1.7.14

La ciencia tocada por la maldición de Casandra

La ciencia tocada por la maldición de Casandra

Por Sara Plaza

Tomo pie en un artículo del doctor Brian Moench, publicado en truthout.org con el título "Autism nation: America's Chemical Brain Drain", en el que su autor habla del país autista en que se está convirtiendo EE.UU. debido a la neurotoxicidad inducida por sustancias químicas durante el periodo de desarrollo del cerebro.

Brian Moench comienza llamando la atención sobre un dato espeluznante: "la tasa de autismo... en EE.UU. ha pasado de 1:10.000 en 1981, a 1:68 en 2014". Y en seguida se hace eco de los numerosos estudios que apuntan a las toxinas ambientales. En primer lugar recoge las conclusiones de varios científicos destacados que ya en marzo advirtieron sobre una "pandemia silenciosa", pues existen pruebas sólidas de que "los niños de todo el mundo están expuestos a sustancias químicas tóxicas no reconocidas, que están erosionando silenciosamente la inteligencia, alterando la conducta, truncando logros futuros y dañando las sociedades", entre las que se encuentran metales pesados, flúor, sustancias químicas como los bifenilos policlorados, tolueno, disolventes, materiales ignífugos, ftalatos y pesticidas, que están presentes en el mobiliario que nos rodea, la ropa que llevamos, los alimentos que ingerimos y el aire que respiramos. Según Moench, "este pequeño listado de sustancias químicas y compuestos es solo la punta de un gigantesco iceberg tóxico".

Volviendo sobre la progresión de la tasa de autismo en EE.UU., el autor comenta que "[a] este ritmo de crecimiento, en 2025 será de 1:2, o lo que es lo mismo, del 50%". Y añade, "[p]ara quienes estén tentados de pensar que esto responde a una mayor conciencia y ampliación de los criterios de diagnóstico... desde 2012... los criterios utilizados para diagnosticar, tratar y proveer servicios no han cambiado, sin embargo la tasa se ha incrementado otro 30%". Este hecho es todavía más dramático si se compara con las estimaciones recientes en países europeos, donde las tasas de autismo se han mantenido prácticamente constantes durante la última década. De ahí que Moench no pueda evitar preguntarse: "¿Qué es lo que están haciendo los estadounidenses para perjudicarse a sí mismos y dañar el cerebro de sus hijos que los europeos no hacen, además de ver las noticias de la Fox?" La respuesta, como él mismo reconoce, no es sencilla ni está del todo clara, pero no se puede pasar por alto el aumento masivo de Organismos Genéticamente Modificados (OGMs) ni el auge de pesticidas y herbicidas. Uno y otro tendrían que ver con el hecho, apuntado por el profesor David Vogel, de que entre los años 1960 y 1990 las normativas en materia de salud, seguridad y medioambiente en EE.UU. eran "más estrictas, más reacias al riesgo, más comprehensivas y más innovadoras" que en Europa; sin embargo, tal y como recoge en su libro The Politics of Precaution, desde 1990 más o menos, es Europa quien ostenta el liderazgo mundial a nivel de regulación. Moench indica que son más de 60 países (incluyendo Australia, Japón y todos los estados miembros de la Unión Europea), los que cuentan con restricciones significativas o prohibiciones rotundas sobre la producción y venta de OGMs, y se lamenta de que en EE.UU., las agencias federales hayan aprobado un sistema agroindustrial con OGMs/pesticidas basándose en estudios elaborados por las mismas empresas que los han creado y obtienen beneficios vendiéndolos.

Vale la pena citar por extenso lo que Moench escribe al respecto en su artículo: "El herbicida con mayor éxito de ventas en el mundo es el glifosato, patentado y vendido originalmente como Roundup. El glifosato es un disruptor endocrino muy poderoso, lo que significa que interfiere en la producción, liberación, transporte, metabolismo o eliminación de las hormonas naturales del cuerpo, que son las sustancias biológicas más poderosas que conoce la ciencia. Los fetos y los recién nacidos están particularmente expuestos, ya que cualquier disruptor de los sistemas endocrinos puede afectar al desarrollo del cerebro. La semana pasada, se hizo un estudio que probó, una vez más, que Monsanto ha estado mintiéndonos. Monsanto lleva tiempo pregonando desafiantemente que Roundup se descompone rápidamente y no se acumula en el cuerpo humano. No es así. [La coalición nacional] Moms Across Americas examinó la leche materna de diez mujeres estadounidenses y encontró niveles alarmantes del principal principio activo del Roundaup, el glifosato, en tres de las diez mujeres. El estudio también analizó la orina de 35 personas de diferentes partes del país y encontró niveles de glifosato diez veces superiores a los hallados en un estudio similar llevado a cabo entre la población de un país de Europa. Monsanto y los organismos reguladores del mundo han elaborado sus normas basándose en el supuesto de que el glifosato no es bioacumulable. El científico de Monsanto Dan Goldstein incluso llegó a afirmar recientemente, '[s]i se ingiere, el glifosato se elimina rápidamente, no se acumula ni en la grasa corporal ni en los tejidos, y no es metabolizado por el cuerpo humano. En vez de eso, es eliminado sin cambios a través de la orina'".

Un poco más adelante, Moench menciona otra investigación publicada en el New England Journal of Medicine en la que se comparaban los resultados de las autopsias cerebrales de niños autistas, que habían fallecido por causas no relacionadas con el autismo, con las de niños normales. De acuerdo con esos resultados, los cerebros de los primeros mostraron un desarrollo anómalo de neuronas desorganizadas en las capas del córtex cerebral. Para Moench, la principal implicación de esta investigación es que dichas anomalías tuvieron que haberse desarrollado casi con total certeza en el útero durante las etapas claves del desarrollo, entre las semanas 19 y 30 de gestación. Explica además que el tiempo de exposición a la toxina puede ser incluso más importante que la dosis de la misma, y que también es fundamental la presencia o ausencia de otros facilitadores o toxinas sinérgicas. Y a propósito de las conclusiones de otro estudio, señala un error muy común, "alimentado en parte por la insuficiente regulación gubernamental", que consiste en atribuir a las toxinas un efecto de todo o nada: los niveles por encima de las dosis "seguras" serían perjudiciales, y los niveles por debajo, no. Sin embargo las sustancias químicas que dañan el cerebro pueden provocar desde cambios imperceptibles hasta discapacidad neurológica severa. Por otro lado, la ausencia de problemas cognitivos o de conducta en la infancia no prueba necesariamente que la exposición temprana a neurotoxinas no tenga efectos adversos para el desarrollo cerebral. Se ha demostrado que algunas sustancias causan daños que solo se ponen de manifiesto en la aparición retardada de problemas de aprendizaje, déficit de atención y cambios en la regulación emocional, que pueden tener consecuencias a largo plazo en jóvenes y adultos. A lo anterior hay que añadir, siempre siguiendo la explicación de Moench, que las políticas centradas en los adultos en modo alguno protegen los cerebros en desarrollo durante el embarazo y la primera infancia, pues los niveles de exposición a sustancias químicas como los pesticidas que pueden provocar daños serios y permanentes en el cerebro inmaduro pueden, sin embargo, tener un impacto no detectable en adultos.

Moench basa sus afirmaciones en varias investigaciones que confirman que "las madres más expuestas a pesticidas 'seguros' que se usan normalmente han dado a luz niños con menor inteligencia..., anomalías estructurales del cerebro..., trastornos de conducta..., problemas motores..., tasas más elevadas de cáncer cerebral... y menor tamaño de la cabeza...", así como en las conclusiones de la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos, que en diciembre de 2013 "dictaminó que los pesticidas controvertidos asociados con el descenso de la población de abejas, los neonicotinoides, pueden afectar negativamente el desarrollo de las neuronas y de la estructura cerebral en los bebés no nacidos". Pero es que también se ha demostrado que "[l]as enfermedades neurológicas de los adultos como el Parkinson y el rápido declive cognitivo son más comunes en personas expuestas, aunque sea de forma modesta, a pesticidas 'legales'...", e igualmente se ha probado que "[l]os adultos con altos niveles de metabolitos del DDT tienen cuatro veces más posibilidades de padecer Alzheimer...".

Es indudable que todos estos estudios e investigaciones son necesarios y deberían de tenerse en cuenta a la hora de elaborar políticas y normativas; no obstante, hace más de siete años, durante una conferencia mundial, 200 de los más destacados pediatras, toxicólogos, epidemiólogos y científicos de todo el mundo ya señalaron la importancia del principio de precaución: "Dada la exposición ubicua a muchas sustancias tóxicas medioambientales, deberían renovarse los esfuerzos dirigidos a prevenir el daño. Dicha prevención no debería esperar pruebas detalladas de daños individuales... Las exposiciones tóxicas a contaminantes químicos durante las etapas de mayor susceptibilidad pueden causar enfermedad y discapacidad en la infancia y a lo largo de toda la vida". En junio de 2009, la Sociedad de Endocrinología (formada por 14.000 investigadores y médicos especialistas en cuestiones hormonales de más de 100 países) advertía de que "incluso niveles infinitesimales de exposición [a químicos disruptores endocrinos] –de hecho, cualquier nivel de exposición– puede causar anomalías reproductivas y endocrinas, en particular si la exposición tiene lugar durante la etapa crítica de desarrollo. Sorprendentemente, dosis bajas pueden ejercer incluso mayores efectos que dosis más elevadas". Más recientemente, en octubre de 2013, en un comunicado conjunto del Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos y la Sociedad Estadounidense para la Medicina Reproductiva, podía leerse: "La exposición a químicos tóxicos medioambientales y otros factores estresantes es ubicua, y la exposición antes de concebir y durante el periodo prenatal a agentes tóxicos medioambientales puede tener un efecto profundo y duradero en la salud reproductiva a lo largo de la vida". Y allá por el año 2004, un grupo de prestigiosos científicos suscribieron la Declaración internacional sobre los peligros sanitarios de la contaminación química, conocida como el "Llamamiento de París" en la que se afirmaba que "la contaminación química bajo todas sus formas se ha convertido en una de las plagas humanas actuales", pero es que además se trata de una plaga que "la medicina moderna no consigue detener" y "constituye una amenaza grave para el niño y para la supervivencia del hombre". En los últimos párrafos de su artículo Moench cita otra investigación para explicar que "[l]os estadounidenses están expuestos a más de 83.000 sustancias químicas industriales como parte de la civilización moderna. Virtualmente, todas las mujeres embarazadas son repositorios de químicos andantes. Rastreando 163 químicos, el 99% de las mujeres embarazadas dieron positivo para al menos 43 sustancias químicas diferentes". E insiste en el hecho de que "el recién nacido medio viene al mundo 'pre-contaminado' desde el primer día, almacenando cientos de químicos y metales pesados adquiridos durante la vida intrauterina", tal y como muestran otros estudios.

Pese a los cada vez más elevados niveles de autismo y trastornos de conducta en EE.UU., los funcionarios de salud pública y los políticos no parecen preocuparse por averiguar que está pasando y porqué, y mucho menos por cómo detenerlo. De ahí que el doctor Brian Moench finalice su exposición con un par de frases tan contundentes como con las que arrancó su escrito: "la actual aversión estadounidense a responsabilizar a las industrias vuelve prácticamente cierto que las agencias reguladoras continuaran haciendo la vista gorda en la mayoría si no en todos los probables factores ambientales desencadenantes del autismo. El trágico descenso del rendimiento intelectual colectivo de los estadounidenses, y el asalto químico a los cerebros de nuestros niños, están disparándose de manera catastrófica".

La ciencia lleva décadas alertando (como ya ocurriera en el caso del cambio climático antropogénico), pero la sociedad mayoritariamente no escucha y los gestores de este criminal sistema económico en el que estamos inmersos continúan ajustando la legislación y firmando infames tratados a la medida de las grandes corporaciones, como el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones que se está negociando actualmente en secreto entre EE.UU. y la UE.