidas, y a organizar las formas de cooperación solidaria que pueden reducir los costes del naufragio.

En nuestra deriva hacia el colapso, ¿seremos capaces de recuperar los "buenos modales" y un poco de dominio de nosotros mismos?