21.5.13

Ecología oscura

Ecología oscura

Buscando certezas en un mundo post-verde

Por Paul Kingsnorth. Traducido por Sara Plaza

La siguiente entrada es parte de un artículo de Paul Kingsnorth, traducido del inglés por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor. Puede descargarse el texto completo aquí.

Todos los veranos dicto cursos de guadaña en el norte de Inglaterra y en Escocia. Enseño las destrezas que he ido adquiriendo durante los cinco o seis años que llevo usando esta herramienta a gente que nunca la ha utilizado antes. En sentido general, quizás sea una de las cosas más gratificantes que hago, aparte de ser padre (y segar con guadaña es más fácil que ser padre). Escribir también es gratificante, intelectual y a veces emocionalmente, pero físicamente es extenuante y aburrido: horas delante del ordenador o garabateando notas en papel, o leyendo y pensando o intentando pensar.

Segar con una guadaña acalla el parloteo del cerebro por un rato, o al menos el de su parte racional, dejando que solo la parte primitiva, la conciencia intuitiva del reptil, trabaje plenamente. Manejar correctamente una guadaña es una meditación: tu cuerpo a tono con la herramienta, la herramienta a tono con la tierra. Te concentras sin pensar, sigues la disposición del terreno con la hoja, sabes lo afilada que está, puedes oír los pájaros, ver cosas moviéndose entre la hierba por delante de ti. Todo está conectado con todo lo demás, y si no es así no funciona. La punta de la hoja se atasca en el suelo, mellas el filo contra una topera que no viste, te da un tirón en la espalda, te cortas el dedo afilando. Poner atención –atención relajada– es la clave para segar bien. Tolstoi, que obviamente escribía desde la experiencia, lo explicaba en Anna Karenina:

Cuanto más segaba Levin, más frecuentes eran esos momentos en que se olvidaba de todo. Entonces parecía como si no fueran los brazos los que movían la guadaña, sino ésta la que arrastraba ese cuerpo lleno de vida y consciente de sí mismo; sin pensar siquiera, como por arte de magia, el trabajo se iba realizando como por sí solo, y además con la mayor precisión y exactitud. Eran los momentos de mayor satisfacción

La gente viene a mis cursos por motivos muy distintos, pero la mayoría quieren aprender a usar la herramienta por cuestiones prácticas. A veces se trata de administradores de reservas naturales o campos de golf. Algunas personas quieren tener bajo control la juncia, las ortigas o las zarzas en sus fincas o jardines, o eliminar la gramilla de sus parcelas. Otras quieren recortar el pasto o los bordes. Este año también voy a dar algunos cursos para personas con enfermedad mental, utilizando las herramientas para ayudarles a involucrarse en un trabajo práctico y relajante.

No obstante, la reacción de la mayoría de la gente cuando les digo que soy profesor de guadaña sigue siendo la misma: incredulidad o risa, o interés cortés, normalmente encubriendo una sensación de que se trata de algo pintoresco y bastante tonto, que apenas tiene cabida en el mundo actual. Después de todo, tenemos bordeadoras y cortadores de césped, que son más ruidosos que las guadañas y tienen botones y gastan electricidad y combustible y por lo tanto deben ser mucho mejores, ¿o no?

Ahora bien, yo diría eso, por supuesto, pero no, no es cierto. Desde luego que si uno tiene un campo de cinco acres y quiere cortar heno o forraje, lo hará mucho más rápido (aunque no necesariamente de manera más eficiente) con una segadora acoplada a un tractor que con una cuadrilla de segadores, que era como se hacía hasta los años cincuenta. Sin embargo, a escala humana, la supremacía de la guadaña es indiscutible.

Por ejemplo, entre las personas a las que enseño, son cada vez más las que buscan una alternativa a la desbrozadora. Una desbrozadora es básicamente una guadaña mecánica. Es una máquina que pesa mucho, hay que manejarla con ambas manos y quien lo hace tiene que disfrazarse de Darth Vader para ir cortando la hierba con movimientos de vaivén. Ruge como una moto, escupe humo, y su dieta habitual se basa en combustibles fósiles. Va dando hachazos a la hierba en lugar de cortarla limpiamente, como hace el filo de la guadaña. Es más engorrosa, más peligrosa, no tan rápida y mucho menos agradable de usar que la herramienta a la que reemplaza. Y, sin embargo, se la utiliza en todas partes: en los bordes de las carreteras, en parques, incluso, ¡por todos los cielos!, en reservas naturales. Es horrible, torpe, desagradable, ruidosa e ineficaz. Entonces, ¿por qué la usan, y por qué se siguen riendo de la guadaña?

Hacer la pregunta en esos términos es no entender bien lo que pasa. Las desbrozadoras no se utilizan en lugar de las guadañas porque sean mejores; se las utiliza porque su uso está condicionado por nuestras actitudes hacia la tecnología. Su desempeño no es el punto, tampoco su eficiencia. El punto es la teología: la teología de la complejidad. El mito del progreso manifestado en forma de herramienta. El plástico es mejor que la madera. Las partes móviles son mejores que las fijas. Las cosas ruidosas son mejores que las silenciosas. Las complicadas, mejores que las sencillas. Las nuevas, mejores que las viejas. Todos creemos eso, nos guste o no. Es así como nos han educado.

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