4.2.14

Ellos

Informe de una injusticia

Por Edgardo Civallero

El Festival Nacional de Folklore se desarrolla cada año en la localidad de Cosquín, en el valle de Punilla (Sierras Chicas de la provincia de Córdoba, Argentina). Es un evento relativamente célebre por su historia, por su trayectoria, y por las personalidades y figuras de la música tradicional y popular argentina que han pasado por su escenario mayor "Atahualpa Yupanqui", en la plaza "Próspero Molina". Sus nueve lunas tienen algo de legendario: quién más, quién menos, todos los músicos argentinos que nos dedicamos al folklore hemos albergado, en algún momento de nuestras vidas, la esperanza de subirnos a esas tablas. Como (lamentablemente) ocurre con la mayoría de los encuentros de semejante magnitud, el festival adolece de un buen número de falencias; entre las más notables se cuentan los favoritismos, apadrinamientos y amiguismos que en ocasiones se usan como palanca para obtener una buena posición dentro del programa oficial (lo cual no quiere decir que todos los que aparecen en dicho programa recurran a esos métodos, por supuesto), y el ninguneo, el desprecio y el "pago de derecho de piso" a los que se somete a muchos "recién llegados", artistas profesionales que solo piden una oportunidad respetuosa y justa para mostrar lo que hacen.

En términos muy generales, Cosquín suele ofrecer un largo compendio de números "que gustan al público" (aunque aquí los conceptos "gustar" y "público" tienen significados bastante flexibles): una enumeración reiterativa de ciertos ritmos y estilos festivaleros (a veces abordados desde una perspectiva más novedosa, otras ni siquiera...) que acostumbra dejar bastante de lado, curiosamente (¿curiosamente?), a los exponentes originarios de la cultura popular argentina y a los representantes de su sentir ciudadano. Ocurre que de vez en cuando algún artista "conocido" toma la iniciativa y hace subir, en su turno de escenario, a colegas "desconocidos" comprometidos con movimientos sociales/políticos o, simplemente, a músicos que son la expresión viva de las formas culturales argentinas de raíz.

Un caso semejante se dio, durante la 54º edición del festival (finales de enero de 2014), con la salteña Mariana Carrizo, una persona respetuosa con su cultura (heredera de numerosos pueblos indígenas del noroeste de Argentina) y con el género que interpreta: la copla (vidala, baguala). Mariana entró al escenario acompañada de 140 copleros de todos los rincones del norte del país. Fue una selección magnífica de exponentes de esa particular forma de canto, cada uno con su indumentaria, con sus instrumentos (incluyendo todo los tipos de caja de la Argentina y unos bellísimos erkenchos), con sus repertorios, con su forma de usar y pronunciar el castellano, con su idiosincrasia y su picaresca, y con su acervo cultural a cuestas, reflejado en cada verso.

Aquello fue un verdadero espectáculo.

Los oyentes recordamos (o aprendimos) lo que es la auténtica "chaya" de la provincia de La Rioja. Recordamos los sonidos propios de la Quebrada de Humahuaca, los Valles Calchaquíes y el Ramal jujeño. Recordamos que hay coplas en la puna de Catamarca y en el monte de Formosa, y que la provincia de Salta es un mosaico sonoro. Recordamos que los exponentes de nuestra música más tradicional utilizan instrumentos musicales "rústicos", desprovistos de cualquier perfección técnica o de la firma de un luthier famoso. Recordamos, en fin, que la música folklórica que escuchamos normalmente (p.e. la que nos ofrece el propio Festival de Cosquín) hunde sus raíces en algo parecido a eso que compartieron con nosotros Mariana Carrizo y los más de cien copleros y copleras que la acompañaban. Algo que muchos argentinos desconocen. Algo de lo que algunos argentinos reniegan.

Y algo que sigue vivo porque un puñado de argentinos lo sigue amando y cultivando día tras día, fiesta tras fiesta, generación tras generación. Y remarco "de argentinos" porque, aunque a muchos les parezcan tremendamente diferentes, alejados del "estándar" por cultura, historias, geografías o condiciones de vida, esos copleros son argentinos. Son compatriotas y conciudadanos. Son amigos y colegas, son compadres y comadres, son maestros y maestras. Son parte de ese complejo todo que entendemos como "patria", parte esencial del "nosotros" a la que no podemos seguir refiriéndonos como "ellos", "los otros", los que no son como uno. Y a la que no podemos seguir viendo como un elemento extraño que sabemos (aunque solemos olvidarlo con mucha facilidad) que se encuentra dentro de los límites de nuestro territorio pero con el que no nos identificamos en absoluto.

Y sin embargo, año tras año, el guión del Festival de Cosquín parece querer abonar ese terreno recurriendo a los mismos estereotipos y a los viejos clichés, demostrando un profundo desconocimiento y una enorme falta de respeto hacia el trabajo de numerosos artistas, al que para más inri califica de "genuino".

Esos artistas nunca dejaron de ser quienes siempre fueron. ¿Será, quizás, que los que cambiamos fuimos los demás? ¿O será que nos hemos asentado tan plácidamente en una cultura "nuestra" acomodada y acondicionada a la vida "moderna y urbana" que hemos olvidado que esa cultura no es más que un reflejo (a veces bastante deformado) de otras muchas que conforman nuestra esencia y que siguen vivas, en nuestro país, a veces sobreviviendo a duras penas la ignorancia o el desprecio a los que la sometemos? Evidentemente las culturas y las sociedades evolucionan, se adaptan, dejan ciertos rasgos de lado, crean o adquieren otros... Pero... ¿cambia todo tanto como para considerar que "ellos", los guardianes de la tradición, tocan desafinado y yéndose de ritmo, y cantan en un castellano que ni se entiende, nombrando cosas que no conocemos o haciendo bromas que no entendemos? ¿Cambia todo tanto como para referirse en esos términos a la misma música que "nosotros" disfrutamos en la boca de alguien que la ha amoldado a "nuestra comprensión" y a "nuestros gustos"?

Son preguntas que probablemente no tengan una respuesta sencilla. Quizás se trate de varias respuestas, aplicables no solo a Argentina, sino al resto del mundo. Mientras las buscamos, "ellos", los copleros, continúan alimentando desinteresadamente nuestra identidad y nuestro acervo con sus estrofas allá en el norte argentino, haciendo bramar sus erkenchos, haciendo retumbar sus cajas a puro golpe de huastana, inventando picardías y contrapuntos nuevos.

La actuación de Carrizo, la primera de la tercera noche de festival (lunes 27 de enero de 2014), comienza en el minuto 10:20 de este video (TV Pública argentina).

Imagen.