26.11.13

Por tierras patagónicas

Por tierras patagónicas

Por Edgardo Civallero

El jesuita inglés Thomas Falkner (1702-1784) publicó "Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur" en 1774 en Hereford (Reino Unido). Se trata de una obra basada en sus memorias de trabajo en la actual Argentina, sobre todo durante su labor misionera junto al padre José Cardiel en la provincia de Buenos Aires, entre 1744 y 1747. Incluye también muchísimos informes que obtuvo de terceros; viajeros, militares o religiosos.

En sus líneas se describen, con mayor o menor detalle, lugares, paisajes, historias y gentes desde el sur de la provincia de Córdoba hasta la Tierra del Fuego. Los datos que Falkner proporciona en su libro sobre los pueblos originarios de la Pampa y la Patagonia se cuentan entre los primeros publicados al respecto, y si bien no siempre son del todo exactos, en ocasiones describen rasgos culturales aún vigentes.

Transcribo algunos párrafos de la versión que poseo (Buenos Aires: Librería Hachette S.A., 1957), traducida por el arqueólogo, etnógrafo y lingüista argentino Samuel Lafone Quevedo y que incluye un jugoso estudio preliminar del antropólogo español Salvador Canals Frau. Los párrafos pertenecen al capítulo V: "Religión, gobierno, política y costumbres de los Moluches y Puelches". He incluido, entre corchetes, algunas notas aclaratorias, sobre todo de aquellos rasgos que aún sobreviven.

Por tierras patagónicas
Estos indios creen en dos seres sobrenaturales, el uno bueno, el otro malo. Al ser bueno llaman los Moluches Toquichen, que equivale a "señor de la gente"; los Taluhets y Dihuihets le dan el nombre de Soychu, que en su lengua significa "el ser que manda en el país de la bebida fuerte"; mientras que para los Tehuelhets es Guayava-cunnee [Guayavacuni de los Gününa-küna o Tehuelches del norte], o sea "señor de los muertos".

Se han imaginado una multitud de estos dioses, uno de los cuales creen que rige los destinos de cada estirpe o familia de indios que se supone haya creado él. Los unos se dicen casta del tigre [jaguar], los otros del león [puma], algunos del guanaco como otros del avestruz, etc. Se imaginan que cada uno de estos dioses tienen su morada aparte en vastas cavernas subterráneas, bajo de algún lago, cerro u otra cosa, y que cuando muere algún indio, su alma se va a vivir con el dios que es el patrón de su propia familia, y gozar allí de la felicidad en una ebriedad perenne.

Creen ellos que sus dioses buenos formaron el mundo y que al principio crearon a los indios en sus cuevas, dándoles lanzas, arcos y flechas, y las boleadoras con que pelear y cazar, y que en seguida los echaron y que se manejasen como pudiesen. Se imaginan que los dioses de los españoles hicieron otro tanto con ellos, pero que en lugar de lanzas, arcos, y además les dieron armas de fuego y espadas. Se sacan de la cuenta que cuando fueron creados los animales, las aves y demás salvajinas menores, los más ágiles salieron al punto de sus cuevas, pero que los toros y las vacas, que estaban atrás de todos, con sus cuernos les infundieron tal miedo a los indios, que éstos cerraron la entrada a sus cuevas con grandes piedras. Con esta razón explican por qué no había ganado vacuno en tierra de ellos antes de que lo introdujeran los españoles, quienes con más cordura los habían dejado salir de su cueva.

Se hacen la ilusión de que algunos de ellos después de muertos han de volver a estas cuevas misteriosas. También suponen que las estrellas son indios de antes, que la vía láctea es el cazadero en que los indios éstos corren avestruces y que las dos nubes australes [Nubes de Magallanes] son las plumas de los avestruces que voltean. También aseguran que la creación aún no se ha completado y que no toda ella se ha manifestado ya a la luz del día en este, nuestro mundo de la superficie.

Por tierras patagónicas
Los brujos de ellos [machi, entre los Mapuche], al son de sus cajas [kultrún] y de sus mates llenos de caracoles [wada] dicen que ven en el mundo subterráneo hombres, ganados, etc. con venta de caña, aguardiente, cascabeles y muchas otras cosas más. Pero tengo fundados motivos de saber que no todos se prestan a creer en estas patrañas, porque el cacique Tehuel, Chehuentuya, me vino una mañana con el cuento de que uno de sus hechiceros acababa de descubrir uno de estos lugares subterráneos y lo ubicaba precisamente abajo de donde ellos estaban; y al reírme yo, haciéndole ver su inocencia si se dejaba engañar con tales fábulas y desatinos, contestó con aire de desprecio: Epueungeing'n. Son cuentos de viejas.

El espíritu malo se llama entre los moluches, Huecuvoe, o Huecuvu, esto es, "el vago de afuera". Para los Tehuelhets y Chechehets es Atskannakanatz y para los demás Puelches, Valichu [que pasó al ámbito criollo como Gualicho].

De estos demonios reconocen que hay un sinnúmero que andan por el mundo, y a ellos les acumulan cuanto mal acontece en él, ya sea al hombre o a las bestias; y a tal extremo llegan con estas sus creencias, que para ellos son estos malhadados seres la causa del cansancio y del desfallecimiento que les sobreviene en sus largas jornadas o fatigas del trabajo. Según ellos, cada uno de sus hechiceros tiene dos de estos demonios continuamente a su lado que le suministran los medios de predecir lo que está por suceder, avisan lo que está aconteciendo en un momento dado, pero en otra parte, por distante que sea, y permiten curar a los enfermos, haciéndose ellos cargo de combatir, expulsar o ganarse a los otros demonios que son causa de su tormento. Creen también que las almas de sus hechiceros, después que mueren, pasan a formar en el número de estos demonios.

[...] Los hechiceros son de los dos sexos. Los hechiceros varones tienen que abandonar (por decirlo así) su sexo y vestirse de mujer y no se pueden casar, aunque a las hechiceras o brujas se les permite esto. La separación para este oficio se hace en la niñez, y siempre se da la preferencia a aquellos que en sus primeros años dan señales de un carácter afeminado. Desde muy temprana edad visten de mujer y se les entrega el tambor y las sonajas propias de la profesión que será la de ellos.

Los epilépticos y los atacados del mal de San Vito son desde luego seleccionados para ese destino, como designados por los demonios mismos, porque los creen poseídos por ellos, y a ellos atribuyen las convulsiones y retortijones tan comunes en los paroxismos de la epilepsia.