29.7.14

¡Dadme el banjo!

Dadme el banjo

Por Edgardo Civallero

En junio de 1865, el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk, un virtuoso que se había hecho cierto renombre interpretando temas románticos, visitaba San Francisco como parte de una de sus giras. Uno de los críticos de espectáculos locales de aquel entonces era, a la sazón, un joven periodista que recién iniciaba su carrera y que, años más tarde, se convertiría en uno de los escritores más ácidos y mordaces de su tiempo: Mark Twain. Así hablaba Twain del arte del piano en el San Francisco Dramatic Chronicle del 23 de junio, en una columna titulada "Enthusiastic Eloquence" [Entusiasta elocuencia] que traduzco a continuación de forma aproximada:

Me gusta bastante Gottschalk. Probablemente saca del piano todo lo que se pueda sacar de él. Pero el hecho puro y duro es que todo lo que saca es "tum, tum". Saca mucho más "tum, tum" del instrumento, y mucho más rápido, que la hija de mi casera, Mary Ann; pero, a la postre, todo se reduce a "tum, tum". La diferencia entre Gottschalk y Mary Ann es una cuestión de cantidad; y en lo que a cantidad se refiere, él la vapulea por tres a uno. El caso es que el piano puede valer para niñas enamoradizas, que se enlazan a esqueletos y almuerzan tizas, pepinillos y lápices de pizarra. A mí, dadme el banjo. Comparar a Gottschalk con Sam Pride o con Charley Rhoades es como comparar un cóctel Dashaway con un ponche de whisky fuerte. Cuando queráis una música genuina –una música que volverá siempre a vosotros como una moneda falsa, que empapará vuestro sistema como whisky de estricnina, que os atravesará como pastillas Brandreth, que se extenderá por vuestro cuerpo como el sarampión, y que se abrirá paso a través de vuestra piel como las plumas a través de la de un buen ganso– cuando queráis todo eso, ¡haced trizas vuestro piano e invocad al glorioso y radiante banjo!

La frase central de esta crónica, "Give me the banjo", da título a un reciente documental (Marc Fields, 2011) relatado por el comediante estadounidense Steve Martin, que resulta ser un excelente intérprete del instrumento. La película recorre la historia del banjo en los Estados Unidos, dejando claro desde un primer momento que a estas alturas ya no se puede narrar dicha historia como se hizo en el pasado, evitando o pasando de puntillas por temas tan dolorosos y espinosos como el racismo, la esclavitud, la misoginia, la explotación y el robo... Pues el banjo, esa "marca identitaria" estadounidense tan apreciada hoy como lo era en tiempos de Twain (y prácticamente por las mismas razones), es el derivado de varios instrumentos de cuerda africanos llegados a América del Norte en las bodegas de los barcos que traficaban con seres humanos. Los primeros banjos, pues, fueron construidos y tocados por esclavos para interpretar lo que en aquella época (principios del siglo XIX) no era más que "música de negros".

Desde 1830 en adelante, la comunidad afrodescendiente estadounidense y sus principales costumbres y expresiones culturales comenzaron a ser caricaturizadas en los minstrel shows, el espectáculo más aclamado de ese periodo. Apreciado y disfrutado por todas las clases sociales por igual (excepto, probablemente, por los propios afroamericanos, a quienes nadie nunca les preguntó su opinión al respecto), incluía números de variedades, baile y música, en su gran mayoría interpretados por blackfaces, artistas blancos maquillados como negros (una "costumbre" que duraría hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX). Los estereotipos que se utilizaban a mansalva en los minstrel shows terminaron degradando la cultura africana y trivializando su realidad y sus problemáticas cotidianas.

Y ahí estaba el banjo, poniéndole el marco sonoro a aquel fenómeno.

Donde quiera que fueran los estadounidenses –la "conquista del oeste", la fiebre del oro–, allí iban los minstrel shows y, con ellos, el banjo y los estereotipos. Curiosamente, esas representaciones (en las que destacaron grandes figuras, como el célebre Joel W. Sweeney) fueron transformando la percepción que el público tenía del instrumento: pasó de ser algo "negro" (con todo lo que ello conllevaba) a ser parte de la cultura colectiva, algo que pertenecía a todos; además, era tan popular que era deseable poseerlo y aprenderlo a tocar, sin importar en absoluto su origen. Esa creciente popularidad (sobre todo en áreas rurales) hizo que, a partir de cierto punto, ya no fuese necesario que el intérprete construyera su banjo, como había ocurrido en gran medida hasta entonces: aprovechando la oportunidad de negocio, el cordófono comenzó a fabricarse en las grandes ciudades. Hubo tal demanda que, al parecer, durante la Guerra de Secesión (1861-1865) no había suficientes ejemplares para cubrirla.

Tras la guerra civil, constructores como A.C. Fairbanks o S.S. Stewart diseñaron y lanzaron al mercado instrumentos pensados para hombres y mujeres "respetables" y para ser tocados en lugares "cultos". Reinventar el instrumento con un nuevo diseño y nuevos materiales procesados mediante técnicas modernas, transformando algo campesino y artesanal en algo urbano e industrial, no fue suficiente: también se re-inventó la música que ese instrumento interpretaba. Se logró, pues, separar el banjo de su cultura matriz afroamericana y de la cultura rural y campesina a la que ya había quedado asociado, para así poder ofrecerlo al blanco citadino de clase media "libre de impurezas".

El banjo no ha sido el único instrumento en las Américas que sufrió un proceso semejante. El charango, las zampoñas, la quena y otros instrumentos andinos fueron separados, en un momento determinado del siglo XX, de su contexto indígena (tocar un instrumento "indio" era algo socialmente condenable) y convertidos en "otra cosa". Ya fuese a través del empleo de nuevos materiales y de técnicas de construcción occidentales, ya a través de afinaciones temperadas y sonidos estandarizados, ya a través de la elección de nuevo repertorio y la difusión de formas de interpretación europeas, esos instrumentos fueron despojados de buena parte de los rasgos que los acercara a su origen y naturaleza indígena y fueron convertidos en simples flautas, guitarrillas y flautas de Pan; manteniendo unos niveles de "indigenidad" tolerables (no tanto como para que el intérprete pareciese un "indio", pero lo suficiente como para que resultase exótico), esos instrumentos podían ser y fueron usados indistintamente para interpretar una zamba, un huayno, un tango, una canción de Simon & Garfunkel, una cumbia o un minueto de Bach. Los mismos que no querían ni siquiera tener cerca a un indígena en las calles de sus ciudades escuchaban la quena mágica de fulano o el veloz charango de mengano, e incluso intentaban emularlos. Etnomusicólogos y antropólogos, un puñado de grupos musicales comprometidos con su cultura y algunos movimientos sociales indígenas comenzaron a poner las cosas en su sitio a partir de los 80'. Es una tarea aún en desarrollo; es muy difícil dar vuelta al modelo cultural dominante-excluyente, pero no imposible.

Con el banjo está ocurriendo algo similar. A lo largo del siglo XX ha tenido muchísimos usos, ha estado en manos de figuras de la talla de Pete Seeger, y ha sido protagonista o partícipe de muchos movimientos musicales/culturales. Pero sus raíces nunca dejaron de estar en las comunidades afroamericanas. En realidad, en las comunidades rurales de todo Estados Unidos. Y en los últimos tiempos, esas comunidades están –por contradictorio que suene– recuperando lo que siempre fue suyo, y dedicándose a mostrar las formas auténticas y tradicionales de ejecución, y los repertorios de siempre: esa música de raíz que no puede separarse (a pesar de los muchos intentos) de colores de piel, de historias de privaciones y sufrimientos, de dolores y pobrezas, de olvidos... Porque es precisamente eso, todo eso, lo que hace que el banjo sea el banjo.

Y que su sonido moviese a un tipo como Mark Twain a pedir que, en cuestiones de música, a él le ahorraran tonterías y le dejaran con el repique visceral y apasionado de esas cuerdas.

Imagen. Intérprete de banjo anónimo del área de Savannah, Georgia. Fotografía de Victor C. Schreck, 1902.