4.6.13

Celebrar la tierra, la vida y la alegría

Celebrar la tierra, la vida y la alegría

Por Sara Plaza

Lenta pero viene. Despacio, muy despacio se va aproximando. Avanza dubitativa y amaga con volver sobre sus pasos. En la estela de la tormenta aparece un rayito de sol. Al caer la tarde chillan enloquecidos los mirlos. Cada mañana pare un arco iris y siguen encogiéndose las noches.

Diga lo que diga el calendario, en esta esquinita del mundo recién estamos estrenando la primavera. Aún queda nieve en las cimas de las montañas, pero el cauce de los arroyos empieza a disminuir poco a poco, y ya no brillan los espejos de agua sobre las piedras. Los caminos huelen a cantueso, a retama y a tomillo. Un mar verde se extiende a ambos lados de la carretera y por encima de los muros asoman las lilas.

Llega tarde y marcha enseguida. Por eso, como la protagonista de la historia I’m in charge of celebrations de la autora estadounidense Byrd Baylor, me encargo de celebrar su estancia fugaz recorriendo mis trochas favoritas. Mis otras celebraciones incluyen hacer pequeños ramos de flores silvestres, acariciar la hierba, los troncos de los árboles y las hojas recién nacidas; observar el trajín de las hormigas, las carreras de las lagartijas, los equilibrios de los verdecillos en las ramas más altas de los fresnos; escuchar los arroyos, el canto del cuco y el crotoreo de las cigüeñas; remover la tierra con la azada, abonarla, cavar surcos, sembrar y arropar los plantines con ramitas de jara para que no tiriten de frío bajo la lluvia en forma de escarcha y granizo.

La anfitriona de las celebraciones en el libro de Baylor lo contaba así:

He dejado mi Celebración de Año Nuevo para el final.

La mía es un poco diferente de la de la mayoría de las personas.

Es en primavera.

Para ser sincera, nunca me gustó que mi nuevo año comenzara el 1 de enero.

Para mí, ese es otro día de invierno cualquiera.

Yo dejo que mi año empiece cuando termina el invierno y amanece más temprano, como debería ser.

Es cuando me apetece empezar de nuevo.

Espero hasta que las palomas blancas regresan de México, y las flores silvestres cubren las colinas y florecen mis cactus favoritos.

Me recuerda que yo también tengo que florecer.

Y es entonces cuando comienzo a planear mi Celebración de Año Nuevo.

Tengo que elegir el día perfecto.

Incluso el aire tiene que ser perfecto, y la tierra estar caliente bajo mis pies descalzos.

(Generalmente, es un domingo a finales del mes de abril.)

Tengo un tambor que toco para indicar que ha llegado El Día.

Luego me voy a andar por ahí, siguiendo todos mis senderos favoritos hasta todos los lugares que me gustan.

Compruebo cómo está todo.

Paso el día admirando cosas.

Si la vieja tortuga del desierto que conozco del año pasado anda por ahí, la sigo un rato.

Festejo con los falsos camaleones y los cuervos y los lagartos y la codorniz…

No es una mala fiesta.

Caminando de vuelta a casa (tarareando), algunas veces pienso en esa gente que me pregunta si me siento sola aquí.

No puedo evitar reírme a carcajadas.

No lo puede evitar porque no entiende que la gente le pregunte todo el tiempo si no se siente sola viviendo rodeada de desierto. Y no lo entiende porque ahí están "las quebradas y los nidos de los halcones en los riscos y las sendas de los coyotes que serpentean entre las colinas", y también los diablos del polvo, y las liebres contemplando arco iris triples, y las nubes verdes con forma de cotorra, y las estrellas fugaces enloqueciendo el firmamento... Ella es la encargada de anotar en un cuaderno esos momentos de los que no se tiene que olvidar y que merecen una celebración. Y aclara: "Se sabe que algo merece una celebración porque el corazón te late con fuerza, y te sientes como si estuvieras en lo alto de una montaña y al aguantar la respiración estuvieras respirando una clase nueva de aire".

Yo también tengo un cuaderno en el que año tras año voy escribiendo los distintos pasos de mi andar arañando la tierra. Y cada vez que una semilla germina y asoma en el surco una planta nueva, siento algo parecido y me entran unas enormes ganas de reír.

Imagen. "The Vegetable Garden with Donkey" del artista Joan Miró.