26.8.14

El año de las ciruelas

El año de las ciruelas

Por Sara Plaza

«Dile a Sara que si quiere ciruelas para hacer mermelada», le encargaron a mi madre que me preguntara hace dos o tres semanas. «¿Quieres ciruelas?, este año hay muchísimas», «¿habéis tenido ciruelas?, nosotros ya no sabemos qué hacer con ellas», me preguntaron a mí directamente. «¡Qué hartón de ciruelas!, los árboles han estado llenos», escuché decir a unos vecinos.

Es cierto, este verano los ciruelos del pueblo, los silvestres y los plantados, los que crecen en las laderas de la montaña y los del valle, los que rodean huertas y los que adornan jardines han arqueado sus ramas bajo el peso de la fruta. Han madurado las rojas, las amarillas y las claudias, las ha habido redondas, ovaladas y con forma de lágrima, gordas y pequeñas, duras y tiernas, dulces e insípidas.

Rabilargos, mirlos, oropéndolas, arrendajos y un largo etcétera de comensales alados no han querido perderse el festín en las alturas, y a ras de suelo han participado del banquete ejércitos de hormigas. También los gusanos han encontrado en su interior blanda cama, y hasta los gatos han jugado con ellas.

En casa las hemos comido y preparado en mermelada, y todavía nos han sobrado para secarlas al sol. Pero seguimos sin animarnos a hacer vino de ciruelas. Aún no hemos aprendido a calcular la edad de la fruta, y ése es el truco de la abuela Gumersinda para que quede rico...

Escena III
Celina adulta escribe a su hermana.

CELINA: Querida hermana Eleonora: creo recordar aquellas ratas de nuestra infancia; había ratas porque no había gatos, y no había gatos porque abuela María no soportaba desnudarse ante la mirada inquisidora de un gato...

Siempre me pregunté por qué en aquella casa éramos todas mujeres y, de alguna manera, todas tristes; tal vez... todas ridículas, no lo sé; o tristes, ridículas y solas. El problema de la tristeza entre nosotras era que no podíamos distinguir cuándo terminaba la soledad y cuándo comenzaba la ridiculez, y eso nos ponía melancólicas. Hay dos tipos de mujeres en la familia: las celestiales y las terrestres. Mamá era mitad y mitad, es decir, que tenía alas pero no volaba, lo que le daba un aspecto de gallina y no de ángel.

¡Pobre mamá intentado morirse! Porque hay otras que lo intentan y no lo consiguen: la abuela María y la abuela Gumersinda, por ejemplo, seguro que murieron, pero yo no las vi morir. Las recuerdo siempre en sus interminables monólogos sobre el amor, el engaño y la venganza mientras bebían vino de ciruela.

Para mí la memoria no es un músculo ni una arteria, sino una nariz porque ese olor a vino de ciruelas rancias de nuestras abuelas me persiguió desde siempre, y no sé qué hacer con ese olor avinagrado que dejan los días tristes de la vida...

Escena IV
Celina abandona la acción de escribir y se incorpora al desplazamiento de Eleonora, que ha asumido el papel de la abuela María. Eleonora y Celina comienzan a deambular por el espacio como lo hacían sus abuelas: bebiendo vino y hablando. La luz adquiere una tonalidad marfil, como de fotografía.

ABUELA MARÍA: Dime una cosa Gumersinda: ¿cuál es el truco para que el vino de ciruela te salga tan rico?

ABUELA GUMERSINDA: La edad de la ciruela. Todo depende de la edad de la ciruela.

MARÍA: ¿Tiene edades la ciruela?

GUMERSINDA: Con solo mirar la flor, una se da cuenta de si el fruto va para vino o para vinagre.

[Ambas escenas pertenecen a la obra teatral "La edad de la ciruela", del dramaturgo argentino Arístides Vargas. Puede verse en cualquiera de los siguientes videos subidos por el grupo Mandala Teatro: video 01, video 02 y video 03].

Fotografía de Sara Plaza.