20.5.14

Uno de los imprescindibles

Uno de los imprescindibles

Noam Chomsky y los intelectuales públicos en tiempos convulsos

Por Henry A. Giroux
Traducción de Sara Plaza

Los siguientes párrafos han sido extraídos de un artículo de Henry A. Giroux, publicado originalmente en Truth-out.org con el título "Noam Chomsky and the Public Intellectuals in Turbulent Times". La traducción ha sido realizada por Sara Plaza y revisada por Edgardo Civallero. El copyright del texto pertenece a Henry A. Giroux y no puede reproducirse sin permiso. Puede descargarse el texto completo aquí.

«Arraigado en los fundamentos del anarco-sindicalismo y el socialismo democrático, una y otra vez ha dejado al descubierto la brecha existente entre la realidad y la promesa de una democracia radical, sobre todo en los Estados Unidos, al tiempo que ha ofrecido un análisis pormenorizado de cómo funciona la deformación de la democracia en varios países que ocultan diversos modos de opresión tras falsas declaraciones de democratización.

Chomsky ha intentado refigurar la promesa de democracia y desarrollar nuevos modos de teorizar sobre la agencia y la imaginación social, alejados de la explicación neoliberal que se centra en la individualización, la privatización, y el supuesto de que el único valor que importa es el valor de cambio. Al contrario que muchos intelectuales que permanecen atrapados en el discurso de los "silos" académicos y en un profesionalismo esclerótico, él escribe y habla desde la perspectiva de lo que podríamos denominar totalidades contingentes. De ese modo, relaciona entre sí un montón de asuntos diferentes para entender mejor las diversas fuerzas económicas, sociales y políticas concretas que determinan la vida de las personas en coyunturas históricas particulares. Es uno de los pocos teóricos norteamericanos que adhiere a formas de solidaridad y lucha colectiva no tanto como idea secundaria, sino como el núcleo de lo que significa conectar lo cívico, lo social y lo ético como la base de los movimientos globales de resistencia. Implícitas en su papel como intelectual público están las preguntas de cómo debería ser una democracia real, cómo son subvertidas sus prácticas e ideales, y qué fuerzas son necesarias para hacerla realidad.

[...] Chomsky ha criticado duramente los intentos conservadores y liberales, tan de moda, de divorciar la actividad intelectual de la política, y defiende abiertamente la idea de que la educación dentro y fuera del ámbito institucional debería involucrarse en la práctica de la libertad y no solo en la búsqueda de la verdad. Sostiene firmemente que los educadores, artistas, periodistas y otros intelectuales tienen la responsabilidad de proporcionar a los estudiantes y al público en general los conocimientos y las destrezas que se necesitan para poder aprender a pensar de manera rigurosa, a reflexionar y a desarrollar la capacidad de gobernar en lugar de la de ser gobernado. Pero para Chomsky no es suficiente con aprender a pensar críticamente. Los intelectuales comprometidos también deben desarrollar la imaginación ética y el sentido de responsabilidad social necesarios para hacer que el poder rinda cuentas y para aumentar las posibilidades de todo el mundo de vivir una vida con libertad, decencia, dignidad y justicia. Sobre la educación superior, Chomsky viene sosteniendo desde los años 60 que en una sociedad saludable, las universidades deben reivindicar la justicia económica y social, y que cualquier educación que se precie no solo tiene que ser crítica sino también subversiva. Chomsky se ha mostrado inquebrantable en su creencia de que la educación debería alterar la paz y comprometerse con un tipo de conocimiento que sea crítico con el status quo, sobre todo en un momento de violencia legitimada. Ha sido igualmente claro, como lo fueron sus homólogos políticos, los fallecidos Pierre Bourdieu y Edward Said, al afirmar que los intelectuales tienen que ser accesibles para un público amplio y hacerse oír en aquellas esferas de la vida pública en las que existe una lucha constante por el conocimiento, los valores, el poder, la identidad, la agencia y la imaginación social.

El capitalismo puede haber acomodado en un lugar de honor a muchos de sus intelectuales anti-públicos, pero ciertamente no deja hueco para otros como Chomsky. Conservadores y liberales, junto a un ejército de firmes partidarios del neoliberalismo, prácticamente se han negado a incluirle en muchos debates y publicaciones sobre problemas sociales que se abren paso en los distintos espacios de los medios dominantes. En muchos aspectos, el papel de Chomsky como intelectual y activista es un arquetipo de lo que puede llamarse la tradición radical estadounidense, y sin embargo parece fuera de lugar. Es como si Chomsky fuera un exiliado en su propio país a causa de sus acciones políticas, la conmoción que provocan sus traducciones y sus muestras de coraje.

Con esto no estoy sugiriendo que él se considere a sí mismo un exiliado en el sentido que reivindican muchos intelectuales, aunque tal vez estaría de acuerdo con el fallecido Edward Said, quien se interesó en lo que él mismo denominó la "teoría viajera" ["travelling theory"], en el sentido de "errante, provisional, a matacaballo intelectualmente, [como una de] las varias maneras en las que permaneció fiel a los exiliados a quienes prestó su voz" (3). Así entendido, exiliado quiere decir que, como "viajero", Chomsky no está interesado en demarcar el campo intelectual y, por lo tanto, no tiene ninguna disciplina a la que proteger. Esto último, sin embargo, es lo que caracteriza a muchos académicos actuales, atrapados en el culto a la especialización y en distintas formas de terror disciplinario, que desprecian constantemente a aquellos intelectuales que tratan de abrir brecha en las inalterables reglas de la disciplina.

[...] Como académico comprometido, Chomsky se opone públicamente a los regímenes de dominación organizados para generar violencia y producir la muerte social y civil. Su presencia fantasmal posibilita recuerdos peligrosos, maneras alternativas de imaginar la sociedad y el futuro, y la necesidad de la crítica pública como un elemento importante de resistencia individual y colectiva. Con todo, el papel de Chomsky como intelectual público, considerando la masiva asistencia a sus conferencias y sus numerosos lectores, indica que la política que importa es la que nos conecta de forma significativa con los demás. La política se vuelve emancipadora cuando se toma en serio que, como ha señalado Stuart Hall, "las personas tienen que poner algo de ellas mismas, algo que reconozcan como propio o hable de su condición, y sin ese momento de reconocimiento ... la política seguirá, pero no habrá un movimiento político sin ese momento de identificación" (5). Chomsky ha conectado claramente con esa necesidad que existe entre la gente de intelectuales dispuestos a hacer visible el poder, a ofrecer otro modo de comprender el mundo y a señalar la esperanza de un futuro que no imite el vergonzoso presente.

Chomsky recuerda constantemente a sus audiencias que el poder adopta muchas formas y que la producción de ignorancia no solo tiene que ver con peores notas en los exámenes o con un estado natural de las cosas –un argumento estúpido donde los haya– sino con cómo esa ignorancia es a menudo producida para servir al poder. Según Chomsky, la ignorancia es una formación pedagógica que se utiliza para impedir pensar y promueve una forma de anti-política que socava cuestiones de juicio y consideración centrales para la política. Al mismo tiempo, es un factor fundamental no solo para la producción de consentimiento sino también para aplastar el disenso. Para Chomsky, la ignorancia es un arma política que beneficia a los poderosos, no una condición general arraigada en alguna condición humana inexplicable. Uno de sus temas más recurrentes se centra en cómo el poder estatal opera como una forma de terrorismo –generando violencia, miseria y penuria–, que a menudo resulta funcional a la lucha de clases y al imperialismo global estadounidense, y en cómo la gente suele ser cómplice de tales actos de barbarie.

[...] Chomsky es un intelectual público importante porque se ha convertido en un modelo de lo que significa primar la justicia económica, mostrarse dispuesto a hacer preguntas inquietantes, exigir responsabilidades al poder, defender los valores democráticos, arriesgarse políticamente y mostrar el valor moral necesario para abordar problemas sociales serios, como parte de una conversación pública en curso.

Esta no es una tarea fácil en un momento en el que muchos académicos evitan involucrarse en los grandes asuntos sociales y están demasiado dispuestos a acomodarse a quienes ostentan el poder, desempeñándose como animadores o como taquígrafos. Demasiados académicos se han convertido en servidores de los intereses empresariales faltos de sentido crítico, volviéndose invisibles cuando no irrelevantes, detrás de un cortafuegos de jerga profesional, o bien han sido reducidos a una clase subalterna que trabaja como auxiliar a tiempo parcial, con poco tiempo para pensar críticamente o abordar problemas sociales de gran alcance. En un caso ya no sienten la necesidad de comunicarse con un público más amplio, de ocuparse de problemas sociales importantes, y en el otro carecen de las condiciones necesarias para escribir, pensar y desempeñarse como intelectuales públicos comprometidos. Esto resulta especialmente preocupante en una democracia en ciernes donde los intelectuales deberían, sobre todo, tomarse en serio la idea de que para que la democracia tenga sentido, "exige de sus ciudadanos arriesgar algo, poner a prueba los límites de lo aceptable" (10). Lo que resulta particularmente atroz cuando, en el caso de muchos académicos, las condiciones laborales ya no les permiten realizar su función como investigadores e intelectuales públicos.

[...] Tal vez sea uno de los pocos intelectuales públicos que quedan de su generación que ofrece una rara mirada de lo que significa ampliar el alcance de la investigación política e intelectual; un intelectual que repiensa de forma crítica la naturaleza educativa de la política en las condiciones cambiantes y totalizadoras del asalto neoliberal a todo lo que huela a democracia. Chomsky no solo maneja ideas que desafían las disciplinas escolásticas y las fronteras intelectuales, también aclara que es fundamental responsabilizar a las ideas de las prácticas que ellas legitiman y provocan, a la vez que se niega a reducir el pensamiento crítico a simples modos de crítica. En este caso, las ideas no solo desafían los discursos y las representaciones del sentido común normalizadores, y las desigualdades de poder que legitiman unos y otras, sino que destapan las posibilidades inherentes a un discurso que va más allá de lo dado y señala nuevas maneras de pensar y poner en práctica la libertad, el valor cívico, la responsabilidad social y la justicia desde el punto de vista de los ideales democráticos radicales».

«Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles». Bertolt Brecht

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