8.10.13

La interpretación de la historia

La interpretación de la historia

Por Sara Plaza

Contaba el profesor y activista Howard Zinn que llegó a la historia, a enseñar y a escribir sobre historia, no porque le interesara lo que de interesante pudiera tener investigar y leer la correspondencia privada de la gente, los documentos secretos, las cosas que el gobierno no quiere que sean leídas, etc.; tampoco porque quisiera convertirse en uno de esos historiadores que se meten en el pasado, se pierden en él y no salen más. No, él quería ir al pasado y regresar, ver qué era lo que podía averiguar sobre el pasado que fuera de utilidad para entender lo que sucede hoy en el mundo.

Enseguida se dio cuenta de que la historia era un asunto de vida y muerte, y en esa constatación tuvo mucho que ver su lectura de los libros de George Orwell, sobre todo aquella parte de 1984 en la que se habla sobre el control de la historia y sobre el hecho de que quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. Por eso nos previno una y otra vez contra quienes ejercen el control de lo que sabemos hoy, es decir, los medios de comunicación, el gobierno, el sistema educativo, las editoriales de libros de texto, etc., explicando que ellos son quienes van a determinar nuestro futuro a menos que nos distanciemos, a menos que nos pongamos a aprender por nosotros mismos, a menos que cuestionemos a esas autoridades, lo que ellas nos dan a leer, las cosas que nos dicen, las que nos cuentan por televisión... Y por eso mismo nos animaba constantemente a buscar información en otros lugares y a leer otras cosas.

Zinn insistía a menudo en lo importante que es la historia, y en cómo puede comprobarse esa importancia observando la controversia y la histeria que surgen alrededor de "nuevas" historias, como por ejemplo las que proponen la re-enseñanza de Colón; las que plantean una visión distinta del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki; o las que amplían los temarios para ir más allá de los habituales elogios a la civilización occidental y poder hablar del tercer mundo, de las civilizaciones no occidentales, de los pueblos que han sido humillados por la civilización occidental, etc. Es entonces cuando se escuchan voces de la derecha que equiparan los desacuerdos sobre el currículum con una guerra contra la tradición política occidental, o que advierten de que lo que está en juego en esa lucha es nuestra civilización, o que tenemos a los bárbaros entre nosotros... Y es que, como señalaba el historiador, el nerviosismo que provocan estas otras historias tiene poco que ver con el hecho de que vayan a revisarse los archivos para conocer con más precisión lo acontecido, y mucho con lo que está ocurriendo ahora y puede ocurrir mañana. Ese nerviosismo ante una nueva visión de la historia de Colón aparece porque esa historia continúa teniendo un montón de significados hoy en día.

Zinn se preguntaba porqué siendo los Estados Unidos un país con una democracia liberal, con un mercado de ideas, etc., sin embargo, generación tras generación, se ha seguido repitiendo una única historia sobre Colón: el héroe, el aventurero, el valeroso, el lector de la Biblia, el temeroso de Dios... ¿Cómo puede ser así? ¿Acaso no nos han dicho que son los países totalitarios los que cuentan una sola versión de la historia? ¿Es posible que en los Estados Unidos se lleve a cabo un control de la información más sutil e insidioso, pero igual de claro que en aquellos países a los que llamamos totalitarios?

Respondiendo a esas preguntas explicaba que Colón representa lo peor de la civilización occidental: una historia de agresión, de expansión, de esclavitud, de asignar a otros pueblos la condición de ser menos que seres humanos (para, precisamente, poder esclavizarlos, secuestrarlos, torturarlos y asesinarlos como hizo Colón). Y que todo eso se ha omitido generación tras generación porque abre demasiados interrogantes sobre el coste humano de lo que denominamos "progreso" en la civilización occidental, y sobre nuestra ambición. "Colón no vino aquí a convertir a los indios al cristianismo sino buscando oro, y en aras del beneficio secuestró y asesinó a otros pueblos, como sigue sucediendo hoy en día... Y cuestionar eso es cuestionar el capitalismo".

Para Zinn, el relato de Colón no era una historia de ayer, sino de hoy. Lo mismo que repensar el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki no era una cuestión de corregir la crónica de lo ocurrido en agosto de 1945, sino de preguntarse por las bombas que se han estado fabricando y acumulando desde la Segunda Guerra Mundial y con las que estamos preparados para hacer lo mismo que se hizo entonces, solo que con un poder destructivo inmensamente superior. Y llamaba la atención sobre esa lamentable justificación que los gobiernos esgrimen cada vez que matan a cientos, miles, millones de personas: existía una buena razón para hacerlo. No se cansaba de repetir que el estudio de la historia nos permite entender lo que pasa hoy, y que los asuntos del pasado lo son también del presente.

Otro de los temas sobre los que el historiador hacía especial hincapié era el de la neutralidad. Siempre afirmó que sus visiones de la historia no eran neutrales, que uno no puede ser neutral en un tren en marcha, que cuando el mundo está yendo en ciertas direcciones terribles (guerras, asesinatos, minas antipersona, niños muriéndose de hambre) ser neutral es colaborar con lo que quiera que esté ocurriendo, y que él nunca había tenido vocación de colaboracionista. Por eso, porque ni enseñando ni escribiendo era neutral, sino que mantuvo una determinada posición, es por lo que invitaba a sus alumnos y a quienes lo escuchaban a tener la suya propia para poder así debatir honestamente sobre todos los asuntos.

En esa misma línea aclaraba que nunca creyó en eso que se llama "objetividad", a menos que tal cosa significara no mentir deliberadamente, no guardarse ni ocultar información que pueda contradecir lo que uno está defendiendo. Sabía perfectamente que eso raramente ocurría, y que "objetividad" significa más bien pretender que no se tiene una visión sobre lo que sucede, algo que él no creía que fuera posible y mucho menos deseable. Afirmaba que al hacer, escribir y enseñar historia siempre se está seleccionando cierta información de entre la gran cantidad y diversidad existente, y lo que se escoge o, en muchos casos, lo que eligen por ti quienes editan los libros de texto, imprimen los diarios, emiten las noticias, etc., depende del punto de vista de quien lo selecciona. Y añadía que la pregunta más importante que hay que hacerse sobre cualquier conjunto de hechos históricos que nos presenten no es si se trata de hechos verdaderos o falsos, sino qué es lo que no se cuenta, lo que se ha dejado fuera.

Explicaba Zinn que no es que nos mientan al decir que Colón fue un valiente aventurero temeroso de Dios, simplemente se están omitiendo otro montón de cosas. No nos mienten sobre Hiroshima al decir que inmediatamente después terminó la guerra, lo que hacen es ocultar que existieron numerosos telegramas de ida y vuelta entre los diplomáticos japoneses y su emisario en Moscú intentando negociar el fin de la guerra, que esos telegramas fueron interceptados por la inteligencia estadounidense, y que sabiendo que los japoneses iban a rendirse se lanzaron las bombas y se asesinó a cientos de miles de personas.

Contaba el historiador que siempre se había interesado por lo que no decían los medios, los documentos oficiales y, muy especialmente, los libros de texto de historia. En estos últimos, por ejemplo, encontraba llamativo que no se mencionara la composición de clase de la sociedad estadounidense. Comentaba que las clases son algo de lo que no gusta hablar en su país, donde raramente se utilizan expresiones como "conciencia de clase", "lucha de clases" o "conflicto de clases", pero donde éstas han existido desde el principio. Sin embargo, señalaba, fijándose en los libros de texto, pareciera que todos los que llegaban a esta tierra eran peregrinos, que todos iban vestidos como tales y eran iguales entre sí, y que de alguna manera, unas personas acabaron siendo muy ricas y otras, pobres. Con el buen sentido del humor y la ironía que le caracterizaban, apuntaba que era de suponer que algunas personas debieron trabajar más duro que otras, ¡un millón de veces más duro! Pero si uno echaba mano de la historia colonial, rápidamente entendía que los primeros colonos no llegaron siendo todos iguales: algunos lo hicieron como dueños de cientos de miles de acres de tierra cedidos por la corona, otros con nada y los negros con menos que nada y por eso fueron esclavizados. Y si se continuaba leyendo no era difícil constatar que al escribirse la Constitución hubo un reconocimiento de ello, solo que en lugar de clases, entonces se hablaba de facciones: estaba la facción minoritaria, los pocos que tenían una elevada posición económica, y la mayoritaria, formada por pobres, deudores y pequeños propietarios; y fueron los primeros quienes advirtieron la necesidad de un gobierno central fuerte para defender sus privilegios, mantener la paz y asegurar, en la medida de lo posible, que no se abolieran las deudas, ni se llegara a una división igualitaria de la propiedad, ni culminara ningún otro proyecto "indecoroso o malvado". En palabras de Zinn "se trató de un documento de clase, que elaboraron 55 hombres blancos y ricos, de los cuales solo uno o dos podía decirse que no eran tan ricos como el resto, para beneficiar a la elite minoritaria que representaban, y proteger los intereses de los accionistas de los bancos".

Sobre estos últimos indicaba que existe un hilo ininterrumpido desde los Padres Fundadores hasta la Reserva Federal, y que la historia de la legislación del país es igualmente una historia de leyes de clase, del gobierno legislando para los ricos. Y ponía el ejemplo de cuando, a finales del siglo XIX, el gobierno federal entregó a los ferrocarriles 100 millones de acres de tierra gratis. Un gobierno que nunca había dejado de subsidiar empresas y de aumentar los aranceles para proteger a determinados sectores. Un gobierno que jamás había apoyado los mercados libres mientras llevaba a cabo su propia revolución industrial para convertirse en la primera potencia económica del mundo.

Zinn también contaba que había una serie de titulares que se repetían desde la primaria hasta la universidad, como "the gay nineties" [la década de 1890], "the roaring twenties" o de "jazz age" [la década de 1920], pero que nunca aprendió cómo vivía la gente común en esos años, ni si eran todos tan felices como parecía sugerir el título. Y fijándose en el presente llamaba la atención sobre el hecho de que pareciera que tenemos que ser capaces de poder decir lo bien o mal que le va a nuestra sociedad, a nuestra economía y a las familias leyendo o escuchando declaraciones similares a los anteriores titulares (por lo genéricas y vacías): sube la economía, baja el desempleo, el ingreso medio se ha elevado, etc. Todas las noches sin falta, recordaba el historiador, nos dicen cuál ha sido la evolución del Dow Jones y uno empieza a creer que esas cifras deben ser un reflejo preciso de cómo vive la gente en el país. De manera que es posible llegar a creer que vivimos bien escuchando el parte sobre el Dow Jones o si residimos en un sector de la ciudad y no salimos de él. Pero si uno recorre de punta a punta cada una de las ciudades del país, podrá ver la sociedad de clases en la que vivimos, y todo lo que se omite al hablar de la inflación, los ingresos, etc. ¿Qué es lo que no se dice?, se preguntaba entonces [año 1997]: por ejemplo que en los Estados Unidos mueren 40.000 niños antes de cumplir un año, que en mortalidad infantil el país ocupa el puesto número 20 de los 20 países más industrializados, que hay zonas en las que esa mortalidad es similar a la que existe en Bangla Desh o Guatemala. Esas son, insistía, las cosas que no aparecen en las descripciones románticas sobre lo bien que nos va y lo bien que lo estamos haciendo.

Zinn volvía a menudo sobre la misma idea: que cuando no conoces la historia es como si hubieras nacido ayer y te pueden contar cualquier cosa. Si has nacido ayer, señalaba, y el presidente aparece en TV diciendo que algo está pasando en tal sitio y que debemos ir allí y bombardearlo en nombre de la libertad, y no tienes forma de corroborar sus palabras, y no tienes historia a la que poder acudir para revisar cuántas veces se han hecho declaraciones similares pidiendo a los jóvenes de este país entregar sus vidas por algo que el gobierno llama guerra por la libertad, o por la liberación, o por la democracia, no vas a sospechar de sus palabras.

Además incidía en que no podemos olvidar que los negros, los indígenas, los latinos, etc., tienen una visión muy distinta de la historia de los Estados Unidos. Y recordaba siempre que él empezó a ver la historia de los Estados Unidos desde otro punto de vista cuando dio clases en un colegio universitario para mujeres negras en Atlanta, cuando comenzó a leer a historiadores negros y se involucró en el movimiento por los derechos civiles; y también al investigar la historia de Colón, y la de la devastación del territorio indio y la de la aniquilación de sus tribus para robarles sus tierras.

Solía contar que algo que aprendió leyendo historia y participando en los movimientos sociales (por los derechos civiles, contra la guerra, contra la fabricación de minas antipersona, etc.) es a ser más consciente de lo que le ocurre a la gente en el resto del mundo como resultado de las políticas de los Estados Unidos; y que no se le olvidaba una anécdota que le ocurrió a un amigo suyo que siempre estaba criticando al país: en cierta ocasión le sugirieron que si tan mal le parecía, podía irse a vivir a otro lugar, a lo que él respondió que eso sería todavía peor, pues donde quiera que fuera sufriría la política exterior de los Estados Unidos.

Por otro lado, Zinn aclaraba que el cambio de verdad no iba a llegar votando, algo que sabía que nos cuesta mucho entender dado que hemos crecido escuchando repetidamente que la democracia consiste precisamente en eso, y que el mayor acto de ciudadanía no es otro que el de depositar una papeleta cada dos o cuatro años e irse a casa para dejar que otros se ocupen de todo. Los cambios, advertía, ocurren cuando la gente se une, cuando los ciudadanos se organizan y se arriesgan. Así es como se puso fin a la esclavitud y posteriormente a la segregación: con la presión ejercida en la calle, después de que muchas personas fueran golpeadas, arrestadas y asesinadas. Otro tanto puede decirse del movimiento de los trabajadores para conseguir la jornada laboral de 8 horas diarias; no fue una concesión de los amables empleadores ni una iniciativa gubernamental: se logró yendo a la huelga. Lo mismo vale para la conciencia feminista alcanzada o para la mejora de las condiciones de los discapacitados: el gobierno no hizo nada hasta que se vio forzado por la presión popular.

Desde el gobierno siempre nos dicen que tenemos que utilizar los canales pero, explicaba Zinn, esos supuestos canales no son más que laberintos en los que nos invitan a perdernos: no es difícil comprobar que, históricamente, solo han funcionado cuando la gente se ha organizado y ha provocado cierta conmoción. Y entonces recordaba que cuando alguien le pidió a Garrison que fuera un poco más moderado, este respondió: "señor, la esclavitud no será abolida sin entusiasmo, un entusiasmo desbordante".

Sobre las posibilidades para nuevas movilizaciones, el profesor no tenía dudas: "están ahí, agazapadas en el sentido común, por eso no debemos confundir el silencio con la indiferencia". Y volviendo sobre lo aprendido en el sur a finales de los 50, terminaba algunas de sus conferencias: "...allí donde aparentemente no estaba pasando nada, donde todo parecía tranquilo, se fue fraguando la indignación de la gente... A lo largo de la historia hay momentos, no se sabe muy bien cuándo, en los que las cosas empiezan a cambiar y surge un movimiento social (contra la Guerra del Vietnam, contra la segregación racial, por los derechos de las mujeres, de los homosexuales, etc.), pero la única manera de que ocurra es que la gente haga algo, cosas pequeñas, cosas que parece que no van a llegar a ningún lado, que no van a tener un efecto inmediato... así es como se construyen los movimientos sociales, a partir de las pequeñas acciones de mucha gente que finalmente se une".

Para la escritura de esta entrada me he basado en la conferencia de Howard Zinn titulada "The Interpretation of History", grabada a principios de 1997 en Northfield, MN, y en la que he encontrado muchos de los argumentos que se repiten en algunas otras intervenciones del autor, que pueden accederse a través de Democracy Now aquí.

Imagen. Obra del artista chileno Yaikel titulada "Colonization".