14.5.13

¡Viva el rey, mueran los vizcaínos!

Viva el rey, mueran los vizcaínos

Por Edgardo Civallero

La "Guerra de vicuñas y vascongados" fue un enconado conflicto civil que se desarrolló en el área de la antigua Villa Imperial de Potosí (Alto Perú, en el Virreinato del Perú, actual Bolivia) entre junio de 1622 y marzo de 1625. El choque enfrentó a los colonos vascos ("vascuences", "vascongados", "vizcaínos") de Potosí con el resto de la población europea de la ciudad (los "vicuñas"), especialmente con los demás peninsulares y con ciertos sectores criollos (descendientes de españoles nacidos en las colonias de América).

Las biografías de los numerosos personajes que participaron en este juego de intrigas y sangre, así como los actos indecibles que llevaron a cabo, narrados en el sabroso castellano de la época, son algo verdaderamente digno de leer. Dejaré aquí, pues, sólo un breve resumen, que haga de "preludio" para aquellos interesados en recorrer las páginas de la historia completa.

El historiador boliviano Alberto Crespo señala, en su libro "La guerra entre vicuñas y vascongados", que "de todos los grupos regionales de España, es seguramente éste [el de los vascos] uno de los más inclinados al trabajo y perseverante en sus esfuerzos... En Potosí puso las bases de la industria minera, porque poseía ya una vasta experiencia en ese trabajo". La Villa Imperial, fundada en 1545 en torno a las riquezas minerales del llamado Sumaq Orqo o "Cerro Rico" (enorme depósito natural de plata y estaño), era, para principios del siglo XVII, un verdadero hervidero de gente. En aquel ambiente efervescente, los colonos vascos formaban un lobby reducido pero extremadamente poderoso, que manejaba las principales minas e ingenios de plata y cuyos miembros tenían tantos recursos y contactos en la administración colonial que, en la práctica, podían actuar como dueños y señores, a su entero antojo.

Esa relativa impunidad, unido a que eran personas de carácter orgulloso, algo prepotentes y con escasos escrúpulos (además de ser muy trabajadoras y emprendedoras y gozar de un elevado nivel económico y social), les ganó pronto la animadversión del resto de la población, desde los mitayos indígenas y los esclavos negros hasta sus propios coterráneos ibéricos. Además de codiciosos y arrogantes, sus convecinos los consideraban "mercachifles", un término con el que en aquel entonces se expresaba el enorme desprecio que sentía buena parte de la sociedad colonial hacia personas dedicadas en cuerpo y alma al comercio, a los negocios y al "vil metal". Poco les importaba tal opinión a los vascos, gente que, por sobre todas las cosas, era muy práctica; como explicó uno de ellos con meridiana claridad, "él no había venido a las Indias a buscar honra, que harta la tenía, sino a buscar dineros, que era la honra que quería".

Amén de los vascos, el nombre de Potosí (según señala Crespo) había atraído a "un mundo de aventureros, antiguos soldados sin ocupación ahora que la tierra estaba sometida y había concluido la etapa de los descubrimientos [hacia 1620]; vagos y buscavidas; hombres que habrían conquistado un reino a la cabeza de cien soldados, pero que eran incapaces de descubrir una veta [en el Cerro Rico] y más aún de trabajarla; truhanes y pícaros. Al lado del minero que pugnaba por convertirse en noble, convivía el fraile azuzador a la revuelta o el espadachín sin otro afán que probar su destreza para las armas adquirida en Flandes o en Italia". Estos "espadachines", muy abundantes, eran los llamados "soldados", individuos que no siempre habían tenido un pasado militar y que vagabundeaban por las callejas potosinas (como lo hacían en muchos otros puntos del Viejo y del Nuevo Mundo por aquellos años) con los naipes en una mano y el acero en la otra, haciendo de tahúres, fulleros, buscapleitos o proxenetas, según cuadrara. Solían ser peninsulares (sobre todo andaluces, extremeños y manchegos, aunque también había algunos castellano-leoneses y gallegos) o mestizos que no gustaban del trabajo duro de las minas o los de la metalurgia asociada a ellas, pero que sí hubieran gustado de los buenos beneficios de ese trabajo. Unos beneficios que, evidentemente, apenas si veían. Vivían, pues, renegando y blasfemando por sentirse "excluidos" de las riquezas del Cerro; según ellos, tales riquezas habían sido "expoliadas" por quienes las explotaban... es decir, por los vascos.

Al parecer, estos buenos "soldados" preferían las ganancias fáciles y los golpes de suerte, esos que habían favorecido tanto a los españoles en los primeros años del descubrimiento del Cerro. Por mero contraste, estos "desposeídos" (o vagos redomados, según se quiera mirar) no tardaron en ver a los vascos como el prototipo de "rico a envidiar y/o detestar". A esta tropa de aventureros se sumaron los criollos y los mestizos, que se sentían menospreciados por los vascos (probablemente con razón, dada la proverbial arrogancia de los vizcaínos, unida a un carácter duro y a una por lo general "imponente" presencia física).

En la primavera de 1622, los enojos contra los vascos, que en otras ocasiones se habían resuelto con despellejes de corrillo callejero, gritos airados y encendidas soflamas públicas, se convirtieron en una verdadera conjura para expulsarlos de la Villa. Vivos o muertos. Decía un texto de la época que no había justicia que osase nada contra los vascongados, "ni castellano que se atreviese a sacar espada contra vizcaíno sino con muy gran riesgo". Ante tal panorama, probablemente habría que actuar con nocturnidad y mucha alevosía. Y sacarlos de la ciudad con los pies por delante.

En la "Relación de los alborotos de Potosí" (una carta fechada el 23 de noviembre de 1623 y enviada por los vascos potosinos a sus provincias natales del norte de España) se resume la historia del conflicto. "Ya veis que los vizcaínos tienen usurpada la plata del Cerro, y los más de ellos son azogueros que a costa de los indios peruanos la han adquirido; quitadles las piñas [de plata], joyas y haciendas, y repártase todo entre los que ayudaren a la expulsión". Esa fue la proclama de los que estaban hastiados. Cierto es que el sector más "popular" (los "soldados") pudieron recibir el acicate de algunos peninsulares pudientes de Potosí, en franca competencia económica con los vascos, aunque sin tanto poder e influencias como ellos. Esos eran los primeros que querían verlos fuera de la ciudad. Fuera del Alto Perú. Fuera del Virreinato, si era posible.

En fin... Reunidos los enemigos de los vascongados en un único contingente, "dispuesto lo más necesario, acordaron que todos se llamasen castellanos, aunque eran de diferentes naciones. Acordaron también de ponerse todos sombreros de lana de vicuña de la más encendida y cintas nácares por divisa con flecos de la misma lana delgadamente hilada para conocerse. Por estos sombreros los llamaron vicuñas".

Probablemente, lo único que confería cierta unidad a los "vicuñas" era el sombrerito de marras y su grito de "¡Viva el rey, mueran los vizcaínos!". Pues, a decir de los cronistas, esta buena gente pronto tuvo que atender numerosas riñas internas (por ejemplo, quién comandaría la conjura) que los llevaron incluso a matarse entre sí. Mientras tanto, los vascos se mofaban de ellos, llamándolos "moros blancos" (a los andaluces), "judíos traidores" (a los extremeños) y "mestizos bárbaros" (a los criollos), entre otras lindezas de similar cariz.

Finalmente, la contienda empezó. Y lo hizo con la ejecución de un valentón vasco, Juan de Urbieta, asesino impune que vivía bajo la protección del poderoso señor de Oyamune. A su puerta precisamente apareció su cadáver, acribillado a estocadas, la mañana del 8 de junio de 1622. Aquel era un mensaje claro. Los ánimos se caldearon, una cosa llevó a la otra, y así se desarrolló una seguidilla de crímenes, ataques y atentados cruzados, cada vez más brutales, y cada vez menos "disimulados".

En corto número (no superaban el centenar en total), asediados por todas partes, y ante la muerte natural de su líder, Domingo de Berazategui, muchos vascongados decidieron desplazarse a la cercana La Plata (actual Sucre), mientras que los pocos que se quedaron en Potosí se pusieron a las órdenes de Pedro de Berazategui, hermano de Domingo.

Entre sitios a enormes casas coloniales provistas de arsenales y armerías propias, batallas campales a base de arcabuzazos, intercepción de correos y de mensajes cifrados, contraseñas en euskera, encerronas y puñales en alto, amoríos, traiciones y otras historias ambientadas en las callejas oscuras de la rica Villa, 1623 vio la llegada de un nuevo corregidor, don Felipe Manrique. El hombre, un tremendo corrupto por naturaleza, logró que los "vicuñas" terminaran por abandonar Potosí y que los vascos se reapropiaran de la ciudad. Sin embargo, a finales de ese año recomenzaron los ataques de los "vicuñas", cada vez más virulentos, y los vascongados, espantados, se vieron forzados a huir. El ensañado asesinato del vizcaíno Juan Fernández de Oquendo, destrozado a cuchilladas a finales de 1623, hizo que toda la comunidad vasca del virreinato se uniera y enviara un reclamo unánime a sus comunidades de origen en el norte de España y al propio monarca español, a la sazón Felipe IV. El entonces virrey del Perú, Diego Fernández de Córdoba, tomó cartas en el asunto y logró el ajusticiamiento de 40 líderes "vicuñas" entre 1624 y 1625. El conflicto se fue apagando, no solo por los ejemplarizantes castigos, sino por el propio agotamiento de ambas facciones, de modo que se cerraron las hostilidades con un tratado y el casamiento de la hija del señor de Oyanume y el hijo de Castillo, uno de los capitanes "vicuñas" sobrevivientes.

En abril de 1625, un real decreto perdonaba a todos los "vicuñas", excepto a los que hubieran cometido delitos de sangre. A pesar de tantas paces y perdones, en los años siguientes algunos "vicuñas" continuaron cometiendo actos de vandalismo contra los vascos, y el odio entre ambos grupos duraría un siglo entero.

El 15 de marzo de 1626, los ingenios de plata de Potosí fueron destruidos por una violenta e inesperada inundación. El evento fue interpretado por muchos como un castigo divino por toda la violencia derrochada y la sangre derramada gratuitamente durante los años anteriores.

Libro. "La guerra entre vicuñas y vascongados", por Alberto Crespo.
Libro. "Potosí: Andanzas de un navarro en la guerra de las naciones", por José Mari Esparza Zabalegi.
Libro. "El espíritu emprendedor de los vascos", por Alfonso de Otazu y José Ramón Díaz de Durana.
Artículo. "La 'nación vascongada' y sus luchas en el Potosí del siglo XVII. Fuentes de estudio y estado de la cuestión", por Jurgi Kintana Goiriena. En Anuario de Estudios Americanos, tomo LIX, 1, 2002 (pp. 287-310).

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