1.4.14

El viejo Potosí

El viejo Potosí

Por Edgardo Civallero

Wenceslao Jaime Molins fue poeta, escritor de libros y tangos, historiador, periodista, publicista y fundador de periódicos. Nació en Dolores (Buenos Aires, Argentina) hacia 1900 y falleció en Capital Federal en 1981. Fue quien puso a Héctor Roberto Chavero el seudónimo de "Atahualpa Yupanqui". Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española, y uno de los fundadores de la famosa Peña del Café Tortoni.

El 22 de enero de 1921, la célebre revista argentina Caras y Caretas (año XXIV, nº 1164) publicó un artículo de Molins titulado "La romería dominical", en la cual habla de Potosí (Bolivia) y el universo indígena que bulle en sus mercados. El texto es una de las antiguas "crónicas de viaje" tan queridas por ciertos medios y por determinados estratos sociales, que veían a algunos lugares (y a sus pobladores) como exotismos que había que mirar a través de las páginas escritas por otro. Los adjetivos empleados para describir el mundo originario andino (o, en general, al campesino latinoamericano) se repitieron una, y otra, y otra vez en la literatura romántica/nacionalista, dándole al indígena un aire de "salvaje bueno" o "bruto noble". Las lamentables explicaciones del origen de ciertos rasgos detectados por el cronista no pueden estar más alejadas de la realidad; en tales explicaciones comienzan a notarse ciertos sesgos que son más que evidentes en la segunda mitad del artículo. El rancio "españolismo" exhibido por Molins fue abrazado por muchos latinoamericanos, ávidos de sentirse herederos de la "Madre Patria" y su cultura "civilizada" y "europea" en lugar de saberse conciudadanos de unos "salvajes" e "incultos". El texto es, pues, muestra de lo mejor y lo peor que salpicó la literatura de finales del XIX y principios del XX en América Latina... y que, en no pocos casos, la sigue salpicando en la actualidad.

***

Esta mañana he visitado los barrios excéntricos de Potosí. Es domingo, y como tal cada plazoleta es una feria franca. La pila vecinal, dadivosa como siempre, es la piedra imantada del rastro, donde se toma lenguas, se hacen transacciones y se juega al chisme volandero y trivial. Pero la nota típica de este mercado al aire libre, que el provincialismo andaluz divulgó en América con el nombre de "recova", no está en el ajetreo mercantil, ni en el carácter de cada tienda, en el abundamiento y calidad de las vituallas –carne de buey y oveja, "charqui", descarozado, quinua de los faldones, hortalizas del predio suburbano y frutas de escondidos vallejos–. La peculiaridad es una nota de conjunto, de romería dominical, promiscua en vestimenta, en colorido, en calidad social, en sexo. Con la vida ocasional de la plazuela, harta de mostradores y trebejos, late el barrio, se galvaniza, revive. Al umbral de su obrador, se afana el sastre en encarrujar el pollerío de bayeta de una chola que quiere endomingarse después de mediodía. El platero ha llevado a la calle su banqueta de labor y da la última limada a los sabores de un freno, mientras su vecino, vendedor de alfarería, ensaya un aire popular en el charango, sin preocuparse ni poco ni mucho de su negocio. Cada tendejón ha sacado sus trapos a la calle; cada pulpería se insinúa con su mesa al aire libre y en la variedad llamativa de sus licores. Esta vieja ha improvisado un merendero de picantes, tortas fritas y aguamiel. Aquella mocetona entrada en carnes, guapa y bien vestida, plumerea con cachaza su mostrador cuajado de alfeñiques, roscas de chuño y mazapán. Cruzan dos buhoneros de tipo dardanario, con su parihuela atestada de baratijas. (...)

Huélgome, en verdad, de estas apuntaciones dominicales, pero a fuer de franco, debo decir que la nota indígena fue el señuelo que me acercó a la feria. Al indio del altiplano lo conozco a través de mis viajes por tierras de Potosí, de Oruro y de La Paz: en sus montañas, en sus sembríos, en sus atajos; por el vagar de sus recuas y por el sentimiento de sus flautas; en la posta perdida del camino y en el pastoreo trashumante de sus rebaños. Deseaba, en definitiva, orientar mis observaciones en el sentido de escrutar y definir todo el españolismo perdurable que ha podido trabajar el alma autóctona, arisca, pero inteligente y sentimental. Y la plazuela, donde el hervidero indígena se impone como la peculiaridad más atrayente del mercado, me da sustancia para una observación capital: usan los indios el casquete imitando la borgoñota de los soldados de Pizarro. Característica regional de los indios de Potosí, la montera de los indios es una especie de solideo, con una pequeña faldilla terminada en dos picos que caen sobre las orejas. Las mujeres llevan este mismo casco pero guarnecido de anchas alas o del tipo de una bacía de barbero, la copa bordada con flores de color y dibujos sencillos.

Me explico fácilmente la perpetuación de esta pieza de vestir. Después de la conquista, impresionado el pueblo aborigen por la toma del Cuzco y la muerte de Atahualpa, llevó a su coreografía una danza de simbolismo guerrero en donde aparecen Pizarro y sus huestes parodiados en su vestimenta militar. El baile, denominado entre los aymaras "ppackoches" [paquchis, pakochis], y que pasó muy luego a los quechuas, fue también una farsa imitativa donde los danzarines vestían calzón corto, casaca a la antigua usanza, peluca rubia y el consabido casco de lata o de cartón, rodela de cuero y espada de madera.

No faltan historiadores que suponen en la creación de estas parodias el propósito de ridiculizar a los soldados castellanos, heridos –como se sintió la nación indígena– por la invasión arrolladora. Dado el carácter de la mayor parte de las danzas interpretativas que incorporaron a su arte coreográfico los aborígenes, me inclino a creer que los españoles, lejos de sentirse molestos por la forma caricatural de sus bailes, fomentaron esta manera de dar expresión al espíritu nativo, usando de la danza como un medio propicio y seducente para allanar dificultades de convivencia y de reducción. El "huaca-tocori" [waka-tuquri] que se baila en algunos cantones y lugarejos, es una parodia de la corrida de toros, como fue la danza de los gigantones y tarascas, reproducción de ciertas alegorías bufas usuales en determinadas regiones de España. Se buscaba en el esparcimiento exótico, la fórmula persuasiva para neutralizar o disimular el vasallaje de las encomiendas y de la mita. Se llegaba al trabajo y a la religión por medio del arte. En el baile denominado "dansantes" se ensayan pintorescas escenas del evangelio. Una de ellas se relaciona con el triunfo del arcángel San Miguel sobre Satanás. Terminado el simbolismo que suele "oficiarse" con religiosa unción, bailan todos juntos con verdadero regocijo. Esta es una de las danzas que ha supervivido en toda su primitividad, pasando del indígena al mestizo que la ejecuta en determinadas festividades religiosas.

El cancionero popular ha experimentado, a su vez, cambios fundamentales marcados por la influencia española. El quechua es un idioma tan expresivo que con pocos vocablos se pueden expresar los más vivos y variados sentimientos. Su onomatopéyica es riquísima. Es lleno de concisión y elocuencia. Derrocha el afijo como medio de dar gracia, extensión y seguridad a las frases. Es fonético por excelencia. Pero, con todas estas calidades que hacen del quechua uno de los idiomas aborígenes más interesantes, necesitó del auxilio castellano para extender su dominio, sobre todo en su forma rimada, donde el sentimiento suele necesitar del recurso de la dialéctica y del giro eficaz.

Transcribo, al azar, algunas serranillas, en donde se alternan la expresión quechua con la frase española y que nos hacen recordar –aunque sin su romanticismo encantador– a las serenatas bilingües de los trovadores medievales, que combinaban con idiomas bárbaros y latino su treno sentimental.

Amañapis munahuaichus
ya después que me han querido.
Piñatachus ckechuasunchacc
el gusto que hemos tenido.

Champunima casckauquecca,
corazón de uchu morocco.
En tanto llorar por vos
hasta el ojo tengo ttocco.

En música, la fuerza de la conquista fue de mayor repercusión. Su instrumental sufrió una verdadera reforma. La "quena", el "pinkillo", la "ckohana", no respondían a la tónica porque el número de sus orificios variaba entre dos y cinco. De ahí que las sonatas primitivas de quechuas y aymaras que aún se conservan inmodificadas, no ofrecen ninguna variación fuera de su monótona cadencia. La flauta de siete notas fue una revolución. Sobre esta conquista musical, y sobre la base del sentimiento propio del país, crearon los indios la música montaraz, honda, grave, sentida, que arrastró a un poeta español a este bello lirismo: "las sombras de cien siglos sollozan en la quena".

¡Y a fe que, iniciados en el secreto musical, muchas cosas pudieron decir por sus chifles aquellos indios! Con la "pututa" [pututu] recorrieron los campos convocando a la guerra; lloraron con el quejido del "aykkori" [ayquri] la muerte del curaca o del amigo; alegraron la cosecha con la voz dulce del "pululu"; y entonaron en todos los tonos del amor y del odio, de la esperanza y del dolor, en la "sicu" [siku] multitona, que se dijera trasplantada del Helicón.
Fue por esta gracia española que amplió el pentagrama de aquel arte agreste que podía decir Garcilaso en sus comentarios: "Cada canción tuvo una tonada por sí; no podían decir dos canciones diferentes con una tonada, y esto era porque el galán enamorado, dando música de noche con su flauta, por la tonada que tenía decía a la dama y a todo el mundo, el contento o descontento de su ánimo conforme al favor o disfavor que le hacía, y si se dijeran dos cantares diferentes por una tonada, no se supiera cual de ellos quería decir el galán. De manera que se puede decir que hablaba por la flauta".

Y luego cuenta que un español topó de noche a deshora, en el Cuzco, con una india de su conocimiento, y queriendo regresar con ella a su posada, suplicole la india:

- Señor, déjame ir donde voy. Sábete que aquella flauta que oyes en aquel otero me llama con mucha pasión y ternura, de manera que me fuerza a ir allá... Déjame, por tu vida, que no puedo dejar de ir allá; que el amor me lleva arrastrando para que yo sea su mujer y él mi marido.

No he de remarcar mi investigación sobre la traza perdurable que dejó España en el alma virgen de los pueblos conquistados. Cierto es que el indio pasaba de la esclavitud incásica a la tiranía del español. Pero, violentando la exaltación de algunos americanistas, debemos convenir en que el régimen colonial fue el resultado de la época y de las exigencias de la conquista. ¡No fue más suave el señorío de los Viracochas del Imperio del Sol! ¡No fue menos pesado el yugo que levantó las piedras de las ciudades y cinceló la plata de los palacios y templos precolombianos! Los conquistadores impusieron su religión, su ley, sus costumbres, su indumentaria, su espíritu. Y algo de esto debieron aprender los indios, cuando hasta la caballerosidad castellana tuvo un remedo en el saludo sacramental de los quechuas:

- Ni ladrón, ni perezoso, ni embustero (Ama sua, ama qhella, ama llulla).

- Seas tú lo mismo (Champis jinallatay)

Contra tal importación civilizadora se creó el tributo exsacivo, la prestación personal, la encomienda. Pero esto no da pie para suponer que su acción fuera nefasta para los naturales, como tratan de demostrarlo impresionables cronistas. Y sin ahondar el asunto, hemos de exhumar en nuestro apoyo uno solo de los capítulos de la legislación indiana sobre el comunarismo de los indios: "la venta, beneficio y composición de tierras se haga con tal atención que a los indios se les dejen con sobre todas las que les pertenecieron, así en particular como en comunidad, y las aguas y riegos; y las tierras en que hubieran hecho acequias u otro cualquier beneficio con que por industria personal suya se hubiesen fertilizado, se reserven en primer lugar y por ningún caso no se les pueden vender ni enajenar".

El incierto andar de las ideas me ha llevado lejos de la plazoleta, lejos de la pila bulliciosa y del rastro pintoresco y cerril. Debo volver al vial después de haber errado por el atajo... pecador de imperdonables digresiones.

Pero es tarde ya.

El mundo mañanero del mercado se ha ido, como la mañana bella y azul.

Imagen. Vendedor de flautas. De "Caras y Caretas".