3.6.14

Orquestas y rondas de ayer

Orquestas y rondas de ayer

Por Sara Plaza

Creo que una de las descripciones más hermosas de las orquestas que, allá por los años 30, amenizaban las fiestas patronales de muchas aldeas gallegas, es la que aparece en el relato Un saxo en la niebla, que forma parte del libro de Manuel Rivas ¿Qué me quieres amor?, del que extraigo los siguientes párrafos:

Nada más verse el campanario de la parroquia la Orquesta Azul recompuso enseguida su aspecto. Los hombres se anudaron las corbatas, se alisaron los trajes, se peinaron, y limpiaron y abrillantaron los zapatos con un roce magistral en la barriga de la pierna. Los imité en todo.

Sonaron para nosotros las bombas de palenque.

¡Han llegado los de la orquesta!

Si hay algo que uno disfruta la primera vez es la vanidad de la fama, por pequeña e infundada que sea. Los niños revoloteando como mariposas a nuestro alrededor. Las mujeres, con una sonrisa de geranios en la ventana. Los viejos asomando a la puerta como cucos de un reloj.

¡La orquesta! ¡Han llegado los de la orquesta!

Saludamos como héroes que resucitan a los muertos. Me crecía. El pecho se me llenaba de aire. Pero, de repente, comprendí. Nosotros éramos algo realmente importante, el centro del mundo. Y volví a encogerme como un caracol. Me temblaban las piernas. El maletín del saxo me pesaba como robado a un mendigo. Me sentía un farsante.

[...] Con el traje de corbata, la Orquesta Azul se reunió en el atrio. Teníamos que tocar el himno español en la misa mayor, en el momento en que el párroco alzaba el Altísimo. Con los nervios, yo cambiaba a cada momento de tamaño. Ya en el coro, sudoroso con el apretón, me sentí como un gorrión desfallecido e inseguro en una rama. El saxo era enorme. No, no iba a poder con él. Y ya me caía cuando noté en la oreja un aliento salvador. Era Macías, hablando bajito.

–Tú no soples, chaval. Haz que tocas y ya está.

Y eso fue lo que hice en la sesión vermú, ya en el palco de la feria. Era un pequeño baile de presentación, antes de que la gente fuese a comer. Cuando perdía la nota, dejaba de soplar. Mantenía, eso sí, el vaivén, de lado a lado, ese toque de onda al que Macías daba tanta importancia.

–Hay que hacerlo bonito –decía.

¡Qué tipos los de la Orquesta Azul! Tenía la íntima sospecha de nos lloverían piedras en el primer palco al que había subido con ellos. ¡Eran tan generosos en sus defectos! Pero pronto me llevé una sorpresa con aquellos hombres que cobraban catorce duros por ir a tocar al fin del mundo. "¡Arriba, arriba!", animaba Macías. Y el vaivén revivía, y se enredaban todos en un ritmo que no parecía surgir de los instrumentos sino de la fuerza animosa de unos braceros.

En cuanto a las rondas, la descripción tuvo mucho de recreación, y está enmarcada en la celebración de la XV Jornada de música y tradiciones "Rondas y Guitarreros", el pasado 31 de mayo en el pueblo de Braojos de la Sierra (Madrid).

Ventanas y balcones habían sido adornados con ramos de retama blanca, y de sus rejas y barandillas colgaban mantones negros en pico con flores bordadas y flecos. Los vecinos del pueblo y los recién llegados nos encontramos en la plaza para escuchar cuándo y cómo se hacían antes las rondas. Quienes lo desconocíamos casi todo cerrábamos los ojos tratando de imaginar cómo habrían lucido esas mismas ventanas y esos mismos balcones cubiertos sucesivamente de brezo rojo, brezo blanco y piorno, antes de estarlo por las retamas; quienes lo habían oído contar asentían entrelazando los recuerdos de sus mayores en el relato que escuchaban esa mañana; y quienes habían participado de aquellas rondas se sonreían y nos sonreían. Inmediatamente después se dio paso al recitado y la lectura de algunas coplas, y junto a la Rondalla La Vereda de Navarredonda, los Guitarreros de Braojos y la Ronda de los Llanos (Albacete) comenzamos a recorrer las calles deteniéndonos a los pies de los ramos de retamas.

Caminábamos codo a codo músicos y acompañantes, y los primeros llevaban sus instrumentos con la misma naturalidad y despreocupación con la que los demás cargábamos bolsos, mochilas o prendas de abrigo. Primeros versos para la Virgen del Buen Suceso a la puerta de la Iglesia Parroquial de San Vicente Mártir. Segunda parada frente a una casa con todas sus ventanas y balcones engalanados. En la plaza nos habían contado que en una de las rondas, cuando los mozos iban a rondar a la casa de las mozas, éstas les hacían entrega de una vuelta de chorizo. Yo estaba pensando lo bonito que sería que se abriera la puerta de la casa y saliera alguien a recibir aquellos cantos, cuando vimos aparecer tras ella a una pareja de ancianos rodeados de hijos y nietos. La viejita empujaba un andador en el que traía una caja de metal con pastas, y el viejito, a su derecha y un par de pasos por delante, se apoyaba en una garrota. Detrás de ellos una mujer joven portaba una bandeja con chorizo cortado en rajitas, y otra llevaba un porrón de vino. Entre jota y seguidilla, músicos y comparsa agradecimos y probamos lo obsequiado por aquella familia.

Fue verdaderamente emocionante. Durante unos pocos minutos, una tradición ya perdida encontró a sus protagonistas en el umbral de aquella puerta, lo que estaba siendo recreado pasó a ser revivido y para muchos de los allí presentes aquellos dos ancianos volvieron a ser el mozo y la moza de sus años de ronda. Nos tomó todavía algunos minutos más deshacer el encanto, y poner rumbo a la próxima estación. Allí, asomados a un balcón, ya nos estaba esperando otra pareja de viejitos, que sumaron a la fiesta sus aplausos y su alegría. La última visita fue para una novia que estaba celebrando su despedida de soltera. Para entonces el que más y el que menos había cantado y bailado, se habían compartido anécdotas y chistes, la bota de vino y la de ponche habían aligerado su peso, ya nadie tenía frío y los instrumentos sonaban cada vez mejor.

Fotografía de Edgardo Civallero.