3.9.13

Lea usted...

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Por Edgardo Civallero

Revisar revistas de hace un siglo no solo permite asomarse a las noticias, narraciones, fotografías e ilustraciones de aquella época, sino también a sus anuncios publicitarios. Uno puede entonces cometer la maldad de reírse ante las "novedades" ofertadas en esas páginas en blanco y negro. Por ejemplo, la del "Foto-revólver Krauss a película en carretes de 25, 50 o 100 exposiciones", que hoy, con suerte, nos mira desde las vitrinas de algún museo, o desde una página de subastas de antigüedades (en donde, por cierto, puede alcanzar los 3000 euros).

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Uno también puede darse cuenta de que hay ciertas publicidades que parecen acompañarnos desde el minuto cero de la historia humana. Como la de este "Elixir estomacal de Sáiz de Carlos", que estaba "de venta en las principales farmacias del mundo"... y también en Serrano 30, Madrid, lugar en el que don Ramón Sáiz de Carlos instaló su laboratorio y una de las mejores farmacias de la capital española.

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O la del "Delgadose Pesqui" (del laboratorio Pesqui de San Sebastián, España), el mejor remedio para adelgazar, que "no perjudica a la salud. Sin yodo ni derivados del yodo ni thyroidina", y que se vendía "al precio de 8 pesetas el frasco".

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En algunos campos la competencia publicitaria parecía estar bastante reñida. Uno de ellos era el tecnológico...

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¿Recuerdan esas máquinas de escribir? Pues las máquinas Underwood (en la actualidad, piezas por las que los coleccionistas llegarían a matar) vendidas en España por las numerosas sucursales de don Guillermo Trúniger tenían su competencia, por ejemplo, en las máquinas Corona, que se ofrecían "al contado a 550 pesetas"... de entonces.

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En el ámbito de la fotografía, la competencia era feroz. Al foto-revólver Krauss se sumaban las máquinas Goerz, con las que "obtendrá Vd. fotografías iguales a las mejores contenidas en esta revista". Lo cual ya era decir bastante...

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Las cámaras de fotografía instantánea de Kodak (conocidas hoy como Polaroid) también buscaban su nicho. No pierdan detalle de la fotógrafa, en segundo plano de la ilustración...

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Por supuesto, no podían faltar los anuncios de automóviles. "Los automovilistas más exigentes quedan absolutamente satisfechos con el nuevo Packard Single Six, ya sea como coche para deporte, o como coche elegante de paseo. La marca Packard ha significado siempre calidad suprema de mano de obra. Este último modelo confirma su reputación, y su precio moderado, como automóvil fino, es una revelación sin precedentes". Packard dejó de producir coches en 1958. En España, los que gustasen podían acercarse al Paseo de Gracia, en Barcelona, para ver los modelos...

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¿Pensaban que no había anuncios destinados al público femenino en particular? Se equivocan. Ya Colgate hacía de las suyas por entonces.

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Si en el anterior explica que "la mujer española, siempre alegre y risueña, gusta del uso de la crema dentífrica Colgate. Ella sabe que sus dientes blancos y brillantes añaden mayor encanto a su hermosura", en el siguiente indica que "la mujer francesa, que viste con singular buen gusto, sabe que a los atractivos de su gracia y donaire debe unir los de unos dientes brillantes y perfectos".

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Pero no solo de dientes blancos y brillantes presumían las mujeres de la época, al parecer; la pulcritud era parte de su elegancia. Y si no, que se lo digan a la Perfumería Gal de Madrid, ofreciendo sus pastillas de jabón Heno de Pravia...

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Y para las mentes inquietas, publicidad de libros, generalmente iniciada con un "Lea usted..." que se ha ganado mis aplausos. Aunque viendo las temáticas que el tal "Caballero Audaz" (seudónimo del escritor y periodista José Maria Carretero Novillo) abordaba en sus novelas, dudo mucho que hubieran sido de mi gusto (por mucho que las tradujera al francés la aún importante editorial Flammarion de París).

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Tras echar un vistazo a la publicidad gráfica actual, en donde individuos deformados por patéticos retoques de Photoshop intentan vendernos, de acuerdo a estrictas "reglas de mercadotecnia", cosas inútiles sin las cuales nuestra vida estaría totalmente vacía y carente de sentido, y modelos de comportamiento orientados únicamente a mantener funcionando la máquina del capitalismo salvaje, me quedo mil veces con la publicidad de la vieja escuela de principios de siglo. Esa que no ahorraba palabras para decir las cosas, ni ocultaba sus intenciones (por despreciables que fueran) bajo melosas metáforas. Esa que aún conservaba ciertas buenas maneras en sus mensajes. Esa que, al menos, me hace sonreír cuando la leo y me permite jugar a los arqueólogos. Aunque sea sobre papel.

[Todas las imágenes han sido tomadas de un volumen encuadernado de ejemplares de 1923 de la célebre revista gráfica española de información general "La esfera" (1914-1931). El voluminoso tomo fue rescatado de un sótano semi-inundado y mohoso hacia 2003, y aún conserva, por desgracia, algunas marcas de sus desventuras, incluyendo muchas hojas onduladas por la humedad. Dado el enorme tamaño de cada hoja, fue imposible escanear las imágenes, debiendo ser fotografiadas y retocadas].