22.7.14

Escritura herida de un pueblo desposeído

Escritura herida de un pueblo desposeído

Por Sara Plaza

Recojo en esta entrada un puñado de versos de Mahmud Darwish (Al-Birwa, 1941-Houston, 2008) "probablemente el poeta más dotado, representativo y prestigioso de la Resistencia palestina", que indagando en las razones de su escritura afirmó:

Cuando el amor, la patria, el tiempo o la belleza se me escapan, es a través de la escritura como los reencuentro... como restablezco la unión con las paredes del mundo que se derrumban en mi interior. ¿Seré el poeta de los derrumbamientos, que pasa su vida reconstruyendo lo que se derrumba dentro de sí mismo y a su alrededor por medio de la escritura? Probablemente. Yo no lo he querido, pero soy el producto de mi historia y de mi pasado personal. Jamás quise, ni pretendí, edificar en la poesía, o construir en la lengua, una patria para los palestinos. Pero ¿consciente o inconscientemente, no es lo que hago?

Los primeros versos pertenecen al poema Enamorado de Palestina.

Palestina de ojos y tatuajes.
Palestina de nombre.
Palestina de sueños y de penas.
Palestina de pies, de cuerpo y de pañuelo.
Palestina en palabras y en silencio.
Palestina de voz.
Palestina de muerte y nacimiento.
Te llevé, como fuego de mis versos,
en mis viejas carpetas.
Te llevé de alimento en mis viajes.
Y te llamé, gritando, por los valles.

Los que vienen a continuación corresponden al poema El Muerto Número 18.

El olivar fue una vez un bosque verde.
Fue, amado, y el cielo
un bosque azul.
¿Qué los ha hecho cambiar esta tarde?

Pasaron el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Mi corazón fue una vez un pajarillo azul.
¡Oh, nido de mi amado!
Tus pañuelos conmigo, todos blancos.
Fueron, amado mío...
¿Qué ha podido mancharlos esta tarde?
Porque no entiendo nada:

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Tienes todas mis cosas:
la claridad, la sombra,
el anillo de boda, lo que quieras,
el cercado de olivos
y de higueras.
Entrándote en el sueño, por la ventana,
llegaré hasta tu lado como todas las noches,
y te echaré un clavel.
Pero no me regañes si me retraso un poco,
porque me detuvieron...

Los que siguen fueron traducidos del árabe por María Luisa Prieto y llevan por título El Grito/La Niña.

En la playa hay una niña, la niña tiene familia
y la familia una casa.
La casa tiene dos ventanas y una puerta...
En el mar, un acorazado se divierte cazando a los que caminan
por la playa: cuatro, cinco, siete.
Caen sobre la arena. La niña se salva por poco,
gracias a una mano de niebla,
Una mano no divina que la ayuda. Grita: ¡Padre!
¡Padre! Levántate, regresemos: el mar no es como nosotros.
El padre, amortajado sobre su sombra, a merced de lo invisible,
no responde.
Sangre en las palmeras, sangre en las nubes.
La lleva en volandas la voz más alta y más lejana de
la playa. Grita en la noche desierta.
No hay eco en el eco.
Convierte el grito eterno en noticia
rápida que deja de ser noticia cuando
los aviones regresan para bombardear una casa
con dos ventanas y una puerta.

Los últimos, como los primeros, son parte del poema Enamorado de Palestina.

Y juro:
Que he de hacer un pañuelo de pestañas,
donde grabar poemas a tus ojos,
y escribir una frase
más dulce que la miel y que los besos:
"¡Que Palestina era... Y sigue siendo!"

Ilustración de Sara Plaza.