9.4.13

Jugando, jugando el cuento se fue armando

Jugando, jugando el cuento se fue armando

Por Sara Plaza

Sobre su libro Niña Bonita (Caracas: Ekaré, 1994), ilustrado por la artista venezolana Rosana Faría, la escritora brasileña Ana María Machado escribía en Buenas palabras, malas palabras (Buenos Aires: Sudamericana, 1998) lo siguiente:

Este libro, para mí, surgió de un juego con mi hija, nacida de un segundo matrimonio. Su padre, de ascendencia italiana, es mucho más blanco que yo y que mi primer marido. Mis dos hijos mayores, Rodrigo y Pedro, como yo, son más morochos que Luisa. Cuando ella nació le regalaron un conejito de peluche. Luisa a los diez meses casi no tenía cabello y yo acostumbraba a ponerle una moñita en la cabeza al salir de paseo, para que no la confundieran con un varón. Como era muy blanca, jugaba con ella, haciéndola reír con el conejito que le hacía cosquillas en la barriga y le preguntaba con voz cómica: "Menina bonita do laço de fita, ¿cuál es tu secreto para ser tan blanquita?" Y con otra voz mientras ella reía, sus hermanos y yo contestábamos lo que se nos ocurría: es porque me caí en la leche, porque comí demasiado arroz, porque mi hermano me fregó con pasta de dientes, porque me echaron demasiado talco, porque me pinté con tiza, etcétera. Al fin, con otra voz más gruesa, yo decía algo como: "No, no, nada de eso. Fue su abuela italiana que le dio carne y hueso...". Sus hermanos reían mucho, ella reía y era divertido. Un día oyendo eso, su papá que es músico, dijo que teníamos casi lista una canción con ese juego. O un cuento que yo debía escribir.

Decidí hacerlo. Pero me pareció que el tema de la niña linda y rubia, Blancanieves, ya estaba muy trillado, y además no tenía que ver con mi entorno en Brasil. La transformé en una negrita, hice los cambios necesarios, la tinta negra, las uvas negras, el café y los frijoles negros, etcétera.

Sobre los dibujos que acompañaban la historia, contaba su ilustradora:

Cuando yo conocí a Ana María Machado me dijo yo quiero que este personaje sea la respuesta tropical a la Cenicienta, a la Blancanieves y a todas las rubias que conforman el panorama de las heroínas y de la belleza...

El lápiz negro fue el instrumento que me permitió llevar adelante un dibujo en el que, con un altísimo contraste yo podía dibujar una niña que fuese negra, negra, como con el color negro absoluto, pero el crayón me permite dar la luz que sacaba ese rostro de la sombra y daba los rasgos no de manera muy obvia. Y entonces sale esta niña que es de verdad una niña que está en Venezuela...

La seducción, que quizás no se considera parte del imaginario infantil, para mí era obvio y notorio que tenía que ser una niña muy sensual.

Como me dijo un autor argentino... logré iluminar con el negro: ella por contraste ilumina, aunque sea con el color más oscuro que está en la cartuchera de los crayones del colegio.

Jugando, jugando el cuento se fue armando
Y sobre las interpretaciones que se hicieron del relato, en la misma obra arriba señalada, explicaba su autora:

El libro tuvo mucho éxito y fue traducido en muchas partes del mundo, donde –por supuesto– encontré lecturas ideológicas distintas y muy variadas. En Suecia lo recomendaron especialmente a las bibliotecas públicas como un ejemplo de convivencia multicultural y pluriétnica. En Dinamarca, una funcionaria muy militante del sector de bibliotecas lo condenó y recomendó que las bibliotecas no lo compraran porque el libro sugiere que es posible que negros y blancos vivan en paz como buenos vecinos, sin que los negros luchen por sus derechos y hagan valer sus reivindicaciones de lo que la sociedad les niega.

En Estados Unidos, en un debate con docentes, una maestra pidió la palabra y alegó que era espantoso que yo tuviera el coraje de asociar en el mismo cuento a una niña negra con un conejo, cuando todos saben que el conejo es símbolo de promiscuidad sexual y de proliferación y que esa asociación era ofensiva para los negros, aunque tomando en cuenta que yo era latina y que esas cuestiones de promiscuidad no nos asustan tanto en nuestra cultura...

Quedé tan espantada con esa reacción, que en el primer momento no supe qué decir –por suerte. Porque mi silencio permitió hablar a otra maestra, de raza negra, quien me defendió frente a la primera, que era muy rubia. Contó que sus alumnos leyeron el libro y les había encantado reconocerse como bellos y dueños de un patrón de belleza envidiable, capaz de deslumbrar a su amiguito blanco.

En el norte de Brasil, encontré a una librera negra que se presentó diciendo: "Mucho gusto, yo soy la Niña Bonita". Y me contó que diez años antes, cuando era niña, leyó el libro por casualidad y comprendió que podía ser bonita y que los libros lo sabían y eran capaces de mostrarla linda. Identificó la lectura con una especie de espejo mágico, que la reflejaba y revelaba como sabía que era. Se interesó por los libros, y como no tenía dinero para comprarlos, fue a trabajar a una librería para aprovechar los momentos libres y leer todo lo que le cayera en las manos. Acababa de abrir la primera librería infantil en Amazonas.

Yo leí La niña bonita hace varios años, sentada en una sillita de una biblioteca infantil y juvenil de la ciudad de Córdoba, Argentina. Volví muchas tardes a encogerme en aquel rincón atestado de libros, y poco a poco fui copiando en un cuaderno las historias, los cuentos y las leyendas que más me gustaban. Hacia la mitad del mismo tengo anotado: Había una vez...

... una niña bonita, bien bonita.

Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.

Su cabello era rizado y negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega con la lluvia.

A su mamá le encantaba peinarla y a veces le hacía unas trencitas todas adornadas con cintas de colores. Y la niña bonita terminaba pareciendo una princesa de las tierras de África o un hada del Reino de la Luna....