15.7.14

La conexión

La conexión

Por Edgardo Civallero

Generalmente los que se asoman a la vida cotidiana del pasado a través de las vitrinas de un museo arqueológico suelen hacerlo con la mirada puesta en un objeto. En su forma, en su tamaño, en su material, en su belleza o fealdad, en su utilidad, incluso en su similitud con su equivalente actual o en su buen (o mal) estado de conservación.

[Otros ni siquiera miran el objeto; prefieren su representación en la animación digital explicativa de turno, proyectada en una pantalla plana justo al lado de la pieza original].

Pocos se detienen a "ver" –a imaginar, en realidad– las manos que hicieron eso que tienen delante, esa "cosa" antigua, ese "algo". Muy pocos les ponen dueño o dueña a esas manos, y menos aún atisban la intención que puso dichas manos en movimiento, o el momento, el lugar o el contexto que rodeaban esa acción...

Cuando uno se anima, da el salto y realiza semejante ejercicio de imaginación se establece, casi instantáneamente, una conexión. Una que atraviesa tiempos y espacios. Ya me he referido a ella en estas mismas páginas, hablando de ciertas obras de arte de grandes maestros clásicos. Ocurre que esas pinturas o esculturas son parte de un conjunto de piezas creadas precisamente para trascender, para atravesar las décadas y sobrevivir a las generaciones. Los restos a los que me refiero ahora, humildes reseñas arqueológicas de una vida diaria extinta, no. Esos sobrevivieron el paso del tiempo y llegaron hasta nosotros por pura casualidad, por una jugarreta de la fortuna, por una cuestión de suerte. No estaban pensados para alcanzar la inmortalidad ni para lograr, casi intactos e incorruptos, la posteridad, sino para realizar una función concreta durante un periodo breve. Unas sandalias de esparto de la Andalucía del Neolítico, por ejemplo, no fueron hechas para transmitir un mensaje, o para sobrevivir el embate de cinco o seis milenios, o para que las generaciones futuras, fuesen quienes fuesen, admirasen su fino diseño. Fueron hechas para ser calzadas, gastadas y abandonadas.

Ocurre que el destino quiso para ellas otra cosa.

Las manos que tejieron esas sandalias seguramente fueron las mismas que buscaron el esparto del que están hechas. Aquí surge la primera conexión: aquellos hombres y mujeres de hace milenios recolectaban la misma planta que hoy nosotros acariciamos cuando vamos de paseo por las montañas que nos rodean. Seguramente alguna que otra vez se cortarían con esas hojas, filosas y resistentes, hasta que se decidieran a evitarse molestias enrollándolas en una vara y tirando de ellas para arrancarlas. Puede que cortaran un manojo de flores de esparto secas para espantarse las moscas mientras trabajaban, e incluso, por qué no, podrían haber jugueteado con los tallos, armando esos pequeños clarinetillos que aún soy siguen siendo populares como juguetes infantiles... Para buscar el esparto tendrían que apartar de su camino tomillos y retamas, lavandas y piornos, lo mismo que hacemos nosotros.

Y con esta primera conexión, surgen las primeras preguntas, las de la "historia pequeña", las que no vienen reflejadas en los grandes manuales: ¿cómo descubrieron aquellos hombres que el esparto se podía tejer? ¿Cómo averiguaron la forma de trabajarlo? ¿Cuántas veces debieron intentarlo, equivocarse y volver a hacerlo hasta que perfeccionaron el método? ¿Con cuántas otras plantas lo habrían intentado antes?

Una vez convertido en fibra, el esparto podía utilizarse para tejer cestos, canastos, bolsas, calzado y mil cosas más... Descubierto el principio básico del trenzado del vegetal, el límite para la creación estaba en la imaginación de los tejedores y artesanos. O en su necesidad. Igual que hoy. ¿Cuánto tardarían en darse cuenta de que el esparto era útil para ciertos utensilios y absolutamente inútil para otros? ¿Cuánto en descubrir los límites de su durabilidad, de su resistencia, de su flexibilidad?

Para elaborar unas sandalias de esparto debía de haber, primero, una carencia. Pongamos el caso de un anciano que ya no pudiera caminar más con las sandalias que tenía; que las mirara de vez en cuando, rezongando porque se estaba quedando casi descalzo, porque iba dejando fibras o pedazos de su desgastado calzado por el camino, porque la suela era ya tan fina que, de haber querido, hubiera podido contar las piedras que pisaba. Quizás un buen día, absolutamente harto, las revolease lejos, entre improperios y maldiciones en una primitiva y perdida lengua neolítica, y decidiese que lo mismo daba andar con aquellos desmigajados pedazos de hierba trenzada que sin ellos. ¿Cuántas conexiones con la cotidianeidad del presente se pueden establecer en una escena semejante?

Decidido ya a procurarse unas nuevas, ¿iría a cortar el esparto él mismo o pediría a alguien que lo hiciera por él? ¿Se haría las sandalias él mismo? De ser así, pueden seguirse los movimientos de sus dedos –que pueden suponerse gruesos, arrugados y callosos– en el trenzado de las fibras que hoy descansan en el museo. Allí, a la vista, está cada zigzag, cada vaivén, cada vuelta, cada presión... Cada vez que apretó y que retorció, cada vez que cortó... ¿Cantaría mientras trabajaba? ¿Murmuraría para sí alguna historia? ¿Tendría espectadores de su trabajo, o lo haría solo? ¿Le enseñaría a alguien cómo hacer aquello, o se llevaría sus conocimientos consigo? ¿Cuánto tardaría? ¿Se daría prisa, o le daría igual? ¿Dónde estaría cuando trenzó ese esparto? ¿Haría frío, llovería, soplaría el viento? ¿Lo habría hecho de día o de noche?

El caso es que las manos de aquel hombre estuvieron allí, donde hoy podemos poner las nuestras. También sus pies, callosos y lastimados. Las sandalias se cubrirían de polvo, se llenarían de arena o de pinocha, se rasparían con las piedras del camino, aterrizarían sobre alguna porquería que provocaría que el anciano se deshiciera en nuevos denuestos... Las conexiones se multiplican y atraviesan los kilómetros y las centurias: el diseño de esa suela, el tacto de ese material se perpetuó hasta hoy, y no hay que hacer un enorme esfuerzo para ver esas piezas museísticas en uso en la actualidad.

Finalmente el pulso del anciano se habría apagado, y los suyos lo habrían sepultado con sus ropas, con algunas de sus pertenencias, con sus sandalias... Saltan docenas de conexiones entre ese pasado y este presente, entre aquellas lágrimas y estas, entre aquellos silencios y aquellos lamentos y estos. Y a partir de ese punto, varios factores se entrelazaron azarosamente para que las sandalias no se pudrieran, no se corrompieran, no se deterioraran demasiado siquiera... Para que llegara, a las manos de los herederos de los herederos de los herederos de su autor, seis milenios más tarde, ese error en el tejido del esparto ocurrido cuando el anciano se distrajo con el vuelo vespertino de unos murciélagos. O ese desgaste asimétrico provocado por su andar descompensado y renqueante. O esa rotura de cuando, sin querer, pateó un canto filoso que se le llevó parte de la sandalia y de la uña. O esas correas dadas de sí de tanto caminar bajo la lluvia... ¿Pueden verlo? ¿Pueden apreciar, en esos detalles, a la persona detrás del objeto, y al lugar que esa persona caminó, y al tiempo que esa persona transitó?

No hacen falta animaciones digitales, ni películas en 3-D, ni detalladas ilustraciones, ni densos informes académicos, ni análisis químicos... A veces basta con establecer una conexión con el objeto para que este nos cuente su historia. Que, por pequeña que pueda parecer, es un fragmento de una historia mucho más grande, y mucho más nuestra que la que cuentan los libros. Una en la que estamos todos conectados.

Imagen. Fotografía de Edgardo Civallero (Restos del Neolítico, Cueva de los Murciélagos, Córdoba, Andalucía. Museo Nacional de Arqueología de España, Madrid).