13.5.14

El sentido de la vida

El sentido de la vida

Por Edgardo Civallero

Uno de los ejemplares de la famosa colección "A very short introduction" (publicada desde 1995 por la Oxford University Press del Reino Unido, y que cuenta ya con 200 títulos) fue escrito en 2007 por el intelectual, crítico y teórico literario británico Terry Eagleton, que lo tituló "The meaning of life" (El sentido de la vida). Debido a la curiosidad que me provocó la temática, inserta en una línea de textos académicos, y a que el autor no es un filósofo, fue uno de los primeros que leí. El libro no trae respuestas ni yo, a decir verdad, las esperaba (encontrarlas hubiera sido una verdadera decepción). Pero trae algunas secciones singularmente curiosas. Traduzco, a continuación, unos párrafos que, confío, sean el detonante de algún interés por leer la obra completa.

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[...] Precisamente estas son las cosas a las que, tradicionalmente, hombres y mujeres se aferran cuando se preguntan sobre el sentido y el valor de su existencia. Amor, fe religiosa, y la gente y la cultura propia: es difícil encontrar razones más fundamentales para vivir. De hecho, durante los últimos siglos un gran número de personas han estado dispuestas a matar y a morir por ellas. La gente se vuelve hacia esos valores con tanto más entusiasmo cuanto más se vacía de significado el dominio público. Hechos y valores parecen haberse escindido, quedando los primeros como asuntos públicos y los últimos como privados.

Parece que la modernidad capitalista nos ha hecho aterrizar en un sistema económico puramente instrumental, una forma de vida dedicada al poder, al beneficio y a la supervivencia material en lugar de al fomento de valores solidarios. El ámbito político es más una cuestión de gestión y manipulación que de la construcción colectiva de una vida en común. La razón misma ha sido degradada a un mero cálculo egoísta. En cuanto a la moralidad, también ella se ha convertido en un asunto cada vez más privado, más relevante para el dormitorio que para la sala de juntas. La vida cultural se ha vuelto más importante en un solo sentido, convirtiéndose en una industria, una rama de producción material. Por lo demás, se ha visto reducida a ser el escaparate de un orden social que dedica poquísimo tiempo a cualquier cosa a la que no se pueda poner precio. Ahora la cultura es, en gran medida, una forma de mantener a la gente inofensivamente distraída cuando no está trabajando.

Y sin embargo, hay una ironía. A más cultura, religión y sexualidad forzadas a actuar como sustitutos de los desvaídos valores públicos, menos capacidad tienen de lograrlo. Cuanto más significado se concentra en el espacio simbólico, más se desprovee de verdad a ese espacio. El resultado es que esas tres áreas de la vida simbólica han comenzado a exhibir síntomas patológicos. La sexualidad se ha convertido en una obsesión exótica. Es una de las pocas fuentes de sensacionalismo que quedan en un mundo hastiado. El shock y la indignación basada en el sexo ocupan el lugar de una militancia política ausente. De manera similar, el valor del arte se ha inflado. Para el movimiento esteticista, ahora es nada más y nada menos que un modelo de cómo vivir. Para algunos modernistas, el arte representa la última, frágil morada de los valores humanos en nuestra civilización; una civilización a la que el arte mismo ha dado la espalda con desdén.

Mientras tanto, cuanta más religión se alza como una alternativa a la constante hemorragia de significado público, más se convierte en distintas formas de fundamentalismo. O en nuevas tonterías New Age. La espiritualidad, en definitiva, se ha convertido en algo duro como una piedra o en algo demasiado blando. La cuestión del sentido de la vida está ahora en manos de gurúes y masajistas espirituales, de tecnólogos de alegría entubada y de quiroprácticos de la psique. Con las técnicas correctas, ahora se garantiza que uno puede deshacerse de los michelines del sinsentido en tan sólo un mes. Algunas celebridades con las mentes podridas por la adulación se han vuelto hacia la cábala y la Cienciología. Se lanzaron a ello por la errónea idea de que la espiritualidad seguramente debe ser algo extravagante y esotérico, más que algo práctico y material. Después de todo, es precisamente de lo material, en forma de jets privados y hordas de guardaespaldas, que lo que están tratando (mentalmente, por lo menos) de escapar.

Si el ámbito simbólico ha sido separado de lo público, también ha sido invadido por él. La sexualidad ha sido empaquetada como un bien de consumo; lo mismo significa la cultura para la mayoría de los medios de comunicación, hambrientos de ganancias. El arte es una cuestión de dinero, poder, estatus y capital cultural. Las culturas son empaquetadas y vendidas exóticamente por la industria turística. Incluso la religión se ha convertido en una industria rentable gracias a los tele-evangelistas, que liberan a los piadosos y crédulos pobres de sus dólares duramente ganados. Nos hemos quedado, pues, con lo peor de ambos mundos. Los lugares en los que tradicionalmente hubo un suministro más abundante de significados ya no inciden demasiado en el orbe público; a pesar de ello, también han sido agresivamente colonizados por las fuerzas comerciales, y se han convertido en parte de ese sinsentido que alguna vez trataron de resistir. El resultado es que encontrar significados se está volviendo cada vez más difícil, incluso dentro de la esfera privada.

En nuestros tiempos, una de las ramas más populares e influyentes de la industria cultural es, sin duda, el deporte. Si hoy se le preguntara a muchas personas, especialmente hombres, qué les proporciona un sentido en la vida, hay muchas posibilidades de que la respuesta sea "fútbol". Tal vez no muchos de ellos estén dispuestos a admitirlo, pero el deporte (y en Gran Bretaña el fútbol en particular) encarna todas esas nobles causas (la fe religiosa, la soberanía nacional, el honor personal, la identidad étnica) por las que, a lo largo de los siglos, las personas han estado dispuestas a morir. El deporte implica lealtades y rivalidades tribales, rituales simbólicos, leyendas fabulosas, héroes emblemáticos, batallas épicas, belleza estética, satisfacción física e intelectual, espectáculos sublimes y un profundo sentido de pertenencia. También proporciona esa solidaridad humana y esa inmediatez física que la televisión no da. Sin duda, sin estos valores un buen número de vidas se quedarían bastante vacías. Es el deporte, no la religión, el actual opio del pueblo. De hecho, en el mundo del fundamentalismo cristiano e islámico, la religión no es tanto el opio de los pueblos como la grieta de las masas.

Nuestra época se destaca por otros "dioses" más convencionales que han terminado fracasando. Los filósofos, por ejemplo, parecen haberse visto reducidos a técnicos del idioma en bata blanca. Es cierto que la idea del filósofo como un guía para discernir el sentido de la vida está equivocada. Pero, aun así, se podría esperar que hagan algo más que tratar de disuadir a la gente que intenta saltar por la ventana. La teología, por su parte, está siendo desacreditada tanto por la terrible secularización como por los crímenes y las locuras de las iglesias. El panorama de la traición de los intelectuales queda completado con una sociología positivista, una psicología conductista y una ciencia política ciega. Cuanto más se han enganchado las humanidades a las necesidades de la economía, más han abandonado la investigación de cuestiones fundamentales; y más se apresuraron los promocionadores del tarot, los empujadores de pirámides, los avatares de la Atlántida y los desintoxicadores del alma a ocupar su lugar. El sentido de la vida se ha convertido en una lucrativa industria. Libros con títulos como "Metafísica para banqueros" son devorados con avidez. Los hombres y las mujeres que están desencantados con un mundo obsesionado por ganar dinero recurren a los proveedores de verdad espiritual, que ganan un montón de dinero vendiéndosela.

¿Por qué otra razón debe levantar cabeza la cuestión del sentido de la vida en la era de la modernidad? En parte, es de sospechar, porque el problema de la vida moderna es que hay, a la vez, mucho y muy poco significado.

[...] Hoy en día, un gran número de personas educadas en Occidente –al menos fuera un país asombrosamente tan religioso como Estados Unidos– creen que la vida es un fenómeno evolutivo accidental, que no tiene más significado intrínseco que una fluctuación de la brisa o un ruido en las tripas. El hecho de que no tenga un significado concreto, sin embargo, despeja el terreno para que cada hombre y mujer pueda darle el sentido que quiera. Si nuestra vida tiene significado es por lo que logramos hacer de ella, no por algo con lo que venga equipada. Según esta teoría, somos animales que escriben sus propias existencias y no precisamos que esas narrativas nos sean apuntadas por una abstracción conocida como Vida. Para Nietzsche u Oscar Wilde, todos podríamos (si tuviésemos la suficiente audacia) ser artistas supremos de nosotros mismos, arcilla en nuestras propias manos, a la espera de modelarnos en alguna forma exquisitamente única. La sabiduría convencional sobre este asunto, a mi entender, es que el sentido de la vida no está prefabricado sino que se construye; y que cada uno de nosotros puede hacerlo de formas muy diferentes.

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