25.3.14

¿Estamos atrapados?

¿Estamos atrapados?

Por Sara Plaza

Hace poco, una buena amiga compartía con nosotros un puñado de reflexiones acerca de su trabajo como bibliotecaria en una escuela secundaria estadounidense. Nos contaba que volvía a ser una pieza más del engranaje que cotidianamente reproduce las desigualdades sociales, políticas y económicas de nuestro sistema capitalista. "Volvía" porque un par de años atrás había sido despedida, como otros muchos funcionarios de la enseñanza. "Volvía" aferrándose a la esperanza de, como bibliotecaria, poder brindar a algunos estudiantes un puñado de técnicas para buscar información, breves encuentros con una idea, un libro, una conversación, momentos fugaces de refugio, reflexión, rebeldía, que pudieran servirles para enfrentarse al incierto futuro que como especie nos aguarda. "Volvía" recordando un libro de Herbert Kohl publicado diez años atrás bajo el título Stupidity and Tears: teaching and learning in troubling times, que sigue siendo válido para entender el dilema de muchos profesores y estudiantes: verse obligados, ya sea por mandato, por una serie de reformas, por las constantes innovaciones, por pura necesidad, por el complejo industrial-educativo o por todas ellas a la vez, a hacer cosas que sabemos que son estúpidas educativamente hablando, y cuyo cumplimiento nos coloca al borde de las lágrimas. "Volvía" porque durante algunas semanas, mientras los estudiantes eran examinados –mediante unas pruebas cuyos resultados validan el privilegio de unos y la inferioridad de otros–, la biblioteca del centro en el que trabajaba había permanecido cerrada. "Volvía" para ser testigo, una vez más, de cómo los estudiantes se mueren de aburrimiento, ante un currículum y unas tareas irrelevantes y carentes de sentido. "Volvía" para confirmar que una gran mayoría de novelas alimentan nuestra cultura autocomplaciente, escapista, consumista, y que muchas obras de no-ficción se suman a los estantes de conocimiento que, o bien resulta irrelevante, o bien pasa desapercibido, resulta poco útil o pasado de moda para una sociedad volcada en producir en masa novedades. "Volvía", en fin, y se sentía atrapada: "Lo hacemos lo mejor que podemos. El miedo siempre está presente. Necesitamos nuestros trabajos. Algunos de nosotros, como el agua, buscamos las grietas y fluimos silenciosamente buscando la verdad de nuestra existencia fugaz en la breve existencia de aquellos que nos son queridos, los niños, los compañeros, la comunidad con la que compartimos y a la que debemos, como funcionarios públicos, nuestro sustento".

Leyendo el relato de nuestra amiga me acordé de unas recientes declaraciones de Noam Chomsky sobre el modelo empresarial en la educación superior, y de un artículo de Alberto Montero Soler titulado "Emprendiendo desde la escuela".

En su intervención en la reunión del Sindicato Universitario de Pittsburgh, Estados Unidos, en la que participaba, Chomsky explicaba "[c]ómo se afecta la calidad cuando los profesores no tienen estabilidad laboral: se convierten en trabajadores temporales, sobrecargados de tareas, con salarios baratos, sometidos a las burocracias administrativas y a los eternos concursos para conseguir una plaza permanente" y que esas burocracias administrativas habían aumentado en los últimos años tornándose "una suerte de despilfarro económico". Advertía también que "[p]ara el sector empresarial, el activismo estudiantil (feminista, ambientalista, antibelicista, etc.) es la prueba de que los jóvenes no están correctamente adoctrinados" y llegaba a la conclusión de que en estos momentos "La deuda estudiantil es una trampa de la que los jóvenes no podrán salir en mucho tiempo. Los créditos funcionan como una carga que les obliga a alejarse de otros asuntos". Y señalaba que "[s]alones y clases grandes, profesores temporales, educación escasamente personalizada. Es muy similar a lo que uno espera que ocurra en una fábrica, en la que los trabajadores poco o nada tienen que ver en la organización de la producción o en la determinación del funcionamiento de la planta de trabajo, eso es cosa de ejecutivos. Igual sucede con los estudiantes".

A este lado del Atlántico, al recordar "la ofensiva que se hizo en su momento para introducir en la enseñanza secundaria una asignatura de economía que, casualmente, en lugar de dotar a los alumnos de algunos instrumentos económicos que les permitieran entender mejor el mundo en el que viven se orientó a enseñarles los principios de la economía de la empresa", Alberto Montero Soler llega a la conclusión de que "[e]l resultado no ha podido ser más surrealista: a los cursos de introducción a la economía de las universidades llegan alumnos cuyo vocabulario económico es eminentemente empresarial y que, al mismo tiempo, ignoran todo lo relacionado con el sistema y el entorno económico en el que la empresa opera. Así, por ejemplo, cuando hablan de salario sólo lo conciben como un coste y si se refieren al trabajo son incapaces de percibir su dimensión social y se limitan a tratarlo como un factor de producción más. De esa forma, los programas de Economía de la empresa de la educación secundaria se encargan de formatear sus cerebros aún vírgenes para que todo lo que venga con posterioridad esté ya filtrado por el tamiz que impone la identificación de lo económico con lo empresarial". Y continúa diciendo: "Pero, aún así, eso no debe parecerle suficiente a quienes creen que una asignatura de Educación para la Ciudadanía es adoctrinamiento en el civismo y una de Economía de la Empresa es ciencia económica aplicada. Así, y dado que esta crisis también está arrasando la estructura productiva de nuestro país, dominada por pequeñas y medianas empresas, es necesario ir un paso más allá y fomentar eso que expresado como «emprendedurismo» suena tan moderno pero que cuando lo definimos como autoexplotación pasa a ser mucho menos atractivo. Basta con ver la campaña que, por ejemplo, La Caixa está promoviendo con un nombre que apesta a infaustos tiempos pasados, «Formación del espíritu emprendedor en educación secundaria», para que terminemos de entender que de la actual crisis del capitalismo nuestro gobierno y las empresas que detentan el poder económico en este país creen que debemos salir con más capitalismo. Pero no un capitalismo cualquiera, no; sino un capitalismo sustentado sobre la intensificación de la autoexplotación y de la gestión privada y financiarizada de los riesgos sociales. De esta forma, aquella educación que asumió como principio formar ciudadanos libres y críticos y que tan molesta resultó ser siempre para el poder está ahora, también, en vías de extinción".

Hacia el final de su intervención Chomsky afirmaba: "Queremos profesores y estudiantes comprometidos en actividades que resulten satisfactorias, disfrutables, desafiantes, apasionantes. Yo no creo que sea tan difícil. [...] En un seminario universitario razonable, no esperas que los estudiantes tomen apuntes literales y repitan todo lo que tú digas; lo que esperas es que te digan si te equivocas, o que vengan con nuevas ideas, que abran caminos que no habían sido pensados antes. Eso es lo que es la educación en todos los niveles". Imagino que Montero Soler estaría de acuerdo con Chomsky en que eso es lo que queremos y lo que esperamos; sin embargo, me parece que él -como nuestra amiga bibliotecaria, como nosotros mismos y tantos y tantos otros- lo encuentra verdaderamente difícil a juzgar por las últimas líneas de su artículo: "Einstein tenía parcialmente razón: la crisis se ha convertido en una oportunidad; lo que no nos dijo era que lo está siendo para acabar con todo aquello que un día nos dio ciertas certezas y la capacidad para luchar por ellas".