30.10.13

De pirámides, jerarquías y otras (malas) hierbas

De pirámides, jerarquías y otras (malas) hierbas

Por Edgardo Civallero

Un congreso académico, en algún sitio, algún año de este milenio recién estrenado que ya huele a viejo (o a podrido. O a ambos...). Pasillo y coffee break, ridículo anglicismo para la "pausa para el café" de toda la vida. La gente, harta de escuchar presentaciones que les dicen más bien poco tirando a nada, entabla animada charla con el vecino más a mano. Se habla sobre cualquier cosa que no sea la temática del congreso, la cual, por cierto, ya ha sido olvidada por la mitad más uno de los asistentes. Cosas que pasan.

― Sin jerarquías y estructuras de poder, nuestra sociedad se vendría abajo ― me espeta uno al que no había visto en mi vida y que, al parecer, ha leído alguno de mis textos anarquistas. Me habla como si mi vida y mi bienestar futuro dependieran de que comprendiese bien ese concepto: la organización vertical es esencial para nuestra supervivencia como especie.

El caso es que, cuanto más vivo, más aprendo, más averiguo y más conozco, más ganas tengo de que esta sociedad se derrumbe, y más me esfuerzo por hacerlo posible. Lucho para levantarme una mañana de estas y poder enterarme de que finalmente la condenada estructura de clases, de niveles, de estatus y de diferencias se desplomó estruendosamente para no volver a levantarse jamás. Esa sería una buena mañana. Una mañana estupenda.

Pero no digo nada de esto a mi interlocutor, básicamente porque no comprendería ni una sola palabra. A veces los problemas de comunicación entre personas no se deben a que no sabemos expresarnos correctamente o a que no utilizamos los sustantivos y verbos adecuados, sino a que vivimos en universos distintos con categorías diferentes e ideas diametralmente opuestas sobre un mismo concepto. Y así, evidentemente, no ha quien se entienda.

― Pero... ― empiezo a decir.

― No-no-no-no-nooo... No hay "pero" que valga, amigo... ¿Se imagina usted una sociedad en la que todos tengamos el mismo poder?

"No solo la imagino. Lucho por esa sociedad", pienso, pero no abro la boca, sobre todo porque escuchar más de dos "noes" seguidos me produce urticaria.

― ¿Se imagina usted una sociedad sin líderes, sin dirigentes, sin autoridades, sin jefes, sin personas de prestigio? ― continúa. ― No-no-no-no-nooo... Esa gente es el sostén del entramado social. Son los que abren el camino hacia el mañana, hacia el futuro... Una sociedad sin jerarquías sería algo anti-natural.

Me ha dejado mudo. ¿Qué decir ante semejantes afirmaciones?

― Verá usted, caballero ― respondo finalmente, tras ordenar un poco mis ideas. ― Lo que yo me imagino es que un día los obreros de una fábrica desaparecen porque se dieron cuenta de que no necesitan un "superior" que los amenac... digo, que los "estimule", o que los controle. Se dieron cuenta de que pueden trabajar mucho mejor y más a gusto si se ponen de acuerdo entre ellos y se organizan en una de esas "rarezas" llamadas "cooperativas".

― ¡Eso es una utopía! ― me grita.

Supongo que mi mirada le informa de que si me vuelve a levantar la voz vamos a tener un problema, porque inmediatamente repite la frase, pero en un murmullo.

― Y al darse cuenta de esa maravillosa idea ― continúo ―, ya puesta en práctica con éxito en muchísimos sitios, los obreros deciden convertirse en ex-obreros y dejan de ir a la fábrica en donde los explotaban a diario según un modelo capitalista de manual. Y lo que yo me imagino, con el mayor detalle posible, en alta definición y con sonido Dolby stereo, es la cara del jefe llegando a la fábrica vacía y dándose cuenta de que ya no es jefe de nada; entendiendo de sopetón, de golpe y porrazo, que para ser "jefe" hacía falta que otro le diese lugar, que otro se lo permitiese y se pusiese debajo de su bota. Los peldaños de esa escalera social que usted tanto alaba, caballero, están hechos de personas. Si hay jefes en la abrillantada cima de esa escalera es porque hay subordinados que han sido pisados en el camino: personas lo suficientemente necesitadas como para verse forzadas a ponerse bajo las órdenes o los caprichos de alguien. O lo bastante estúpidas como para creer que ese es el camino del éxito, y que aunque hoy sean pateados, mañana patearán ellos. Honestamente, no me parece que esa estructura sea algo positivo. O quizás sí; quizás sea del gusto de los infelices que, para sentirse "alguien", necesitan pisotearle la cabeza a un congénere.

El otro está rojo, aunque no logro distinguir si es un "rojo-me-muero-de-vergüenza" Pantone 18-1652 Rococco Red, o un "rojo-te-quiero-cortar-en-pedacitos-chiquitos" Pantone 19-1557 Chili Pepper. Puede que la apreciación gráfica no sea importante, pero es que uno es un imprentero viejo, y hay mañas que no se pierden nunca.

― Me imagino un supermercado en el que los cajeros se borren del mapa ― prosigo. ― ¿Se imagina usted al todopoderoso jefe cobrando a los clientes, pasando los yogures con super-bifidus-activus y las pechuguitas de pollo talla XLL por el lector de código de barras? Me imagino a las grandes empresas de teléfonos, de electricidad, de aguas, sin empleados, sin oficinistas, sin mensajeros. ¿Se imagina usted a los mandamases, atendiendo llamadas en el call center o caminando casa por casa para medir los consumos?

― No le veo la gracia...

― Claro que no, porque no la tiene. No le estoy contando un chiste. No se trata de un simpático ejercicio de "¿qué pasaría si...?", o de "el mundo al revés". Lo que yo planteo es darle un soberbio mazazo en los mismísimos cimientos a nuestra sociedad de clases, y poner a todo el mundo al mismo nivel. Con las mismas oportunidades. Con las mismas responsabilidades. Con el mismo aprecio, admiración y respeto por el trabajo que haga o por su forma de vida, sea cual sea. Con el mismo sueldo. Con el mismo poder sobre su vida y su destino.

― No todos tienen las mismas capacidades ― rezonga el otro, agriado.

― No, cierto, hay zánganos que no sabrían limpiar el bidet de su casa, lavarse los calzones o freírse un huevo sin asistencia especializada. Mucho menos hacer algo productivo por esta sociedad nuestra. Pero si se refiere a que hay algunos que nacieron para organizar y otros para ser organizados, unos con estrella y otros estrellados, unos para arquitectos y otros para pastores, yo le respondo que para mí es igual un arquitecto y un pastor; uno no es más ni es menos que el otro. Cada cual se ha dedicado a lo que más le ha gustado, a lo que se sentía capaz de hacer, a lo que podía, a lo que se necesitaba. Las diferencias de estatus las puso luego esta sociedad enferma que espero ver en el piso pronto... Ya ve, caballero ― termino mi perorata. ― Me imagino todo eso y más, una enorme rebelión contra los que nos ponen collares, yugos y cepos todos los días. Y al imaginarlo soy feliz.

― ¡Eso es una utopía! ― vuelve a insistir aquel fulano, aunque en el corrillo que se ha formado en torno a nosotros veo muchas caras felices al imaginar lo que a mí me hace feliz imaginar. De modo que se da media vuelta y se marcha. Y ya era tiempo, porque el coffee break se acaba.

Durante toda la charla he estado diciendo "me imagino que ocurre esto y lo otro" cuando en realidad debería haber dicho "Hago por que suceda esto y lo otro". Hago por que ser fontanero, ingeniera, barrendera, abogado, ama de casa, actriz, labrador o futbolista sea igualmente considerado, apreciado y remunerado. Más allá de que el futbolista no me prepare el desayuno cotidiano y la ingeniera no pueda arreglarme la gotera que me está inundando el baño, todas esas ocupaciones son importantes para nuestra sociedad (me animaría a decir que algunas más que otras, pero de momento prefiere mantener el discurso igualitario) y, por ende, deben ser tratadas en igualdad de condiciones. Hago por que desaparezcan las diferencias de estatus, el "tanto tienes, tanto vales", y las pirámides sociales de "los más" y "los menos" que solo generan exclusión, agresividad, sensación de fracaso, competitividad, sueños rotos y una cultura enferma de ambición y valores podridos. Hago por que el capitalismo se desmorone y dejemos de exprimir el sudor de nuestra frente para que alguien, más arriba que nosotros en la escala vertical de importancias y títulos, amase una fortuna (haciéndonos harina a nosotros en el camino). Y hago por que saquemos a los capataces, los mandamases, los jefes y las autoridades de nuestras vidas, y los sustituyamos por equipos de coordinación, organizadores y asambleas.

Mientras tanto, a la espera de esos logros, los espíritus anarquistas e inconformistas le mostramos los dientes a las jerarquías, como hacen los perros callejeros a los que se les intenta poner un collar y que, en esa promesa de mordisco, dejan claro que ellos ni tienen dueño ni lo necesitan.