3.12.13

Ser alguien en mitad de nada

Ser alguien en mitad de nada

Por Sara Plaza

Siempre me ha dado mucha bronca escuchar eso de que hay que estudiar para llegar a ser alguien o algo en la vida, o para no terminar siendo un pobre tal o un simple cual. Que la educación se haya convertido (que la hayamos convertido) en una herramienta con la que golpear y agredir a los demás, con la que sustentar no sé qué supuesta superioridad (incluso moral), y con la que legitimar y acrecentar desigualdades e injusticias, no puede ser calificado más que como un auténtico desastre. Que hayamos equiparado la formación con una carrera de obstáculos en la no solo hay que adelantar a quienes corren a tu lado, sino ponerles la zancadilla y darles codazos para que rueden por el suelo (y si es posible no se levanten más, o lo hagan cojeando) me parece algo terrible.

Son muchos los titulares que se han hecho eco de los licenciados, doctores, investigadores que con varias maestrías en su haber y, al menos, un par de idiomas a sus espaldas, se ven obligados a emigrar y terminan sirviendo cafés o limpiando aseos en otro país, o se quedan en el suyo trabajando de barrenderos. Y pese a ser algo dramático, sin duda, a mí hay algo que me enoja y me duele profundamente de ese relato. Parece ser que si quien pone cafés, limpia o barre (recoge fresas, apila cajas, remienda, cuida a un anciano, etc.), aquí, allá o acullá, no ha pasado por la universidad, entonces todo está bien, no hay ningún problema, es como deben ser las cosas. A la luz de esas noticias, da la sensación de que lo detestable, lo miserable, lo indigno, lo inhumano de un trabajo no reside en el trabajo mismo (por ejemplo el que una persona tenga que servir a otra o limpiar la suciedad de otra, que perfectamente puede servirse y limpiarse a sí misma; pero también el que una persona tenga que enfermarse o morirse dentro de una mina, de una fábrica textil, de pesticidas, de fibrocemento, etc.) sino en que sea realizado por quien ha pasado por una casa de altos estudios.

Definitivamente algunos trabajos deberían dejar de existir, otros, en tanto que son necesarios pero penosos o poco gratificantes tendrían que estar mucho mejor valorados y bien pagados, y creo que hace falta recuperar algunos oficios que hemos sacrificado en el altar del progreso. Como sociedad, pero también como personas, debemos replantearnos qué trabajos son útiles, cuáles no pueden dejar de hacerse, cuáles nos proporcionan una buena vida, cuáles la convierten en un infierno. Debemos repensar la manera de remunerar esos trabajos, no podemos tolerar las diferencias salariales estratosféricas, pero tampoco las abismales, ni siquiera las de dos cifras. Debemos preguntarnos además porqué a algunos trabajos no los consideramos como tales, siendo como son, como han sido siempre, imprescindibles, no solo para nuestra supervivencia sino para que valiese la pena estar vivo.

Lo decía Kant, pero creo que a bastantes de nosotros nos lo enseñaron nuestros padres (la mayoría de los cuales no se graduaron en ninguna universidad): por mucho que amemos la vida, todavía amamos más aquello que la hace digna de ser vivida.

Se lo leí a Alba Rico, pero estoy segura de que algo muy parecido lo podríamos haber oído de boca de nuestros abuelos (que malamente sabían escribir): entre todo aquello que merece ser conservado y por lo que merece la pena rebelarse, no hay nada más irrenunciable que la dignidad. Y con ella, aquello que la hace posible, la libertad; y aquello que ella exige a este mundo, la justicia.

Las siguientes citas recogen las palabras de tres profesores, pero las suyas muy bien podrían ser algunas de las voces que se escuchan en las asambleas del SAT, de la PAH, de Yo Sí, Sanidad Universal, de los campamentos dignidad, y de tantos y tantos colectivos que defienden y pelean por los derechos sociales, y se rebelan y desobedecen para conservar la dignidad.

[1] En solidaridad con los compañero/as de la limpieza de Madrid, escribía recientemente Jorge Riechmann: [...] Cierta gente en la ciudad pensaba / que la televisión basura y la comida basura / estaban aisladas de la sanidad basura y el empleo basura / Es un error: / forman parte del mismo pack / Ahora / la basura basura / rebosa las calles de la ciudad y nos recuerda / todo lo que las fantásticas ensoñaciones / de clase media siguen / empecinadamente tratando de ignorar [...].

[2] A propósito de la mercantilización de la sanidad, Joan Benach nos advertía hace unos días: El pensamiento liberal sostiene de forma interesada y clasista que un individuo es libre cuando hace lo que desea, cuando puede tomar decisiones sin que existan interferencias externas. Bajo esa visión, un esclavo sería libre cuando un amo extremadamente bondadoso le dejara hacer todo lo que quisiera. Pero hay otra manera de ver las cosas que entiende que la libertad no nace de la voluntad del amo sino de la existencia de derechos sociales (por ejemplo, el derecho a trabajar la tierra, la democracia en la empresa, o recibir una renta básica universal), donde los ciudadanos disponen de los recursos, los medios y la protección adecuados para trabajar y vivir dignamente y con buena salud.

[3] Luis Martín-Cabrera, al otro lado del charco, al contarnos cómo había sido la campaña presidencial de Roxana Miranda en Chile concluía que: es la hora de los pueblos y que a los intelectuales orgánicos de la clase media nos toca sumarnos a ese proceso de emancipación colectiva con humildad y con determinación, renunciando a nuestros privilegios y poniendo nuestro capital cultural y simbólico al servicio de un pueblo que ha decidido ser sujeto de su propia historia. Ser iguales y libres o no ser nada, esa es la cuestión.

Claro que es importante el conocimiento académico, pero también son tremendamente valiosos los saberes y los quehaceres que existen fuera de las aulas (el historiador Howard Zinn insistía siempre en ello). Algo hemos debido de hacer rematadamente mal si de lo que se trata es de llegar a ser algo o alguien en la vida (con dinero en el bolsillo, o títulos, doctorados y maestrías bajo el brazo) y no de procurarnos una vida buena, una vida que merezca la pena ser vivida y que no se lleve por delante ni el planeta, ni las aspiraciones, los sueños y las vidas de los demás. Una vida en la que el derecho a la educación (pública y de calidad) tiene que estar garantizado para todos, para los que un día investigarán en un laboratorio y para quienes lo harán rotando sus cultivos. Una vida en la que no se mercantilice nuestra inteligencia y ésta nos permita entender, de una buena vez, que dentro del sistema capitalista cualquier trabajador, con máster o sin él, es un esclavo asalariado.