7.1.14

El gigantesco rey de los cimbrios

Teoría de los buenos deseos

Por Edgardo Civallero

La historia de las ciencias está signada por hechos que brillan con luz propia en los anales históricos, y por otros, turbios o ridículos, que aún así se mantienen frescos en la memoria (o se "resucitan" cada cierto tiempo) y hacen las delicias de los académicos; no tanto porque la estulticia o la ceguera ajena, presentes y pretéritas, les divierta, sino porque son claros recordatorios de que la capacidad humana para no razonar, no hacer uso del sentido común y creer cualquier cosa es ilimitada.

Uno de esos hechos ridículos es la historia del esqueleto de Teotobochus, rey de los cimbrios.

Si bien los restos fósiles se conocían desde la prehistoria (fueron considerados como amuletos entre muchísimas culturas neolíticas), no hubo una explicación clara de su naturaleza hasta tiempos relativamente recientes. Las teorías que en la Antigüedad buscaban dilucidar su origen eran bastante... "pintorescas". La dominante era la de la vis plastica naturae (o vis-plastica a secas), la "fuerza plástica de la naturaleza". Defendida por el célebre Avicena (Ibn Sina, científico persa, 980-1037 d.C.) y respetada durante siglos por los más ilustres e ilustrados pensadores y científicos europeos (de hecho, en la Sorbona de París se la acató hasta bien entrado el siglo XVIII), tal teoría indicaba que algunos minerales tenían la capacidad de adquirir cierta similitud (o una semejanza absoluta) con cosas de la naturaleza viva: el hombre, los animales, las plantas... No era raro, pues, que apareciesen rocas que imitasen a la perfección las formas, e incluso los colores, de determinados seres vivos o de alguna de sus partes.

La razón para este extraño comportamiento se achacaba a los caprichos de la naturaleza. De hecho, los fósiles eran llamados ludus naturae, "juegos de la naturaleza", tan rica en recursos que se permitía el lujo de imitar elementos vivos usando para ello materia inanimada.

Respetuosos como eran de las autoridades antiguas, los pensadores y científicos modernos no osaron contradecir esta línea de "razonamiento". Leonardo Da Vinci (1452-1519), rebelde y único, fue uno de los pocos que se animó a llevar la contraria: lanzó la hipótesis de que ciertos fósiles marinos hallados en tierra firme habrían sido organismos que antaño vivieron en mares ya desecados. Como era de esperar, tal afirmación, que demostraba un sentido común fuera de serie para la época, cayó en el vacío: Avicena continuó vencedor. Y su teoría se convirtió en uno de los mayores obstáculos para la comprensión de la verdadera realidad de los restos fósiles, y de su significado.

En el siglo XVII comenzaron algunos pequeños atisbos de "pensamiento independiente". Quizás los huesos hallados no fueran meros "caprichos de la naturaleza", se decían algunos; tal vez se tratase de los restos de seres vivos reales. Sin embargo, los resultados de estos razonamientos no fueron los esperados: dado que las osamentas fósiles tenían tamaños y formas desconocidas para nuestros buenos hombres de ciencia, estos se apresuraron a asignarlas a seres mitológicos conocidos o inventados para la ocasión. En 1663, el alemán Otto von Guericke (1602-1686) halló una gran cantidad de huesos y dientes fósiles (probablemente de mamuts y rinocerontes lanudos) cerca de Quedlinburg, en el macizo del Harz (Sajonia-Anhalt, Alemania), que él rápidamente atribuyó a un unicornio (unicornium verum). Incluso intentó su reconstrucción. Sin embargo, no publicó sus resultados en su libro de 1672, puede que por vergüenza. Fue Gottfried W. Leibniz (el famoso filósofo, creador de la teoría de las mónadas) quien pidió al artista Nicolaus Seelander que realizase un dibujo (a partir de bocetos de Guericke y otros) y reprodujo la imagen en su "Protogaea"... para escarnio eterno de von Guericke.

Entre los muchísimos sucesos, equívocos y traspiés de este estilo acaecidos en esta "prehistoria de la ciencia", destaca el descubrimiento, el 1 de enero de 1613, de una osamenta compuesta por grandes huesos fosilizados, probablemente de mamut, enterrados a 17-18 pies de profundidad en un arenal vecino al castillo de Chaumont-sur-Loire (departamento de Loir-et-Cher, Francia). Tales restos cayeron en manos de un cirujano francés, Pierre Mazurier, originario de la comuna de Beaurepaire (departamento de Isère, Francia). Comenzó allí una aventura que sería recordada en los anales de la Geología y la Paleontología. En su libro "Siete arqueólogos, siete culturas" (Buenos Aires: Hachette, 1959), Fernando Márquez Miranda narra la historia, que recuperó del libro de Herbert Wendt "A la recherche d'Adam" (París, 1954), el cual, a su vez, se habrá inspirado seguramente en un tomito que hizo mucho ruido en su época: "Historia verídica del gigante Teutoboco", de un supuesto Giacomo Bassot (probablemente Mazurier bajo seudónimo), publicado en francés en 1613 y en holandés en 1614.

Así dice Márquez Miranda:

En esos tiempos, un cirujano no difería demasiado de un sacamuelas, salvo, quizás, en la necesidad de poseer una mayor dosis de audacia. Bien pronto, Mazurier demostró que tenía la necesaria, pues se sirvió del esqueleto para exhibirlo (mediante el pago de entrada) en conferencias para las cuales puso en juego su fértil ingenio. Los pobres restos se transformaron, mediante su verba, en lo que quedaba de Teotobochus, rey de los cimbrios...

Con esta historia, cada vez más prolijamente aderezada, Mazurier recorrió numerosas ciudades y villas de Francia y de Alemania. La fábula se fue vistiendo con nuevos desenvolvimientos a medida que la creciente credulidad de sus oyentes lo exigía. Posiblemente él mismo se enamoró de su bella historia y siguió decorándola imperturbablemente: el desierto arenal se convirtió en una tumba edificada, con una extensión de treinta pies [un túmulo de treinta pies por doce]. Y a medida que los embalajes y desembalajes de ciudad en ciudad iban destruyendo las articulaciones y los huesos de menor resistencia, el osado iba aumentando la talla de su hipotético rey hasta convertirlo en un gigante. Al fin, para destruir las primeras voces que murmuraban contra la impostura, proclamó haber encontrado en el lugar del hallazgo un muro sobre el que podía leerse, en una antigua inscripción, el nombre del rey de los cimbrios [en realidad, una enorme roca, durísima, parecida al mármol griego, con una inscripción en letras romanas, Teotobochus rex]...

Así durante cinco años, mantuvo la impostura, en tanto que su esqueleto danzaba por las plazuelas y su reputación era objeto de las más enconadas controversias. Posiblemente le perdió el exceso de su facundia, embellecedora de la realidad. A la postre había exagerado tanto respecto a los detalles materiales del hallazgo que fue muy fácil desenmascararlo. Entonces lo que quedaba de aquellos restos trashumantes fue depositado entre la serie de 'curiosidades' que iban acumulándose en las colecciones del rey, en París.

Nunca más se supo de los huesos del descomunal Teotobochus... La teoría de los ludus naturae terminó cayendo en el descrédito gracias a los avances (muy combatidos por los sectores más reaccionarios, por cierto) aportados por profesionales de la talla de Jacques Boucher de Perthes (1788-1868); algunos intentaron sostenerla creando elementos modernos en piedra y alegando que la vis-plastica era real, pero la patraña les duró poco...

El tiempo pasó. Sin embargo, ¿no nos resulta familiar esta historia, y todas sus asociadas? Falsificaciones, grandes mentiras, hoaxes de Internet... Ya no estamos en la época del oscurantismo medieval, de la ignorancia barroca, y sin embargo seguimos creyendo. En plena era de la información, en este siglo XXI que nos prometieron robotizado, los humanos seguimos teniendo una capacidad ilimitada para no razonar, no hacer uso del sentido común y creer cualquier cosa.

Eso sí, ya no son los huesos de un rey antiguo. Ahora son promesas electorales, transgénicos cura-hambres-mundiales, negaciones categóricas de calentamientos y contaminaciones, declaraciones de derechos humanos y muchas, muchas otras...