5.8.14

En el Salón Negro

En el Salón Negro

Por Paul Kingsnorth.
Traducido por Sara Plaza

La siguiente entrada es parte de un artículo de Paul Kingsnorth, traducido del inglés por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor. Puede descargarse el texto completo aquí.

Estamos en la Grotte de Niaux –la cueva de Niaux– en los Pirineos franceses. El enorme saliente rocoso que señala la entrada es visible a kilómetros de distancia desde todo el valle. La cueva es una red indescifrable de túneles, la mayoría de los cuales no son accesibles en estos momentos, al menos al público. Al dejar atrás el pasillo artificial de la entrada, a través de una gruesa puerta de acero que permanece cerrada por las noches, la luz de la linterna ilumina estalagmitas que tienen tres veces la altura de un hombre, enormes protuberancias y excrecencias rocosas en el techo y las paredes, grietas oscuras que dan paso a salas y corredores laterales, negros lagos glaciales y toda la belleza y soledad que se encuentra en las entrañas de una vieja montaña. Está fresco, sereno y más negro que ninguna otra cosa bajo las estrellas.

[...] A lo largo de las paredes del Salón Negro hay cientos de dibujos lineales representando grandes mamíferos: manadas de bisontes, parejas de mamuts, grupos de íbices. Están pintados con trazos amplios, elegantes, que denotan experiencia. Quienquiera que dibujara estas criaturas no lo estaba haciendo por primera vez: fueron artistas que conocían su trabajo. También conocían a los animales y reflejaron cuidadosamente los detalles anatómicos: las barbas de los íbices y opérculos anales de los mamuts.

[...] ¿Qué era esto y por qué se hizo? Tenemos pocas pistas. Sabemos muy poco sobre estos hombres y mujeres – o al menos, muy poco sobre su visión del mundo. ¿Qué era para ellos el mundo y qué espíritus habitaban en él? ¿Qué historias contaban sobre su lugar en él, sobre el pasado y el presente? ¿Quiénes, qué pensaban que eran? No lo sabemos y no lo sabremos nunca.

Pero tenemos las pinturas de las cuevas, y dentro de ellas, algunas temáticas son comunes. Por ejemplo, estas no son, como se dice a menudo, "escenas de caza". En ninguno de estos dibujos, en ninguna de estas cuevas, aparece la más mínima señal de violencia. No hay cazadores ni tampoco armas. En cualquier caso, no parece que estos animales hayan sido cazados en absoluto. El análisis de los huesos encontrados en los campamentos del periodo Magdaleniense demuestra que su principal fuente de carne fue el reno. Estos hombres y mujeres no parecen haber cazado las criaturas que pintaban, o haber pintado las criaturas que cazaban. No son pinturas triunfales de presas vencidas.

[...] Si los artistas del Salón Negro vieron algo sagrado en las bestias que pintaron sobre las paredes, imagino que yo veo lo mismo en lo que hoy queda del mundo natural. Para mí, un cierto sentido de lo "sagrado" se expresa en lo que los cristianos llaman Creación: en la naturaleza misma, en esos obstinados lugares que resultan absolutamente intolerables porque están fuera del control humano.

No idealizo dicho sentido –o intento no hacerlo– y no lo veo necesariamente como un consuelo. Me doy cuenta de que lo que yo llamo "naturaleza" (una palabra limitada, pero hasta ahora no he encontrado otra mejor) es simplemente otra forma de decir vida; una rueda de sangre y mierda, muerte y nacimiento, que gira sin cesar. La naturaleza es mortal tan a menudo como es hermosa, y a veces es ambas cosas a la vez. Para mí, ahí está la clave: son el miedo y la violencia inherentes a la naturaleza salvaje, tanto como la belleza y la paz, los que me infunden aquello que las religiones me piden que dirija hacia sus dioses con forma humana: humildad, un sentido de pequeñez, algunas veces un cierto temor, habitualmente el deseo de ser parte de algo más grande que yo y mi especie. Salir de mí mismo; salir de mi propio yo.

[...] Todavía hoy, en gran parte del mundo, y desde luego para la amplia mayoría de nuestros antepasados, este sentido de la naturaleza-distinta-de-lo-humano como algo completamente vivo e íntimamente entretejido con la existencia humana es y fue la idea dominante. Un mundo sin luz eléctrica, un mundo sin motores, es un mundo completamente diferente. Es un mundo que está vivo. Nuestro mundo de ciencia e industria, de monoculturas y monoteísmos, marca un cambio decisivo en la visión humana.

[...] En su libro The Righteous Mind, el psicólogo Jonathan Haidt demuestra de manera convincente que cada uno de nosotros, por mucho que afirmemos lo contrario, es fundamentalmente un ser irracional. Gran parte de lo que creemos que es pensamiento "objetivo", "racional", basado en el examen de las pruebas y la evaluación de hechos verificables, es en realidad el resultado de nuestras mentes conscientes fabricando justificaciones ex post facto para lo que nuestra intuición ya ha decido hacer.

[...] Parte del libro de Haidt se basa en el trabajo anterior del neurocientífico Antonio Damasio, quien en su obra El error de Descartes describió lo que les ocurrió a algunos pacientes suyos que, a causa de un accidente, tenían dañados o destruidos los centros cerebrales que actúan en las emociones, pero cuyas facultades intelectuales permanecían intactas. Según la mitología de la Ilustración, esto debería haberles convertido en seres completamente racionales, libres de todo sesgo o pasión, capaces de actuar de acuerdo exclusivamente a las pruebas y de hacer juicios basándose en ellas. En realidad, Damasio descubrió que en cada uno de los casos estudiados, esas personas fueron incapaces de funcionar como seres humanos. Sin la participación de las emociones, la mente racional no puede hacer su trabajo.

[...] El año pasado, un grupo de futuristas, hombres de negocio y científicos lanzaron una iniciativa llamada "Revive and Restore". El propósito de este proyecto era simple: utilizar la biotecnología para resucitar especies extintas, como el mamut, el uro y la paloma migratoria, y regresarlas a la Tierra de nuevo.
El carácter llamativo de sus planes les brindó grandes dosis de atención mediática en todo el mundo, favorable en prácticamente todos los casos. Ello se debió en parte a la suposición generalizada de los medios –común entre los intelectuales de las culturas liberales– de que cualquier cosa que involucre tecnologías punteras es intrínsicamente novedoso y beneficioso para el género humano. Y también al hecho de que el creador del proyecto fuera el gurú contracultural californiano devenido en impulsor ecotecnológico Stewart Brand, capaz de manejar la prensa a su antojo y hacer que parezca fácil.

[...] Aunque el entusiasmo que despertó la perspectiva de la desextinción fue palpable, hubo algunas objeciones. El biólogo de la conservación David Ehrenfeld estuvo entre quienes señalaron que no se trataría de ninguna "desextinción": los "mamuts" que pudieran crearse no serían mamuts sino elefantes modificados con genes de mamuts. Podrían parecerse a los originales, pero serían algo totalmente nuevo. En cualquier caso, si Brand y los de su clase se consideraban a sí mismos conservacionistas, tenían mejores cosas que hacer. Puesto que el futuro del elefante africano vivo está seriamente amenazado, dijo Ehrenfeld, "¿Por qué estamos hablando de volver a la vida al mamut lanudo? Piénsenlo".

[...] De todos modos, no estoy intentando convencer a Steward Brand de nada; simplemente trato de entender porqué siento repulsión cada vez que oigo hablar de revivir a los mamuts. En otoño de 2013, Jason Mark, editor de Earth Island Journal, escribió algo que se aproximaba bastante a una explicación razonada de lo que a mí me dice la intuición. Los desextincionistas tal vez crean que hacer nacer de nuevo perezosos terrestres o palomas migratorias serviría para recuperar nuestro sentido de asombro ante el mundo natural, y con ello nuestro deseo de protegerlo, decía, pero no tienen en cuenta una cuestión fundamental:

Al contemplar el rascacielos de Manhattan por la noche nos admiramos de las dimensiones de la invención humana; al contemplar la Vía Láctea nos admiramos de las dimensiones del universo. En ambos caso se trata de una disposición de luces, pero lo primero hace parecer gigantesca a la humanidad, mientras que lo segundo nos hace sentir pequeños. La diferencia importa porque influye en cómo entendemos nuestro lugar en el planeta.

Los revividores de especies, dice Mark, "no comprenden de qué trata la conservación":

Tomar algunas partes del mundo no humano y protegerlas de nuestros deseos incontrolables es, después de todo, un ejercicio de moderación [restraint] – no de creación. Hablar de conservación es hablar de contención [forbearance]. Es una demostración de autodisciplina para no entremeterse. Moderación, autodisciplina, humildad, contención. Ya lo sé – son valores anticuados ... sin embargo siguen siendo los contrapesos esenciales frente a quienes propondrían lo que fuera en aras del dinero.

[...] Digan lo que quieran sobre la religión, pero al menos ésta nos enseña que no somos dioses. La ética que promueven los desextencionistas y los de su clase nos dice, en cambio, que somos dioses y que deberíamos actuar como ellos. Aunque a veces se presente como conservación o ecologismo, en realidad se trata de la última expresión del chauvinismo humano; otra manifestación del imperio del Homo sapiens. Si sigue avanzando será el fin del animal y el fin de la naturaleza. Nos arrastrará hacia una Nueva Naturaleza, que será enteramente el producto de nuestra humana-idad [human-ness]. No tendremos ninguna posibilidad de escapar a nosotros mismos. Podríamos llamarlo Civilización Total.

[...] Nuestra cultura siente un respeto reverencial por la ciencia y constantemente se entusiasma con lo que ésta es capaz de hacer, lo cual resulta comprensible. Pero se muestra mucho menos dispuesta a hablar de aquello que no puede hacer. Solemos permitir que el entusiasmo generado por hombres en batas de laboratorio reconstruyendo ranas nos impida ver qué es la ciencia en realidad: simplemente un método para averiguar cómo funcionan las cosas. No es poca cosa, desde luego, pero tampoco es tan maravillosa como sus paladines pretenden hacernos creer. Y tampoco es, como algunos se empeñan en que creamos, la base de una nueva ética.

[...] La ciencia puede mostrarnos el funcionamiento del universo como nunca hubiéramos podido imaginar, y al hacerlo puede cambiar radicalmente nuestra perspectiva sobre él. Pero no nos puede decir lo que es importante en nuestras vidas ni porqué, y tampoco puede decirnos porqué vemos lo que vemos, sentimos lo que sentimos, ni qué es lo deberíamos hacer al respecto. Puede que la ciencia sea capaz de decirnos cómo resucitar a un mamut, pero nunca nos dirá si es lo que debemos hacer.

[...] Me pregunto si ha habido alguna sociedad en la historia tan indiferente ante lo sagrado como la nuestra; tan poco preocupada por el espíritu, que haya menospreciado tanto lo inconmensurable, tan desdeñosa para con quienes sienten que estas cosas son esenciales para la vida humana. La vanguardia racionalista pretende hacernos creer que esto es una muestra de progreso: que nos dirigimos hacia una nueva Jerusalén, la verdadera esta vez, conforme vamos dejando atrás la "superstición". Yo no estoy tan seguro. Creo que se nos está escapando algo importante. La mayoría de las culturas a lo largo de la historia han mantenido, o tratado de mantener, algún tipo de equilibrio entre lo material y lo inmaterial; entre el templo y el mercado. La nuestra está convirtiendo los templos en apartamentos de lujo y acudiendo a rezar al mercado. Somos alérgicos a aprender del pasado, pero creo que podría enseñarnos algo en este aspecto.

[...] El espejismo racionalista tiene una influencia muy grande en nuestra cultura, y esa influencia ha sido cada vez mayor en el curso de mi vida. Parece que cada año se reducen los ámbitos de la vida que permanecen sin colonizar por el lenguaje y los supuestos científicos o económicos. El éxito que ha tenido la ciencia explicando lo que puede ser explicado aparentemente ha convencido a muchas personas de que puede explicarlo casi todo, o de que algún día será capaz de hacerlo. El éxito de la economía cuantificando aquello que la ciencia puede explicar ha convencido a muchos de que todo lo que es importante puede evaluarse económicamente.

Los ecologistas y conservacionistas son tan vulnerables a estas tendencias literalistas como el resto, y muchos de ellos se han convencido a sí mismos de que, para ser tomados en serio por quienes tienen el poder de salvar o condenar, deben emplear el mismo lenguaje. Pero ha sido una apuesta fáustica. Argumenta que un bosque debería ser protegido por su valor económico como "sumidero de carbono", y no tendrás nada que decir cuando bajo él descubran oro o petróleo mucho más valiosos.

Utilizar el lenguaje de la cultura dominante, la cultura del imperio humano que cuantifica todo lo que ve y exige un rendimiento, no es un truco ingenioso sino una trampa ingeniosa. Deja de mencionar ese sentido sagrado de la naturaleza –réstale importancia, hazle a menos, ríete nerviosamente cuando sea mencionado– y estarás perdido, y también lo estará el mundo que te ha movido a querer salvarlo por razones que nunca serás capaz de explicar del todo.

Lo diré sin rodeos después de haberlo estado madurando: en la "naturaleza" veo algo divino, y cuando lo veo, me mueve a la humildad, no a la pretenciosidad, y eso es bueno para mí y bueno para aquellos con los que me relaciono. No quiero ser un dios, incluso pudiendo. Quiero ser un servidor de dios, si por dios entendemos la naturaleza, la vida, el mundo. Quiero ser pequeño en el mundo, pertenecer a él, ayudar, protegerme de sus tormentas y tratar de no provocar ninguna.

Etiquetas: