30.7.13

Aclararse la mirada en un mundo que oscurece

Aclararse la mirada en un mundo que oscurece

Por Sara Plaza

Jorge Riechmann escribía hace unos días en su cuaderno de notas:

Quizá la pregunta política básica de nuestra época sea: ¿podemos hacer otra cosa que fundar monasterios? ("Fundar monasterios", en un sentido no confesional, quiere decir construir comunidades de base potencialmente capaces de atravesar la Edad Oscura que viene, preservando valores humanistas y transmitiendo lo más valioso de la cultura.) Yo difundo desde hace tiempo la consigna —sólo a medias humorística— de fundar monasterios marxistas. Lo formulé en algún poema:
Mis amigos se ríen / cuando les cuento lo que me va pareciendo / nuestro último camino expedito: / FMM(M) // Quiero decir / fundar monasterios marxistas (mixtos, eso sí, / y antipatriarcales: la primera autoridad / sería siempre una abadesa). // Luego lo piensan dos veces / y ya se ríen menos.

Sobre esa "Edad Oscura", el mismo autor, casi un año atrás, explicaba en un artículo titulado ¿Pueden un socialista o una comunista del siglo XXI no ser vegetarianos?:

Usted no se cree que dos siglos después de Malthus el mundo esté al borde de una crisis maltusiana. Usted no se cree que cientos de millones de personas —si no miles de millones— estén en peligro. Usted no se cree que vayamos hacia una nueva "Edad Oscura". Usted no se cree que las conquistas que más apreciamos en eso que llamamos "civilización" puedan tener los días contados. Usted no se cree que extensas zonas del planeta puedan tornarse inhabitables. Usted no se cree que las guerras climáticas y otras formas "nuevas" de violencia puedan hacer del mundo un lugar donde muchísima gente deseará no haber nacido. Y como no se lo cree, usted —la mayoría social— sigue instalado en la denegación, y no actúa, tratando de aprovechar los menguantes márgenes de acción de los que aún disponemos.

Y aclaraba en una nota a pie de página:

Para los historiadores se ha convertido en un lugar común hablar de la "era de la catástrofe" para referirse a ese tramo de la historia del siglo XX que va de 1914 a 1945. (En lo cual, por cierto, no deja de evidenciarse cierto eurocentrismo; para apreciarlo puede uno asomarse a Davis, 2006). Pero quizá, de forma menos llamativa, hemos estado incubando otra "era de la catástrofe" desde hace más de tres decenios: desde 1980 aproximadamente. Yo diría que esta terrible incubación se debe al rechazo a hacer frente a un acontecimiento de dimensiones epocales que, sin embargo, estaba bien identificado desde la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX. Este rechazo, desde 1980 aproximadamente, cobra la forma de una activa negación de realidades sin embargo patentes y bien documentadas. La cultura dominante (primero en Gran Bretaña y EEUU, luego en muchos más países del planeta), cultura que —para abreviar— podemos llamar pensamiento único neoliberal, se convierte en "negacionista" más allá de la cuestión del calentamiento climático: alimenta una activa denegación de todo lo que tiene que ver con límites biofísicos que puedan constreñir las actividades humanas, y especialmente limitar el crecimiento económico. Por eso, al período histórico que se inició hacia 1980 podemos llamarlo la Era de la Denegación.

Soy de las que creen que, en efecto, vamos hacia una "Edad Oscura", y que el deterioro ecológico, social, político, económico y cultural crece a una velocidad cada vez mayor. Hace algunos años que estoy más o menos familiarizada con informes, ensayos, libros y documentales en los que sus autores (con saberes y conocimientos muy diversos, de dentro y fuera de la academia) nos advierten del precipicio hacia el que marchamos. También llevo tiempo leyendo y escuchado con atención sobre transiciones posibles, cambio de modelo, sostenibilidad, decrecimiento, buen vivir, ecosocialismo, ecofeminismo... Y en ese intento de aprender y comprender, de ser consciente de que globalmente hemos sobrepasado los límites del crecimiento, de que seguir aumentando el PIB (y, por tanto, el consumo energético y de recursos) es inviable en un mundo finito y conduce al colapso, de que manteniendo un sistema de desarrollo insostenible estamos disminuyendo nuestra capacidad de satisfacer las necesidades humanas básicas y que, por lo tanto, debemos introducir cambios radicales para torcer esta trayectoria suicida, he ido poco a poco resituándome, redefiniendo nociones como "progreso", "desarrollo" o "prosperidad", así como "sencillez", "lentitud" o "imperfección", modificando hábitos de conducta y consumo, enfrentándome a numerosas contradicciones dentro de mí y a las todavía más numerosas críticas (implícitas y explícitas) y el rechazo generalizado que muchos de esos cambios provocan.

Si, como afirma el autor antes mencionado, [p]ara transformar la realidad, el primer paso suele ser aprender a verla con una mirada nueva (y ser capaces de mostrarla a los demás bajo esa luz), mucho me temo que "comunicar mejor" se vuelve un imperativo para lograr que la mayoría de la gente, al ver un gran automóvil, piense en la contaminación que produce y no en el status social que representa.

Esta ingente y lenta labor pedagógica en la "Era de la Denegación" no puede desentenderse de la praxis, y ésta no puede olvidar que, como explica David Harvey «[e]l capitalismo vino al mundo, como Marx dijo una vez, bañado en sangre y fuego. Aunque sería posible hacer un trabajo mejor para salir de él que aquel que hiciéramos cuando entramos en él, las probabilidades están fuertemente en contra de cualquier pasaje puramente pacífico a la tierra prometida».

De ahí que la propuesta de Riechmann de fundar monasterios marxistas mixtos quizás resulte cada vez menos descabellada, al comprobar que ante las dimensiones del desastre, ya no es cierto, como escribía en otro de sus poemas, que [p]ara quebrar el orden criminal / instituido y hacerlo saltar por los aires sin esfuerzo / basta con rezagarse, errar, ir muy despacio.