11.2.14

Geo-estrategia, lógica y enojo

Geo-estrategia, lógica y enojo

Por Sara Plaza

En un artículo titulado Edward Said: La Palestina afónica, publicado el 10 de octubre de 2003, en CSCAweb, Santiago Alba Rico [1] comenzaba diciendo:

Decía Robert Fisk hace unos días, en medio de otros elogios, que su amigo Edward Wadi'a Said era a veces un hombre "enojado". Los que sólo lo conocimos a través de su obra, pero lo leíamos al mismo tiempo con asiduidad y compromiso -hasta el punto de incorporarlo poco a poco, en este mundo de ángulos e intemperies, al círculo intenso de los parientes de lucha, como antes se hablaba de los "parientes de leche"- no dejamos de percibir este "enojo" que, de una manera creciente, se había ido apoderando de sus textos en los últimos años de su vida. Fue sin duda un largo proceso de acumulación, pero lo cierto es que este "enojo" se hizo conmovedoramente visible hace no mucho tiempo; creo incluso que podría datar su primera expresión pública en el verano del 2001, al hilo de una serie de artículos sobre Palestina de entre los que recuerdo al menos dos: "Muerte lenta: castigo detallado" y "Palestina: la verdadera atrocidad es la ocupación". En ellos el lector avisado se veía sorprendido, y sacudido, por un temperamento completamente nuevo: el desprecio por los gobiernos árabes, incluido el de la Autoridad Palestina (AP), el horror ante la violencia israelí y la rabia frente a la manipulación mediática abandonaban de pronto el terreno de la denuncia estricta y del análisis soberano para expresarse un poco a empellones, con la agitación de un pecho que solloza. El hombre pudorosamente académico, del que tanto habíamos aprendido, se convirtió al final en otro delicadamente colérico que coloreaba (de un rojo vivo) su prosa de combate. Y aprendimos, si cabe, mucho más.

Hace varios años que leo a Santiago Alba Rico, que aprendo con sus artículos y sus libros, y con los muchos que entre líneas invita a leer. Hace unos pocos menos que, gracias a Internet, también he podido escucharlo en conferencias, debates y conversaciones. Y solo hace un par de semanas que pude agradecerle sus muchas enseñanzas antes de la presentación de su último libro, ¿Podemos seguir siendo de izquierdas? (Panfleto en sí menor) (Pol.len Edicions, Barcelona, 2013). Esa noche, sentada en el autobús que me traía de vuelta a casa en medio de una tormenta de viento y granizo, comencé a leer dicho "panfleto". En la página 25, recordando a Kant, el autor señala «una primera diferencia que, en medio de la confusión, nos permitiría distinguir aún entre la izquierda y la derecha: digamos que lo propio de la izquierda es el reconocimiento del espacio y sus diferencias mientras que lo propio de la derecha es el reconocimiento de la lógica y sus imperativos inexorables.» Y sigue: «La lógica consiste precisamente en negar las oposiciones en el espacio y por eso, cuando todas las siluetas parecen disolverse en la oscuridad, aún podemos reconocer como típicamente de derechas la negación de esa diferencia (entre izquierdas y derechas). Fue el fascismo, mucho antes que la posmodernidad neoliberal, el que precisamente trató de proponer una síntesis hegeliana –negación de la negación– capaz de superar las contradicciones en el espacio social.» Después de enumerar varios ejemplos, continúa: «La Geo-Estrategia, de manera paradójica, implica la negación absoluta del espacio y su sustitución por la Lógica, donde –al contrario que en el espacio- no caben ni las gentes, ni la revolución ni la democracia de la ética ni, por supuesto, la diferencia entre la derecha y la izquierda. "Ni de derechas ni de izquierdas: geopolítica", como si la geoestrategia fuese otra cosa que la cesión de soberanía popular que los gobiernos hacen, casi siempre sin consultar, a la lógica de la pura conservación del poder en un mundo de derechas.» Idea que recupera al final del libro: «Cuanto mayor es la determinación geo-estratégica, menor es la autodeterminación democrática. En ese sentido, sería legítimo pretender demostrar, por ejemplo, que los sirios, nacidos en el lugar equivocado, no pueden permitirse aspirar a la libertad, la democracia, la justicia y la dignidad sin destruir el mundo; lo que no es legítimo es considerar "de izquierdas" y "comunista" la negación a los sirios de su derecho a la libertad, la democracia, la justicia social y la dignidad, pues libertad, democracia, justicia social y dignidad son precisamente los rasgos definitorios de las izquierdas.» Y añade en una nota al pie de página: «El que le dice a un sirio que tiene que renunciar a la libertad por razones geoestratégicas tiene que aceptar que no es de izquierdas, al menos en ese contexto, y que, aún más, es un poco "canalla", sobre todo si se dirige a los sirios desde un lugar donde aspirar a la libertad cuesta poco o, en cualquier caso, menos que la vida.»

En ese punto y aparte recordé otras palabras de Alba Rico, esta vez pronunciadas cuando participó, a finales de septiembre del año pasado, en unas jornadas organizadas por el grupo de investigación Equipo de Sociología de las Migraciones Internacionales (ESOMI) de la Universidade da Coruña, bajo el título "Meios E Poder". Al finalizar su intervención, ya en el turno de preguntas, y contestando a una planteada por el profesor Pablo Iglesias Turrión en la que aludía a situaciones internacionales en las que no es posible una solución de izquierdas, Alba Rico respondía (minuto 1:29:35):

¿No habría sido más inteligente no posicionarse? No posicionarse ya habría sido una forma de intervenir bastante más sensata que esta. ¿Por qué? Porque yo sí que quiero recordar algunas cosas que tienen que ver con la relación entre América Latina y el mundo árabe. Chávez era un héroe en el mundo árabe, y recuerdo en la única manifestación que hubo en tiempo de Ben Alí, en la que yo participé como un ciudadano normal, fue cuando Israel bombardeó Gaza, recordaréis, fue en 2008-2009, y bueno, la verdad es que fue una manifestación singular, porque había más policías que manifestantes y además era como dar vueltas en el patio de una cárcel, ¿no?, dábamos todo el rato la misma vuelta, entonces era muy impresionante porque los jóvenes tunecinos, ¿sabes, Pablo, lo que gritaban?... Unos meses después en el 2009 iban a celebrarse unas nuevas elecciones presidenciales en las que, como así ocurrió, Ben Alí iba a ser elegido con el 93% de los votos, ¿y sabes lo que gritaban los jóvenes?, gritaban "Chávez presidente", "Chávez presidente". Chávez, recordaréis, en ese momento se ganó el apoyo de todo el mundo árabe después de cortar relaciones con Israel tras los bombardeos. El prestigio enorme que tenía en Palestina, en el Líbano, en Jordania, en todo el Magreb podía haber sido utilizado de mejor manera. Y este "Chávez presidente", cuando empieza a hacer declaraciones de apoyo a Gadafi, se convierte en el amigo de Gadafi, en el amigo del dictador Gadafi. Yo no digo, porque, insisto, ya había algo de provocación en que pudiera entregar armas, pero teniendo en cuenta que estaban, formalmente, los países occidentales que habían apoyado esas dictaduras, a favor de las revoluciones, creo que el discurso de América Latina podía haber sido o de no posicionamiento o, al menos, de posicionamiento a favor de las revoluciones árabes, y con eso de entrada hubiera desconcertado mucho al enemigo, y al mismo tiempo hubiera conservado un prestigio que hoy ha perdido por completo, abriendo una fosa irrellenable entre América Latina y el mundo árabe... Y luego pues creo que sí, que tienes razón, vivimos en un mundo de mierda, pero yo creo que tú estás reivindicando la posibilidad de jugar con las reglas de juego del enemigo en términos mediáticos, lo que desde luego tiene un coste bastante menor... que el hecho de participar en una guerra o no participar en una guerra, pero diría yo que la geoestrategia es ese margen de realismo que pone límites a la posibilidad de ser de izquierdas en el mundo, porque aceptar eso, es obligar a aceptar a amigos, gente afín que conozco que se están batiendo por la democracia y por la justicia social y por la dignidad, que para mí son principios inalienables de la izquierda, decirles "ah, cuidado, hay zonas oscuras del mundo donde la estrategia, la geoestrategia, domina de tal manera que no podéis ser de izquierdas". Yo a ti, desde América Latina te digo "ah, no, nosotros tenemos que conservar nuestra revolución con todos sus límites y defectos y tal, pero tú no te puedes permitir rebelarte contra un dictador; aquí puede haber un Caracazo, yo puedo salir a defenderlo, pero los sirios no tienen derecho a reivindicar la democracia, la dignidad y la justicia social". Y digo, ¿es posible que sea así? ¿Es posible que vivamos en un mundo tan de mierda que nuestro discurso político consista en decirles "ah, vosotros no podéis ser de izquierdas"? Pero entonces yo me gustaría que inmediatamente el que hace ese discurso diga "yo en ese contexto estoy renunciando a ser de izquierdas, y además soy un cabrón". Y entonces, bueno, entonces de acuerdo, yo lo aceptaría. Yo lo que no estoy dispuesto es a que se me defienda que hay zonas oscuras, agujeros negros donde los pueblos no tienen derecho a rebelarse porque no le conviene a alguien que vive a muchos kilómetros de distancia y que pretenda, en cualquier caso, que lo que es de izquierdas es impedirles hacer la revolución, apoyar al dictador, mentir a su propio pueblo, porque Telesur está engañando a su propio pueblo, que es el pueblo que yo apoyo, de chavistas que se han batido el cobre, que vamos, que son como los sirios a los que yo defiendo, y que cree que Bassar el Assad es un humanista socialista antiimperialista porque se lo dice Telesur, y claro, creo que ahí son demasiadas contradicciones, demasiadas como para poder decir otra cosa que, "bueno este mundo es una mierda y yo soy un cabrón", y ya está.

Estas palabras, recordadas mientras viajaba de vuelta a casa, me hicieron entender mucho mejor el texto que tenía entre las manos. Me pasó con Alba Rico algo parecido a lo que a él le había pasado con Edward Said: yo también aprendí, «si cabe, mucho más», al advertir cierto "enojo" en su respuesta. Entendí mucho mejor lo que era la Geo-Estrategia, y por qué era de derechas, al sumar a las frases del libro las escogidas para responder al profesor Pablo Iglesias, precisamente por lo mismo que Alba Rico explicaba en aquel hermoso artículo sobre el intelectual palestino y profesor de Columbia:

El "enojo" es mucho más limpio. El enojo de Said conmovía porque era justo. El enojo de Said conmovía porque era la sombra -y no el sucedáneo- de un pensamiento. Y el enojo de Said conmovía porque parecía tejer el destino de su pueblo, hebra con hebra, con el suyo propio: a medida que se agravaba la situación en Palestina, en efecto, se agravaba también su enfermedad. No pienso, desde luego, que Edward Said, al que el trabajo había protegido de toda forma de narcisismo, estableciese ninguna simpatía supersticiosa entre los dos procesos, pero sí que era consciente de que cuanto más lejos estaba la liberación de Palestina, menos vida le quedaba para contribuir a ella.

El enojo es, sobre todo, una cuestión de tiempo, de falta de tiempo. El enojo es un atajo; comprime la eternidad que aún necesitaríamos para encontrar la solución. Es una sublevación contra la finitud. Uno se enoja porque no tiene tiempo suficiente, pero uno se enoja también para compensar su angustiosa escasez: el enojo dice muy deprisa lo que podríamos decir más despacio si los días fuesen más largos y si la frase no se expandiese a medida que disminuyen nuestras horas. [...] Pero -digámoslo claramente- el enojo de Said nos afectaría menos, nos enseñaría muy poco, si fuese sólo el resultado de su intolerancia de la finitud. El problema de Said no era el tiempo sino la Historia, donde el robo, el descuento, el retraso no son de ninguna manera inevitables, y donde la solución, por tanto, no viene impedida por la falta de minutos sino por la falta de escrúpulos, de conciencia, de coraje o de justicia. Su enojo, y el dolor subyacente, no se alzaba contra la injusticia de la mortalidad sino contra la mortal injusticia de la Ocupación. No es que la vida dure poco, es que esta injusticia es demasiado larga. [...] Apropiémonos su enojo y abonémoslo con su rigor, su honestidad y su inteligencia.

[1] Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1984 y 1991 fue guionista de tres programas de televisión española (La Bola de Cristal entre ellos). Es autor de libros de ensayo, teatro, guiones televisivos, cuentos infantiles, y colaborador habitual de medios de comunicación como Rebelion.org entre muchos otros. Afincado en el mundo árabe desde 1988 ha traducido al castellano al poeta egipcio Naguib Surur, y al novelista iraquí Mohammed Jydair.

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