17.9.13

Jugando con las palabras

Jugando con las palabras

Por Edgardo Civallero

En algún párrafo de "Music in Aztec and Inca Territory" [Música en el territorio azteca e inca], el recientemente fallecido musicólogo estadounidense Robert Stevenson explica que una de las fuentes de información más jugosas para el etnomusicólogo (en realidad, para el estudioso de cualquier rasgo cultural de una sociedad) son los diccionarios, gramáticas, artes, vocabularios y demás textos lingüísticos. Señala Stevenson que todo rasgo de la identidad y la cultura de un pueblo se refleja, casi obligatoriamente, en sus palabras. Poniendo en práctica su aseveración, exploró incansablemente los primeros manuales y listados de voces indígenas latinoamericanas (sobre todo los de náhuatl y quechua), buscando allí nombres de instrumentos, ritmos, géneros, bailes y cantos. Con lo que halló pudo hacerse una idea preliminar (y dárnosla a sus lectores) del pasado musical de los extensos territorios antaño controlados por Tenochtitlán y Cusco.

La técnica ha sido empleada por muchísimos investigadores modernos. En América Latina, un claro ejemplo lo presenta el chileno José Pérez de Arce en el catálogo "Música en la piedra". En las disciplinas arqueo- o etno-musicológicas, la revisión de diccionarios (antiguos y modernos) puede conducirnos al encuentro de instrumentos que en la práctica han caído en el olvido o en el desuso (y que los vocabularios aún recuerdan). O a descubrir la antigüedad de alguna práctica instrumental que considerábamos relativamente moderna, o las relaciones de los bailes actuales con otros antiquísimos. O a entrever la evolución de ciertos nombres a lo largo del tiempo (si se revisan las fuentes lingüísticas ordenadas cronológicamente). O a detectar, grosso modo, cuando cierta flauta o cierta forma de cantar desaparecieron...

Gracias a estos métodos de investigación de fuentes documentales lingüísticas, los intérpretes de sikus, las famosas flautas de Pan de doble hilera del Altiplano peruano-boliviano (y alrededores) saben que el vocablo siku es de origen aymara, y que puede rastrearse al menos hasta 1612, fecha en que se imprimió el primer vocabulario escrito en esa lengua ("Vocabulario de la Lengua Aymara", Ludovico Bertonio), que incluye "sico" en su listado. Algo similar ocurre con antara (flauta de Pan de hilera simple) o wank'ara (bombo) en quechua, que aparecen ya en las primera crónicas peruanas y en el vocabulario de Diego González Holguín ("Vocabulario de la lengva general de todo el Perv llamada lengva Qquichua o del Inca", 1608).

Los problemas surgen cuando se utilizan estas fuentes para buscar las raíces y los orígenes de tal o cual término en el marco de "investigaciones" que utilizan herramientas académicas o científicas para fines burdamente chauvinistas. Lamentablemente, no sólo la musicológica, sino también buena parte de la literatura antropológica de la última mitad del siglo XX en América Latina está plagada de estos ejercicios "etimológicos" que solo han logrado crear confusión y desinformación. Sería el hipotético caso de un autor que pretenda negar el más que comprobado origen aymara del término siku y construya una explicación que roce el ridículo para darle a la palabra un origen quechua. O guaraní. O muchik. O lo que convenga al caso... El desaguisado no se limita a una mala interpretación (totalmente intencional) de las fuentes documentales: sobre esa nueva explicación etimológica se suele construir una teoría y una historia alternativas, que suelen ser aprovechadas por ciertos círculos políticos, sociales o incluso intelectuales para apoyar determinadas posiciones o reclamos.

Un caso de este tipo es el de los investigadores ecuatorianos Piedad y Alfredo Costales, que realizaron numerosas investigaciones antropológicas y musicológicas a fines del siglo pasado en todo el territorio ecuatoriano. En sus descripciones de los instrumentos musicales del área andina decidieron evitar la etimología quechua de la mayoría de ellos y buscar las raíces de los nombres en lenguas pre-incaicas ecuatorianas... o en los supuestos derivados actuales de esas lenguas. ¿El motivo? Negar la evidente impronta que dejó, en territorio de Ecuador, la conquista incaica, e intentar revivir los patrones culturales existentes antes de la llegada de las huestes de Cusco.

De esta forma, en uno de sus trabajos, "Lo indígena y lo negro" (Instituto Andino de Artes Populares, Ecuador, 1995), uno puede leer a los Costales señalando los "crasos errores" de traducción e interpretación de prácticamente todos los autores que los precedieron (desde los primeros cronistas coloniales hasta investigadores contemporáneos) y buscando las raíces de las palabras que analizan en lenguas como el chachi/cayapa o el tsáchila. Las piruetas etimológicas que efectúan son tremendas, y más tremendas aún son las explicaciones creadas para sustentar tales piruetas y negar el origen quechua-cusqueño-incaico de ciertos rasgos culturales ecuatorianos actuales.

Veamos un ejemplo (p. 68)...

Pingullo
En Chachi pingu=luciérnaga; habla de agua, culebra y luciérnaga. En Zatchilá pílno=desleírse; pilú=invierno, creciente, pozo. Todas las grafías hablan de estar destinado dicho instrumento al culto del agua. Descompuesta la grafía, expresa en Zatchilá, haber estado destinado al baño purificatorio para envolver y embalsamar a los muertos...

El término pingullo, tal y como se emplea en Ecuador, es una adaptación del quechua pinkullu, utilizado a lo largo y ancho de toda la cordillera de los Andes (y, con adaptaciones, en las áreas de selva amazónica vecinas), y que figura como "pincullo" en el diccionario de González Holguín. El instrumento ha cumplido numerosas funciones (incluyendo las ceremoniales) entre las distintas comunidades indígenas de los Andes, aunque las que señalan los Costales no se encuentran entre ellas. Uno no puede dejar de preguntarse cómo llegan los autores a las conclusiones a las que llegan. Más que buscar explicaciones en las palabras, parecen buscar palabras que sustenten sus explicaciones.

Aunque quizás el colmo de los colmos sea descubrir, gracias a los Costales, que el término "ocarina" no es una palabra de origen italiano, como señalan todos los diccionarios y enciclopedias, sino que deriva del quechua waqarina ("llorar, llanto"). Probablemente nuestros autores lo hicieran derivar del quechua porque los diccionarios chachi y tsáchila no arrojaban ningún vocablo que se pareciera...

Lamentablemente, estas prácticas no quedaron limitadas al siglo pasado. Una teoría en circulación desde hace un tiempo en el mundo folklórico andino busca negar el origen castellano de la palabra "charango" indicando que el vocablo derivaría de la combinación del término aymara, chara ("pierna") con el quechua anku ("tendón"). Dejando de lado el hecho de que sería una de las pocas (sino la única) voz andina formada por palabras de dos lenguas distintas; de que el término chara se refiere a una pierna humana (o a una de ave) y no a la pata de un animal; y de que es demasiado evidente que los que idearon esta locura buscaron voces que se asemejaran al sonido "charango", ¿cómo se explica el significado de la supuesta palabra charanku, "tendón de pierna"? Al parecer, los primeros charangos utilizarían tendones secos como cuerdas... Un hecho que, evidentemente, no aparece secundado por ninguna fuente documental.

Sirvan estos ejemplos para señalar la necesidad de una metodología crítica, consecuente y reposada en el marco de las investigaciones sobre la cultura latinoamericana. Ya ha habido demasiada improvisación (basta revisar las etimologías que intentaron explicar los topónimos del noroeste argentino a mediados del siglo XX), y demasiadas teorías dibujadas solo para responder a unos criterios interesados que pocas veces tenían algo que ver con la verdad. Estamos hablando de nuestra historia, nuestra cultura, nuestra realidad. Vale la pena realizar el "esfuerzo" de ser meridianamente serios y responsables.

Imagen. Guaman Poma de Ayala, en "Nueva Corónica y Buen Gobierno" (ca. 1615).