9.7.13

La idílica vida del campo

Voces, voces, voces...

Por Edgardo Civallero

En algún momento del pasado –quizás muy atrás, tal vez en tiempo de los griegos– hubo un cretino citadino que se paseó por un par de senderos rurales, respiró un poco de aire campestre, escuchó el canto de un pajarito que pasaba (o no escuchó nada y disfrutó de un rato de silencio) y, absolutamente inspirado, corrió hasta su casa en la urbe a componer unos hermosos versos... Ése, ése mismo, fue el imbécil que inventó y legó a la posteridad esa aura idílica que tuvo y aún conserva (sobre todo en la ciudad) la vida campesina y el entorno rural. Esa imagen que pinta, entre flautas de caña y brisas montanas, la placidez de los segadores bamboleando sus hoces al ritmo de algún canto tradicional, el embrujo del andar del arado –bestia y hombre unidos en la apertura del vientre de la madre tierra–, el espectáculo visual de la trilla y el grano aventándose, los mil colores de las huertas y sus frutos...

Qué bonito...

En una de sus "Novelas ejemplares", el famoso "Coloquio de los perros" (1613), Miguel de Cervantes no se pudo contener y dio cuenta, con harta sorna, del engaño que suponen esas obritas literarias que tantas lindezas contaban del campo y los campesinos.

...todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que, a serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro.

Pero, a pesar de estas denuncias y de muchas otras, anteriores y posteriores (se me ocurren los muchos poetas que hablaron del lado más descarnado y cruel del trabajo del campo), la falsa ilusión de la "idílica vida campestre" ha continuado alimentándose hasta la actualidad.

Aquí me tienen, frente a un pedacito de tierra todo mío, que pretendo convertir en huerta con la sana intención de que, en algún momento (cercano, si es posible), me dé de comer.

Nótese aquí, por favor, mi abordaje totalmente interesado del asunto. Ningún campesino del pasado (o del presente), por muy conectado al espíritu de la "madre tierra" que estuviese, por muy respetuoso que fuese de los "latidos de la naturaleza" o los flujos energéticos de Gaia, cultivaba la tierra para encontrarse a sí mismo, para conectarse con su yo natural o para relajarse y ser feliz. La cultivaba para comer él, para dar de comer a su familia y para intentar vender o intercambiar los posibles excedentes y obtener así un puñado de los muchos bienes de los que carecía (desde ropa a herramientas, y desde materiales de construcción a animales). A los campesinos les iba la vida en el resultado de sus cosechas. Para ellos no era ni un juego, ni un pasatiempo, ni una moda. Y el tan mentado "respeto a/conocimiento de/conexión con la naturaleza" no estaba relacionado ni con la ética, ni con la religión ni con la espiritualidad: era un tema práctico, utilitario. Cualquier cosa que lograra que no se perdiera la cosecha, que no granizara a destiempo, que no hubiera sequía ni plagas, y que los frutos fueran abundantes, ya perteneciera al campo de la observación práctica y el sentido común o al de las creencias, los mitos, la cábala y las supersticiones, era bienvenida.

Decía, pues, que aquí estaba yo, proyectando mi huerta. "Pero, evidentemente..." empieza a gruñir mi otro yo –ese simpático personaje que vive de inquilino en mi interior, que ya he tenido el disgusto de presentarles en alguna ocasión y que tiene la buena costumbre de pincharme el globo con alguna verdad ácida cuando menos lo espero o lo deseo– "...para poder cultivar tierra, antes hace falta tenerla". Cierto. Yo soy un afortunado: soy dueño de un pedacito. Pero no todos tuvieron o tienen mi suerte. De hecho, una parte nada despreciable de las guerras, conquistas, invasiones y matanzas que ha visto la superficie de este asustado planeta que pisamos tuvieron como motivo principal el reparto de tierras. Los que tenían la tierra lo tenían todo, y los que no la tenían eran virtuales esclavos de los primeros. ¿De qué se trataba, si no, eso del feudalismo europeo? ¿El pongaje andino? ¿El latifundismo?

Acepto la observación de mi inquilino interior –¿cómo olvidarme de paisajes humanos tan terribles como el que pinta "Los santos inocentes" de Miguel Delibes?–, pero éste no se conforma y agrega una ficha. "Además, para trabajar la tierra que uno tiene, hace falta que la tierra sirva". Asiento en silencio. A no ser que uno sea un genio agrícola (haberlos, los hay), conviene tener una tierra que no sea un pedregal o un desierto, que reciba suficiente luz solar y que tenga agua cerca. Y, a ser posible, que valga para algo. Una tierra pobre puede transformarse en tierra buena, sí. Pero para lograrlo hace falta tiempo. Y si nuestro plato de comida diario depende de lo que cosechemos, tiempo no es lo que nos sobra.

"No sólo hace falta tiempo... y mucho, mucho esfuerzo" apunta mi otro yo. "Hace falta estiércol de ganado, o basura orgánica suficiente para compostar..." me indica, y tiene razón. Aún si tengo una tierra de excelente calidad, deberé abonarla cada año para reponer los nutrientes que pierda. Y para eso necesito material que no siempre es sencillo de conseguir. Yo tengo la gran fortuna de ser amigo del último pastor de ovejas de mi pueblo, que me permite limpiar el redil de su rebaño. Y también de uno de los pocos criadores de vacas que quedan, al que llevo la hierba que siego en mi finca en primavera, y que me da a cambio varios carros de estiércol de vaca. Claro que para hacer todo esto que digo hay que vivir en un lugar en donde haya este tipo de gente, hay que tener medios de desplazamiento (coche, carro) para transportar la basura, hay que disponer de tiempo para hacerlo, hay que saber cómo hacerlo (y, en ocasiones, tener el estómago para hacerlo), hay que disponer de espacio para almacenar el abono...

O bien hay que tener dinero para comprarlo todo hecho. Que no es el caso, claro.

Agito la cabeza para marear un poco a mi antipática voz interior. "Muy bien", le digo, abreviando. "Tengo la tierra, la tierra es buena, y cuenta con el abono suficiente para darle de comer cuando se agote...". "Ajá... ¿Y el agua?". Bueno, nuevamente soy afortunado. Un arroyo pasa por mi finca, y la capa freática por debajo de ella está a solo dos metros. Cuento con varios pozos, tres estanques y un buen sistema de mangueras y canales de piedra y cemento, todo lo cual costó años y años de trabajo. Riego no les faltará a mis plantas. Pero no siempre es así. Los campesinos de tierras de regadío han vivido peleándose por el agua (de hecho, hubo y aún hay "Tribunales de agua"). Para los de secano la historia es mucho peor: dependen de las lluvias. Y si las lluvias no llegan, o si llegan a destiempo, o con mucha fuerza, adiós trabajo, adiós cosecha, adiós comida del año siguiente, hola pobreza, hola hambre... He oído decir varias veces que esa gente se pasaba media vida mirando para abajo, a la tierra, y la otra media mirando para arriba, buscando y midiendo las nubes. Y aún es así, en muchas partes del mundo. Precisamente en esas partes que nos dan de comer a los que todavía no trabajamos la tierra para vivir.

"Perfecto, tengo todo, no hace falta que me preocupe de nada más", concluyo. Pero mi otro yo es un amargado insistente. "¿Ajá? ¿Acaso tienes las herramientas necesarias?". Ah, sí. Las herramientas. En algunos puntos de Europa, hasta no hace tanto, la hoja de una guadaña o la parte metálica de la azada eran los bienes más valiosos de una familia campesina. La madera se podía ir a cortar al bosque: mangos, rastrillos, horcones y palos no faltarían. Pero para cortar esa madera (y cualquier otra cosa), para roturar la tierra, para cavarla, para segar, se necesitaban piezas metálicas. Hoy en día continúa ocurriendo lo mismo: para algunos campesinos latinoamericanos, su machete es su bien más preciado. Sea donde sea, para cultivar una parcela de tierra hacen falta herramientas, Y, por muy rústicas y elementales que sean, cuestan dinero, a no ser que uno sea un carpintero-herrero que se haga sus propias cosas ("...pero para eso uno también tendría que tener materia prima y herramientas especializadas" señala el asqueroso de mi otro yo).

"Tengo todo, tengo todo, tengo todo..." repito varias veces, intentando acallar aquella voz que, de tan realista, ya es vomitiva. Pero no, no calla. "¿Sabes cómo empezar a cultivar? ¿Sabes cómo es el proceso?", me pregunta. No es una pregunta ingenua. Hasta hace nada yo era un ignorante nacido en una ciudad enorme, que no hubiera reconocido una planta de tomate ni aunque la hubiera tenido enfrente con una etiqueta de identificación. ¿Huerta? ¿Cultivo? ¿Trabajo de campo? No, no sabía nada. Vuelvo a reiterar la frase que ya parece haber anidado en mi boca: hoy por hoy, soy afortunado. Tengo cerca a gente que lleva muchos años cultivando la tierra, y que me está enseñando cómo se hace. Me enseña a romper el terrón, a quitar las malas hierbas, a rastrillar, a estercolar, a remover, a cavar los surcos, a deshierbar nuevamente, a armar los semilleros o a sembrar directamente, a limpiar las acequias y las pozas, a administrar el agua, a proteger los plantines, a curar las plantas enfermas... Gente que comparte conmigo sus semillas, algo igualmente importante en estos tiempos de copyright de seres vivos y organismos con ADNs modificados...

"Entonces estás listo" me dice, finalmente (y sospechosamente), mi odioso inquilino interior. "Síp", respondo. Y es cuando intento alzar la azada para empezar a remover la tierra e iniciar todo el proceso cuando me doy cuenta de que no bastan solo las buenas intenciones, el conocimiento, las herramientas y la suerte de una buena climatología. Mis brazos apenas si aguantan el peso de la herramienta que intento levantar. ¿Aguantará mi cuerpo, mis manos, mis piernas, este tipo de trabajo? ¿Seré capaz de hacerlo? Y no solo eso. ¿Qué ocurrirá cuando la primera granizada machaque totalmente mis plantines recién nacidos? ¿Cómo voy a reaccionar cuando, tras semanas y semanas de trabajo duro, de esfuerzo y esperanzas puestas en mi pequeña huerta, el mildeu acabe con la mitad de mis plantas y los topos, con la otra mitad? ¿Volveré a empezar? ¿Dejaré todo de lado?

"Pues ya lo averiguaremos..." repone mi otro yo, dándome por vez primera una palmada (virtual) de ánimo en la espalda. "Como tantas otras cosas que nos quedan por averiguar" agrego yo. Alzo la azada y golpeo el terrón reseco, cosido por años y años de raíces de gramillas. El trabajo de campo será todo lo que quieran. Es la base de nuestra economía, de nuestra alimentación, de nuestra cultura, de nuestra vida en sociedad, de nuestra historia. Nos pone en contacto con una parte nuestra que muchos jamás conocimos: la del trabajo físico, la de la supervivencia, la del contacto con el medio natural.

Lo único que ciertamente no es, es "idílico". Es duro. Muy, muy duro. Conviene recordarlo y tenerlo en cuenta, sobre todo en estos tiempos en que muchos ignorantes andan sueltos y hablan por el mero hecho de tener la boca puesta.

Imagen. "Campesinos plantando patatas", de Vincent Van Gogh, 1885.