16.7.13

De huertas, lagartos y miel...

De huertas, lagartos y miel...

Por Sara Plaza

–Buenos días –dijo el zorro.
–Buenos días –respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio nada.
–Estoy acá –dijo la voz- bajo el manzano...
–¿Quién eres? –dijo el principito-. Eres muy lindo...
–Soy un zorro –dijo el zorro.
–Ven a jugar conmigo –le propuso en principito–. ¡Estoy tan triste!
–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–. No estoy domesticado.
–¡Ah! Perdón –dijo el principito.

La otra tarde, nada más regresar de regar nuestra pequeña huerta, corrí a buscar mi vieja edición de El Principito. Hacia mucho tiempo que no me sentaba frente a sus hojas amarillentas pero no me costó encontrar uno de los capítulos que más veces he releído, el XXI.

La noche anterior mi padre me había contado que ese día se había acuclillado muy cerca de uno de los lagartos que se pasean entre los surcos y se acurrucan bajo las paredes de piedra de la huerta. No sabemos cuántos son exactamente. Normalmente corren a esconderse cuando nos ven llegar, pero algunas veces se muestran sumamente curiosos y permanecen un rato contemplando nuestras idas y venidas con la azada o las gomas de riego. Aquella mañana el protagonista del relato de mi padre estaba bajo uno de los cerezos, junto a la poza. Como se quedo mirándolo sin moverse, al cabo de un rato mi padre comenzó a hablarle. El lagarto siguió observándolo tranquilo. Mi padre se acordó entonces de que cuando era chico y estaban trabajando en el campo, a veces les daban algunos restos de comida a los lagartos, y también recordó que son muy golosos porque en ocasiones se metían en las colmenas para lamer el dulce manjar que rebosaba de los panales. Animado por esos recuerdos fue a buscar el tarro de la miel y una cuchara a la diminuta alacena que hay en la choza donde guardamos las herramientas, las espuertas, las botas... Al volver sobre sus pasos encontró al lagarto en el mismo lugar. De nuevo lo llamó con delicadeza mientras avanzaba despacio. Cuando tan solo los separaban un par de pasos, destapó el tarro, hundió la punta de la cuchara en él y agachándose extendió el brazo ofreciéndosela al lagarto. En los primeros minutos no pasó nada. Ni mi padre se acercó más ni el lagarto hizo ademán de retroceder. Se observaron mutuamente. Solo después de ese exhaustivo reconocimiento el lagarto se aproximó a la cuchara y sacó la lengua. Mi padre sólo dejó de dirigirle palabras amistosas cuando no pudo contener la risa después de verle morder la cuchara.

Mientras me lo contaba por la noche yo tampoco pude evitar reírme y sentí mucho no haber estado a su lado para haber compartido ese momento tan divertido.

Al día siguiente por la tarde, él estaba regando las patatas del huerto de arriba y yo remojando los tomates del de abajo cuando escuché que me llamaba. Corrí a su lado y allí estaba de nuevo el lagarto junto a la poza, bajo el cerezo. Mi padre se fue a buscar la miel y yo me mantuve inmóvil a dos o tres metros. En unos pocos minutos el lagarto estaba chupando la miel y mordiendo la cuchara. Mi alegría era inmensa y la sonrisa no me cabía en la cara. Le dije a mi padre que iba a terminar "domesticando" al lagarto, como había hecho el principito con el zorro.

Fue por eso que, de vuelta en casa, agarré el libro de Antoine de Saint-Exupéry y releí, una vez más, ese capítulo XXI...

–Adiós –dijo.
–Adiós –dijo el zorro. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
–Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a fin de acordarse.
–El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
–El tiempo que perdí por mi rosa... –dijo el principito, a fin de acordarse.
–Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
–Soy responsable de mi rosa... –repitió el principito, a fin de acordarse.

También nosotros somos responsables de nuestro lagarto, como lo somos de nuestras cerezas, nuestras patatas y nuestros tomates. El tiempo, los cuidados, y las palabras que les hemos dedicado y les dedicamos cada día hacen que unos y otras sean importantes, que nos importen.

Conocí la huerta siendo una niña. Entonces mi abuelo me llevaba de la mano para evitar que me fuese de bruces contra el suelo cada vez que tropezaba con alguna piedra del camino. Años después, fue mi padre quien me enseñó a andar campo a través a medida que se iban desdibujando las trochas de mi infancia. Hoy muchos senderos están borrados, hay demasiados huertos abandonados, se han secado multitud de árboles, la maleza cubre las paredes de piedra de las fincas, ya no se limpian las pozas ni las caceras por las que antaño corría el agua para regar... Creo que mi abuelo se restregaría los ojos, incrédulo, al no ser capaz de reconocer algunos tramos de aquel camino que recorríamos juntos. Y por eso estoy segura de que los abriría muchísimo al comprobar que en medio de tanto abandono, de tanto deterioro y dejadez, su vieja huerta no solo sigue en pie sino que ha parido nuevos surcos que albergan un pequeño universo de hortalizas, y son un hervidero de criaturas que, al tiempo que saltan, se arrastran y revolotean entre ellos, parecen dispuestos a dejarse domesticar.