10.12.13

Gaia empaquetada (I)

Gaia empaquetada 01

Por Edgardo Civallero

La "revolución verde", ese derivado de la revolución industrial sufrido entre 1940 y 1960 en todo el mundo (y especialmente en ciertos países "subdesarrollados"), llevó la industrialización, la tecnología y la "ciencia", la producción masiva y la mecanización inherente a ella, el mercantilismo y el consumismo a nuestros campos y mares, las fuentes de nuestros alimentos.

Al parecer, en aquel complicado periodo de la historia humana se pensó que apremiaba producir mayor cantidad de comida de forma más veloz. La razón planteada fue que había que dar respuesta a las hambrunas que azotaban el planeta, y al crecimiento exponencial de la población. Curiosamente, esa misma gente que se moría de hambre entonces sigue haciéndolo hoy, medio siglo más tarde. Puede sospecharse, pues, que el motivo real tras tanto "desarrollismo", tantas prisas y tanto salto hacia adelante era el habitual en estos casos: los alimentos, como artículos de primerísima necesidad, eran un buen negocio. Un excelente negocio.

De modo que se diseñó e impuso un modelo de acción basado en los principios capitalistas de eficiencia y rentabilidad, una locura desenfrenada que en la actualidad aún continúa vigente, con las adaptaciones y actualizaciones del caso. Para empezar, se plantea el uso exclusivo de unas pocas variedades de plantas y animales (generalmente híbridas) que resulten "rentables", es decir, que den una "mayor y mejor producción". Se elimina así una inmensa diversidad biológica (agrícola, ganadera, forestal, piscícola...) adaptada a lo largo de los siglos a las características y necesidades de un lugar determinado.

Esos seres vivos (que han dejado de serlo y se han convertido, tristemente, en meros bienes de consumo, listos para ser explotados y dar beneficios, y ser descartados cuando dejen de darlos) son sembrados/criados en grandes explotaciones (borrando a los pequeños productores, a los tejidos comunitarios campesinos y a la biodiversidad que rodea sus comunidades) siguiendo técnicas (pseudo-)científicas (olvidando o negando el patrimonio cultural intangible campesino), utilizando maquinaria veloz y potente (dejando de lado el patrimonio cultural tangible campesino) y favoreciendo el modelo de monocultivo, es decir, el cultivo/crianza extensivo de un único organismo (y dañando así la tradicional biodiversidad agro-ganadera).

Para acelerar los procesos (en la sociedad capitalista, "el tiempo es oro") se emplean fertilizantes y pesticidas químicos industriales de enorme potencia (pues se busca obtener varias cosechas anuales, y los monocultivos son tremendamente susceptibles a las plagas), y se utiliza agua de regadío a mansalva (desviándola de otros usos posibles), incluso para cultivos que tradicionalmente fueron de secano. Los animales, por su parte, son amontonados en un único sitio en condiciones terribles (cancelando su rol natural en el medio ambiente campesino, así como cualquier atisbo de respeto), alimentados con piensos científicamente diseñados para engordarlos (pero totalmente inadecuados para su salud), atiborrados de medicamentos (para intentar combatir las enfermedades provocadas por la paupérrima alimentación, la falta de higiene y la masificación, que en los espacios reducidos en los que son mantenidos se transmiten muy velozmente), y con sus ciclos vitales completamente alterados (por estar mantenidos en condiciones absolutamente artificiales, como las "unidades productoras de alimentos" en las que este modelo las ha convertido).

Los productos finales se cosechan/recogen mediante máquinas (eliminando mano de obra y procesos "artesanales"/no mecanizados), se seleccionan y estandarizan (desperdiciando enormes cantidades de alimentos, "descartados" por nimiedades como manchas o formas inapropiadas) y se empaquetan (mediante máquinas, dentro de toneladas de embalajes no siempre reciclables) para ser transportados a los puntos de consumo (que desde hace mucho han dejado de ser locales; pueden, y suelen, situarse en las antípodas) mediante una extensa red de intermediarios, almacenes y sistemas de distribución mercantil (que son, por cierto, los que se quedan con la mayor parte de las ganancias sobre el producto). Llegados a su destino, los productos pueden venderse o emplearse para elaborar derivados procesados (repletos de conservantes, colorantes, aromatizantes, etc.) que quizás se transporten a otro sitio (o al propio lugar de inicio de esta cadena) para su venta.

El proceso completo se encuentra en manos de un limitado puñado de grandes complejos empresariales transnacionales con intereses en distintos campos (incluyendo el de los transgénicos y los "organismos vivos con patente"), fuertes lobbies políticos y mucha influencia, y se desarrolla bajo unos estrictos controles que buscan mantener unos "criterios de calidad" basados en las necesidades de mercado y no en las del consumidor, que es dirigido por las estrategias de marketing a que consuma "lo que le conviene", "lo más saludable" o "lo mejor".

Existen elementos suplementarios de esta cadena de sucesos. Basta observar atentamente la secuencia completa para entender que ha sido posible únicamente gracias al petróleo, sustancia altamente contaminante y recurso no renovable en vías de desaparición. En él están basados tanto el combustible que mueve todas y cada una de las piezas de las maquinarias que participan en el proceso como los agroquímicos, los refrigerantes y los plásticos y derivados. Es por ello que, en la actualidad, se suele hablar de "petroagricultura", "petroganadería" y "petroalimentación".

Asimismo, la secuencia está sustentada en el empleo de una ingente cantidad de productos químicos tóxicos: comenzando por los agroquímicos (fertilizantes, pesticidas), los piensos para la "alimentación" animal, los productos veterinarios (antibióticos, hormonas) y las sustancias que puedan ser absorbidas desde el medio (p.e. mercurio y otros metales pesados, en el caso de las pesquerías); continuando con los conservantes, colorantes y ceras, más los refrigerantes empleados para la conservación de los productos durante su transporte y almacenamiento; y terminando por la indecente cantidad de compuestos empleados en el procesamiento de los alimentos (estabilizantes, aromatizantes, antioxidantes, conservantes, edulcorantes, acidificantes, etc.). Todas ellas llegan, en mayor o menor medida, al consumidor final. Los distintos gobiernos no han prohibido el uso de todas estas sustancias, sino que han delimitado "niveles" dentro de los cuales su uso "no es dañino"... a corto plazo. Sin embargo, el concepto de "dañino" parece variar y adaptarse a las conveniencias de la industria, lo mismo que la legislación y la difusión que se le da a las enfermedades provocadas por todos estos elementos.

En resumidas cuentas, la "revolución verde" ha llevado a la producción de monocultivos y granjas animales extensivas que multiplican y explotan un limitado puñado de especies rentables, mantenidas en condiciones fabriles, alimentadas a la fuerza con preparados "nutritivos", saturadas de pesticidas y antibióticos, cosechadas/recolectadas mecánicamente, seleccionadas para que cumplan unos requisitos impuestos al azar por el marketing y el mercado, y enviadas al otro lado del mundo para que allí sean procesadas y vendidas. Ha borrado del mapa el medio rural, con sus pequeñas explotaciones, su diversidad biológica, su cultura, sus puestos de trabajo, su comunidad humana y la red de interacciones sociales asociada, y un largo etcétera.

Pero esto no es todo: las facetas negativas de la hoy denominada "industria alimentaria" no se limitan a las delineadas hasta aquí. Esas, sin embargo, quedarán para una segunda entrega .