8.7.14

¿Cuánto son 1, 0, 4, 8?

¿Cuánto son 1, 0, 4, 8?

Por Sara Plaza

Ese fue el saludo que escuché al otro lado del teléfono después de dar los buenos días a mi sobrina: "Tía, ¿cuánto son uno, cero, cuatro, ocho?" Yo llamaba para preguntarle si se encontraba mejor, pues estaba otra vez con dolor de anginas, y si quería que fuera a jugar un ratito con ella, pero primero tuve que responder a su urgente curiosidad. Ni que decir tiene que en aquel momento no sabía muy bien qué era lo que realmente me estaba preguntando.

–¿Cómo que cuánto son uno, cero, cuatro, ocho?
–Sí, tía, ¿qué número es uno, cero, cuatro, ocho?
–Mil cuarenta y ocho.
–Pues eso es lo que he hecho: ¡mil cuarenta ocho puntos!
–¿A qué estás jugando?
–Es un juego del móvil del abuelo. Esos son los puntos que he hecho esta mañana.
–Vaya...

Entonces le di la enhorabuena y le pregunté cómo estaba, y si le apetecía que fuese a jugar con ella. Me dijo que sí. Colgamos enseguida y encaminé mis pasos hacia su casa. Me recibió con la prueba de su éxito en alto. En la pantalla táctil seguían brillando el uno, el cero, el cuatro y el ocho, y en su carita, una fina sonrisa de oreja a oreja.

Hago un pequeño inciso para aclarar que hasta ahora he tenido dos teléfonos móviles, y el primero lo tuve que cambiar porque se había estropeado y mis interlocutores no podían escuchar mi voz. Ninguno de los dos tiene más funcionalidad que la de hablar por teléfono y escribir mensajes de texto. No tienen cámara de fotos, ni acceso a Internet, ni siquiera una pantalla a color. Cuando alguien me llama suena bajito el "ring-ring" de siempre, y prácticamente no va a ninguna parte conmigo. Quiero decir que solo me acompaña en viajes esporádicos y contadas caminatas, el resto del tiempo ocupa su lugar en un rinconcito de mi mesa de trabajo, junto al ordenador, el bote de lápices, hojas en blanco, dibujos en negro y un vaso con flores. El teléfono me parece un invento maravilloso, pero por ser teléfono, no por ser otra cosa; y así como no me gusta hacer públicas mis conversaciones, tampoco me agrada verme obligada a formar parte de la audiencia de las ajenas, y mucho menos observar que cuando nos reunimos (con familiares, amigos, conocidos o desconocidos) no se charla con los presentes sino que se "wasapea" con los ausentes.

Dicho lo cual, cuando mi sobrina me anunció que había estado entreteniéndose esa mañana con el teléfono móvil del abuelo, no supe muy bien a qué iba a proponerle que siguiéramos jugando juntas cuando yo llegara. Mientras iba caminando descarté varias opciones y cuando golpeé la puerta y salió victoriosa a recibirme con su trofeo en la mano aún no me había decidido. Al entrar en casa me llevó directamente a su habitación y me fue contando cómo había conseguido esa puntuación tan alta y todo lo que iba a poder hacer después. Yo la iba escuchando y le preguntaba cuando no entendía muy bien alguna parte de su explicación, pero imagino que poco a poco fue notando mi escaso entusiasmo y mi nulo interés por aquel juguete. Casi sin darme cuenta, mientras ella seguía intentando atraer mi atención pasando pantallas con uno de sus deditos, me arrodillé junto a la pizarra que tiene colgada en una de las paredes, borré los trazos que había en ella y me puse a dibujar. Al cabo de un par de minutos interrumpió el monótono baile de su dedo, dejó el teléfono móvil sobre la silla y se acercó para pedirme que le pintase a ella, a su hermano, a papá y mamá, a los abuelos... Me indicó dónde había más rotuladores, cuáles estaban gastados, cuáles pintaban bien, y se ofreció a borrar mejor los restos del dibujo anterior que todavía se adivinaban debajo del que yo había empezado a hacer.

En aquel momento me acordé del sorprendido piloto al que despierta una vocecita en medio del desierto pidiéndole: "Por favor...; ¡dibújame un cordero!". También me vino a la memoria el pueblo de Ollantaytambo, no muy lejos de Cuzco, donde otro niño le pidió a Eduardo Galeano que le regalara una lapicera y éste, que no podía dársela porque era la única que tenía y la estaba usando, le ofreció a cambio dibujarle un corderito en la mano. Contaba Galeano en El libro de los abrazos que: "Súbitamente se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado. Había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más que un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

–Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima –dijo.
–¿Y anda bien? –le pregunté.
–Atrasa un poco –reconoció."

Mi sobrina permaneció de pie a mi lado, y pasamos el resto de la mañana pintando juntas en animada conversación. La hora de comer nos encontró con el dibujo a medias (hubo que hacer y deshacer varios bocetos) y tuve que prometerle volver al día siguiente para completarlo. No hizo falta, su hermano pequeño se encargó de colorearlo esa misma tarde. Cuando nos despedimos, en su cara se había ensanchado la sonrisa. Mucho. Casi diría que mil cuarenta y ocho veces...