27.8.13

Sueños que alimentan pesadillas

Sueños que alimentan pesadillas

Por Sara Plaza

En un artículo reciente a propósito del fin de la moratoria petrolera en Yasuní ITT (Ecuador), Eduardo Gudynas sostiene que los derechos de la Naturaleza "[n]o son una concesión a las plantas y animales, o a los ambientalistas, sino que son una necesidad para poder proteger efectivamente a los pueblos y su patrimonio natural".

Hace más de tres años, con motivo de la celebración de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra (Cochabamba, Bolivia), Eduardo Galeano escribió un mensaje que finalizaba con estas palabras: "Y ojalá los sordos escuchen: los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos nombres de la misma dignidad".

Echando la vista más de siglo y medio atrás, es Karl Marx quien nos dice: "Solo el hombre social es consciente de la esencia humana de la naturaleza, pues solo entonces se le presenta esta como aquello que lo vincula a los otros seres humanos...y de este modo se convierte la naturaleza en la base de su propia existencia humana" [1].

Pero no hay manera de que lo entendamos.

En el año 2008, cuando en Ecuador se estaba discutiendo la nueva Constitución, el mencionado autor uruguayo llamó la atención sobre nuestra selectiva capacidad de asombro ante las novedades jurídicas: "Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos... Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue siendo".

Lo terrible es que en estos momentos carecemos prácticamente de capacidad de asombro y, pese a que cada vez existen más "razones locales y razones globales (de cambio climático) para yasunizar el mundo", la desyasunización de Yasuní ITT puede habernos causado frustración, malestar indignación, pero no nos ha extrañado.

Indagando un poco sobre nuestra "falta de sorpresa", y esta especie de decepción permanente en la que nos hemos instalado ante el corto recorrido de iniciativas que tratan de poner un palo en la rueda capitalista (y, quizás, echar a andar en la dirección del ecosocialismo), descubro el prólogo a "La taberna errante" de G. K. Chesterton, en el que Santiago Alba Rico señala: "El capitalismo ha convertido en pesadillas atenazadoras todos y cada uno de los sueños emancipadores del socialismo, lo que tal vez demuestra que esos sueños se habían incubado en un suelo parcialmente podrido". Una idea que vuelvo a encontrar en una conferencia suya titulada "La miseria de la abundancia", en la que explica: "Decía Michel Foucault que, al contrario que las revolucionarias, las utopías del capitalismo se hacen siempre realidad. Pero sería más exacto decir -lo que es mucho más terrible- que el capitalismo hace realidad precisamente las utopías revolucionarias, pero virándolas en maldición".

La moratoria petrolera en Yasuní tal vez no fuera un sueño emancipador del socialismo, pero no hay duda de que su fin desatará interminables pesadillas, que vendrán a sumarse a la larga lista de maldiciones que el capitalismo nos vomita después de una mala digestión (estoy pensando en la "revolución verde", por ejemplo).

Pedro Prieto, en un documento sobre la inmensa capacidad que el ser humano tiene para tropezar innumerables veces en la misma piedra apuntaba: "El planeta da signos de agotamiento y los hombres se dividen entre los pocos que dan muestras de miedo y los muchos que no quieren saber nada".

Soy de las que están asustadas.

Es indudable que tenemos serias dificultades para comprender el hecho de que si algo crece a un determinado porcentaje de manera sostenida en el tiempo, ese algo se duplicará cada cierto número de años y lo hará cada vez más rápidamente ("[e]l mayor defecto de la raza humana es nuestra falta de habilidad para comprender la función exponencial", Albert Bartlett). De otro modo no se explica que se siga apostando por un crecimiento ilimitado en un planeta con recursos y sumideros finitos. Como tampoco se entiende la indiferencia y la despreocupación de tantos, sin tener en cuenta que, como ya advirtiera Günter Anders, "[l]a capacidad humana para la acción ha superado a las capacidades emocionales, imaginativas y morales" [2], o como lo escribió en una carta: "podemos producir más de lo que somos capaces de representarnos [...] los efectos resultantes de los instrumentos que nosotros mismos hemos producido son tan grandes que ya no estamos preparados para representárnoslos. Tan grandes que ya no podemos concebirlos, tan grandes que ya no podemos hacerles frente".

Termino con una cita de un ensayo de Agnès Heller, publicado hace veinte años:
"Hay una conciencia cada vez mayor de que la tendencia hacia la cuantificación no se limita a las mercancías o a las necesidades humanas mercantilizables. Por ejemplo la naturaleza misma, o más bien nuestra visión de la naturaleza, se ha vuelto casi por completo cuantificada. Como ha señalado Hans Jonas en su libro El fenómeno de la vida, antes del triunfo de la metafísica y de la ciencia natural modernas, nuestro mundo estaba lleno de vida; la muerte, o más bien el cuerpo muerto constituían un tipo de excepción. El modelo moderno de la naturaleza es, por el contrario, completamente cuantitativo. Los modernos matematizan la naturaleza; transforman la vida en muerte. El universo mismo se convierte en una necrópolis, la ciudad inmensa (e infinita) de la materia muerta" [3].

[1] "Das mensliche Wessen der Natur ist erst da für den gesellsfatlicehn Menschen; denn erst hier ist sie für ihn da als Band mit dem Menschen, als Dasein seiner für den andren und des andren für ihn, wie als Lebenselement der menslichen Wirklichkeit, erst hier ist sie da als Grundlage seines eignen menslichen Daseins". Karl MARX, "Ökonomische-philosophische Manuskripte aus dem Jahre 1844", en Marx-Engels Werke (MEW), vol. 40, Dietz, Berlin, 1985, p. 537. Cita extraída de un artículo titulado "Igualdad, sustentabilidad y ciudadanía ecológica", escrito por Ramón Máiz.
[2] Günther Anders, “Reflexiones sobre la bomba H”, en AAVV, La soledad del hombre, Monte Ávila Eds., Caracas 1970, p. 234
[3] Cita extraída de la versión digital de "Una revisión de la teoría de las necesidades", de Ágnes Heller, traducido por Ángel Rivero Rodríguez y publicado por la Editorial Paidós en 1996.

Imagen
.