16.4.13

Costumbres de los desiertos del norte

Costumbres de los desiertos del norte

Por Edgardo Civallero

La Misión de San Ignacio de Kadakaamán se alzaba, a principios del siglo XVIII, en el corazón de esa estrecha y desolada faja de tierra aprisionada entre las aguas, que hoy llamamos "Península de Baja California", en la costa del Pacífico. Aquel era territorio del pueblo Cochimí, una sociedad indígena de cazadores y recolectores que en principio no conocían ni la agricultura ni la ganadería ni la metalurgia. No les hacía ninguna falta, por cierto: vivían de manera sencilla y austera, como la mayoría de los pueblos nómadas, sobre todo aquellos que debieron enfrentarse cotidianamente a un entorno hostil para lograr su subsistencia diaria...

Los jesuitas de Kadakaamán compilaron minuciosamente en sus escritos muchas de las costumbres Cochimí que a sus ojos resultaban chocantes. Y debe tenerse en cuenta que los buenos padres estaban bastante curtidos en el trato con grupos y culturas asaz diversas de las suyas propias. Ocurre que los Cochimí eran verdaderamente particulares.

Lo primero que llamó la atención de los religiosos fue la "doble cosecha" de la pitaya o pitahaya, nombre que recibe la curiosa fruta de varias especies de cactáceas oriundas de América central. Se trata de una abundante cosecha estacional, un verdadero maná de alto valor nutricional que regalaba aquella tierra desértica; por ende, los Cochimí aprovechaban la época de maduración del fruto (un periodo que llamaban "meyibó", que comprendía julio y agosto y que era, para ellos, el principio de su año) para consumir la mayor cantidad posible de pitahaya. Ocurre que estas coloridas frutas tienen un interior lleno de semillas. En lugar de retirarlas mientras iban comiendo la pulpa, los Cochimí dejaban que la naturaleza hiciera su trabajo: tragaban todo sin preocuparse demasiado, y luego revisaban minuciosamente sus propios excrementos secos y extraían las semillas, con toda la paciencia del mundo. Esa era la "segunda cosecha". Las limpiaban, las almacenaban, y las iban consumiendo en cualquier otro momento, asadas a las brasas.

Otra costumbre "curiosa" que anotaron los asombrados jesuitas también tenía relación con la alimentación. Dado que en ciertos periodos del año la caza no era abundante en absoluto, se practicaba la "maroma". Se reunían varios comensales en torno a un apreciado trocito de carne (generalmente seca), se ataba este con una soguilla fina, y se iba pasando de mano en mano. El primero lo tragaba, lo dejaba dentro un rato y luego lo sacaba del estómago tirando de la cuerdecilla; el segundo hacía lo propio, y así sucesivamente, hasta que de la carne no quedaba nada.

[Estos comportamientos fueron citados por la antropóloga estadounidense Shanti Morell-Hart en su artículo "Foodway and Resilience under Apocalyptic conditions", en donde analiza cómo pueden llegar a comportarse los seres humanos que se ven forzados a afrontar condiciones de escasez extrema de recursos].

Había muchos otros rasgos destacables entre los Cochimí, incluyendo las gorras hechas de pelo humano que llevaban sus "guamas" (hechiceros, chamanes) en algunas ceremonias religiosas. En la actualidad, los Cochimí son agricultores y ganaderos de subsistencia, y viven en algunas comunidades dispersas del estado mexicano de Baja California Sur. Aquellas antiguas costumbres que asombraron a los cronistas ya son cosa del pasado. Lamentablemente, muchos de ellos han olvidado incluso el lenguaje en el que las contaban.

En el cercano desierto sonorense, al noroeste de México, vivían y viven los Tohono O'odham, "el pueblo del desierto", que muchos aún se empeñan en llamar "Papagos" (un término despectivo que les dieron sus vecinos Pima, y que significa "comedores de frijoles tépari"; es decir, "frijoleros"). Su cultura es similar a la de muchos otros pueblos de ese árido rincón del mundo, como los distintos grupos Apaches. Sin embargo, merece la pena revisar sus prácticas musicales, únicas en esa parte del mundo.

A diferencia de los pueblos vecinos, que solían armar grandes celebraciones con mucha parafernalia de ruido y danzas (ceremonias como los clásicos pow-wow), los Tohono O'odham interpretaban lo que verdaderamente podría calificarse como "música silenciosa". Las canciones de sus festividades eran acompañadas por una suerte de rascadores de madera dura de escaso sonido, algunas calabazas que oficiaban de maracas, y "tambores" hechos con cestos invertidos, que no tenían resonancia alguna y cuya pobre voz era "tragada por el desierto". La danza incluía andar a paso ligero con los pies desnudos, sin hacer apenas ruido, y levantando mucha polvareda, pues se creía que el polvo que subía al cielo formaba nubes de lluvia.

Los Tohono O'odham son hoy una nación con unos 20.000 miembros, repartidos entre los Estados Unidos (Arizona) y México (Sonora). Son agricultores y recolectores, y mantienen viva su tradicional cultura, aunque los últimos informes indican que su música, esa tan silenciosa, se está perdiendo.

Imagen. Luzi, una Tohono O'odham fotografiada por Edward Curtis hacia 1905.