21.8.13

Mercenarios renacentistas

Lansquenetes

Por Edgardo Civallero

La Katzbalger (en alemán, literalmente, "destripagatos") era una espada renacentista corta, muy robusta, de unos 80 cms. de largo, entre uno y dos kilos de peso, y provista de una enorme guardia en forma de ocho que protegía la mano y evitaba que la hoja del enemigo se deslizase y se llevase por delante los dedos. Esos letales pedazos de metal caracterizaban a los lansquenetes; tanto, que cuando los ilustradores de la época querían representar a uno, les bastaba con agregar ese arma al retrato. Y era el último recurso de aquellos fieros soldados cuando todas sus otras posibles armas –que no eran pocas– quedaban destrozadas, carentes de munición o inutilizadas por la proximidad del enemigo.

No les faltó trabajo a esas hojas de acero durante el siglo XVI. Ni a ellas ni a sus dueños. Originalmente, allá por el siglo XV, los lansquenetes (del alemán Landsknecht, "siervo de la tierra") eran los peones que en las regiones germanas acompañaban a sus señores feudales a la guerra. Eran, por hablar claro, la carne de cañón barata de las aventuras de los nobles aburridos, y la materia prima de las tétricas alfombras de cadáveres que cubrían los viejos campos de batalla, tan abundantes en la Europa de entonces. Y en la que vino después...

Hacia fines de la centuria, sin embargo, las guerras comenzaron a cambiar de aspecto. Ya no se trataba de los enfrentamientos medievales de caballeros y huestes acompañantes, lanzas y espadas repicando sobre escudos, torres tomadas, héroes que arriesgaban sus vidas... Aquellos legendarios caballeros de los cantares trovadorescos, y sus monturas, y sus pesadas y relucientes armaduras, fueron perdiendo terreno velozmente ante los ligeros soldados campesinos y plebeyos que, sin caballo ni armadura, y provistos solo de un arco, una ballesta o una pica (o, más tarde, un arcabuz o un mosquete), derribaban al más augusto, linajudo y empenachado de los comandantes desde lejos, sin necesidad de entrar en leal lid, ni de haber nacido con sangre azul, ni de tener costosos armamentos y entrenamientos. A veces, sin siquiera despeinarse demasiado: un chicotazo de ballesta en la gorguera desde un escondrijo en los matorrales, a medio centenar de metros, y duques, marqueses y condes caían a plomo desde la silla de montar sin saber siquiera de dónde les había llegado aquella sibilante sentencia de muerte.

Las guerras cambiaban, pues. El espíritu guerrero también. Ir a combatir ya no era sólo una cuestión de honor, o de obediencia al señor de la tierra. La Edad Moderna traía, para los antiguos siervos, la posibilidad de ir a pelear por dinero, Si uno era hábil y tenía el estómago suficiente, podía cobrar una buena paga por tumbar de un chuzazo o ensartar en una pica a algún fulano con otro vestido, otro idioma y otro sombrero. O con los mismos, si hacía falta, que no estaban las cosas para andarse con remilgos. Y hubo gente que, de tanto andar por los numerosos escenarios bélicos que los buenos regentes europeos brindaron a sus súbditos durante el siglo XV, adquirió una amplia experiencia. Puede decirse que les gustaba lo que hacían –la degollina, el saqueo y demás– y encima lo hacían bien.

¿Qué más podía pedir un señor de la época, necesitado de un ejército? El Emperador del Sacro Imperio Romano, Maximiliano I, vio las posibilidades de esta gente y en 1487 los convirtió en una tropa de mercenarios profesionales, capaces de hacer frente a la más oscura y terrible pesadilla de los hombres de armas de entonces: los Reisläufer o piqueros suizos, que también vendían sus manos y sus hierros al mejor postor y que, al parecer, tenían mucha destreza, muy pocos escrúpulos y menos conciencia.

Lansquenetes
Al principio, los lansquenetes provenían de Suabia, Bavaria, Alsacia y Renania, pero luego se sumaron hombres de todos los rincones de Europa. Eran reclutados en ferias y tabernas entre los individuos con mejor reputación como soldados... o con peor reputación como personas, que era casi lo mismo. Se esperaba que fueran los más efectivos a la hora de la carnicería, y como tales se les pagaba. Lucharon, entre muchas otras, en las Guerras de Italia (1494-1559), en las Guerras de Religión de Francia (1562-1598), en la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) y en la de los Treinta Años (1618-1648). Tenían fama de traidores, de cambiar de bando por una mejor oferta, e incluso de huir del campo de batalla si la situación se les torcía. Eran peligrosos precisamente porque no cumplían códigos que no fueran los propios. Y eran muy temidos, sobre todo cuando se les daba vía libre para el saqueo (como pudo averiguar la ciudad de Roma en 1527).

Comenzaron luchando con picas muy largas en formaciones cerradas, una idea que fue copiada por los posteriores Tercios españoles. Entre los piqueros se solían colocar algunos soldados provistos de terribles Zweihänder, montantes o espadas de dos manos empleadas para quebrar las picas enemigas. Ocurrió que, de tanto luchar al lado de soldados españoles en Italia, fueron adquiriendo sus malas mañas. Los ibéricos, que eran resabidos como ellos solos, si bien gustaban de batirse en duelo a dos hierros y demás, eran más proclives al uso de ballestas y arcabuces para destrozar, desde lejos, las formaciones que les parecían demasiado densas y peligrosas. De modo que los lansquenetes incorporaron las armas de fuego, además de tropas muy móviles y juego muy sucio. Lo bueno es que ganaban las batallas. Lo malo es que lo hacían sin honor de ningún tipo, razón por la cual algunos generales del siglo XVI decidieron prescindir de sus servicios.

Eran muy reconocibles por sus ropas, que en principio copiaron de los suizos, pero que luego llevaron al extremo del anarquismo, el desaliño o el pintoresquismo, según se quiera ver (algunos autores contemporáneos llegaron de hablar de "harapos"). Vestían calzón y jubón acuchillado, camisa con mangas muy abombadas, una enorme boina plana adornada con largas plumas, coquilla y lazos para sujetar los calcetines. Cada cosa era de un color y una calidad diferentes, e incluso la misma prenda tenía varios colores porque estaba remendada con telas distintas. Sin duda, llamaban la atención. Maximiliano I les permitió usar esos ropajes y violar, con ello, todos los códigos de comportamiento militares. El Emperador aducía que bastante miserable y corta era la vida de esos fulanos como para encima andar pidiéndoles que vistieran con decoro.

Sus huestes eran seguidas por la Tross o Dross: un verdadero enjambre de comerciantes que se aprovechaban del negocio de la guerra y la rapiña, además de los vendedores de vituallas y de bebidas fuertes (sobre todo cerveza), las infaltables prostitutas, los herreros y otros trabajadores, los porteadores y buena parte de la familia de los soldados (niños pequeños inclusive). Había además muchísimas mujeres solteras que seguían a la tropa y ofrecían sus servicios como lavanderas, cocineras o costureras. Los campamentos eran, por lo general, una anárquica nube de tiendas organizadas en el centro de un círculo de carros y cañones, aunque en estadías largas se construían unas infectas chozas de paja y adobe que se alzaban entre lagunas de excrementos y orines, basurales y restos de hogueras. El caos, las peleas y las enfermedades infecciosas eran facetas características de esos campamentos, que tenían autoridades especiales para solventar conflictos puntuales (p.e. el "sargento de prostitutas") y una horca en la entrada, que hablaba a las claras del castigo que recibirían los que infringieran (demasiado) las laxas reglas en torno a las que se movía esa comunidad.

Los lansquenetes dejaron muchas historias detrás. Célebres en los anales históricos son las proezas de la "Banda Negra" de mercenarios que luchó a las órdenes de Francisco I de Francia, y que fueron destrozados en la mítica batalla de Pavía por los lansquenetes imperiales de Carlos V. Tras la muerte de éste último, las pagas comenzaron a ser menores o nulas, y las tropas de lansquenetes se fragmentaron en bandas y terminaron desapareciendo. El terror y odio que provocaban era tal que en 1534 la buena gente de Siena (Italia) les ofreció un banquete sazonado con 35 libras de veneno. La fama de duros e invencibles de la que disfrutaban se acrecentó cuando ni uno solo de los que se deleitaron con las emponzoñadas viandas murió.