30.4.13

Antiguas ciudades de América

Antiguas ciudades de América

Por Edgardo Civallero

Termino de revisar un pequeño volumen que encontré recientemente en un rincón de mi biblioteca: "Antiguas ciudades de América" (Buenos Aires: Emecé Editores, 1943), una selección de extractos de crónicas de viajes realizada por Emma Felce y León Benarés para la colección "Buen Aire". Y tras su lectura, no puedo resistir la tentación de copiar algunos fragmentos. Se trata de "fotografías narradas", descripciones que nos llevan a momentos históricos o lugares determinados de Sudamérica hace un siglo y poco (o más, quizás), y nos enfrentan a personajes y costumbres particulares.

He aquí, pues, lo que contaron los cronistas de ciudades como Buenos Aires, Lima, Cuzco y Montevideo.

Antiguas ciudades de América
"Los mendigos forman una plaga de la que no se ve libre la capital de los argentinos, lo mismo que la de los franceses. Siendo tan abundante todo lo necesario a la vida, y mucho más subido el precio del trabajo que en muchos otros puntos, parece que debería verse Buenos Aires exenta de aquel azote; pero la indolencia y pereza de ese pueblo explican fácilmente esta contradicción. No hablo de los mendigos comunes, tales como los ciegos y cojos, plantados en la puerta de las iglesias, y que sin cesar asaltan a los que pasan con su lamentable grito. ¡Por el amor de Dios! Tampoco hablo de los mendigos privilegiados, que con el hábito religioso y una larga alforja en el hombro izquierdo van pidiendo, en mengua de la humanidad, de puerta en puerta y por el amor de Dios, el alimento de que tal vez prive una madre a sus hijos, para con él gratificar a los buenos padres; pues lo que más me sorprendió fueron los mendigos a caballo, autorizados por la policía mendiga, y obligados de algún tiempo a esta parte a llevar un cartel en el pecho, con esta inscripción y un número. ¡En uno de ellos vi el número 85! Llevaba un poncho verde, una túnica encarnada, pantalones blancos; y en el arzón de la silla, una piel de carnero teñida de azul. Extendía un raído sombrero, en donde llovían los reales de los buenos porteños, recorriendo las calles rodeados de haces de velas de sebo, pedazos de carne, sacos de manioque, etc."

"Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África", por A. D'Orbigny y J. B. Eyriés. Barcelona, 1842. "Buenos Aires antiguo (1826-1833)".

Antiguas ciudades de América
"El altar mayor [del Templo del Sol del Cuzco] (digámoslo así para darnos a entender, aunque aquellos indios no supieron poner altar) estaba al oriente, la techumbre era de madera muy alta, por que tuviese mucha corriente, la cobija fue de paja por que no alcanzaron a hacer teja. Todas las cuatro paredes del templo estaban cubiertas de arriba abajo de planchas y tablones de oro. En el testero que llamamos altar mayor tenía puesta la figura del Sol, hecha de una plancha de oro el doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes. La figura estaba hecha con su rostro en redondo y con sus rayos y llamas de fuego, todo de una pieza, ni más ni menos que la pintan los pintores. Era tan grande que tomaba todo el testero del templo, de pared a pared. No tuvieron los incas otros ídolos suyos ni ajenos con la imagen del Sol en aquel templo, ni otro ninguno, porque no adoraban otros dioses sino el Sol, aunque no falta quien diga lo contrario.

Esta figura del Sol cupo en suerte, cuando los españoles entraron en aquella ciudad, a un hombre noble, conquistador de los primeros, llamado Mancio Serra de Leguizamo, gran jugador de todos los juegos, que con ser tan grande la imagen, la jugó y perdió en una noche".

"Primera Parte de los Comentarios Reales", por el Inca Garcilaso de la Vega. Lisboa, 1609. "El Cuzco: Increíble riquezas del Templo del Sol".

Antiguas ciudades de América
"Una de las cosas que más chocan al extranjero cuando llega a Lima es el traje singular con que van las damas por las calles. Se las tomaría a primera vista por aquellos fantasmas de mujeres invisibles que los viajeros de Oriente hallan en Constantinopla y en todas las ciudades mahometanas. Las limeñas están dotadas de una grande hermosura; tienen la cara muy rolliza, lo que es una prueba bastante inequívoca de la salud que reina en un país caluroso; pero lo que más atrae a los ojos de los españoles de origen son sus pies, de una pequeñez y delicadeza notables. Usan mucho, para traje de paseo en especial, la saya y el manto. La saya es una especie de basquiña hecha de lana y seda muy fina, negra, marrón o verde, que las cubre de pies a cabeza, con una hebilla que les aprieta la cintura de modo que se demuestran todas sus formas más exactamente aún que si fuesen de escultura. Algunas damas traen la saya tan ajustada con la hebilla que cuasi les priva alargar la pierna para pasar los pequeños arroyos de las calles. El manto es una pieza de seda negra que se prende al medio del cuerpo, sube por encima de la cabeza y se envuelve por el rostro cubriéndolo enteramente, de modo que no permite ver más que un ojo. De pronto, parece imposible que se pueda conocer una dama con tal traje, pero la costumbre vence luego este inconveniente. En esto consiste el traje de paseo de todas las personas bien nacidas, y hasta de todas las clases, a excepción de los esclavos. Durante el estío las damas no llevan bajo la saya y la mantilla más que una camisa bordada y una pañoleta. Por causa de este traje se las llama tapadas".

"Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África", por A. D'Orbigny y J.B. Eyriés. Barcelona, 1842. "Lima antigua. Las tapadas".

Antiguas ciudades de América
"[Los gauderios] son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando. Si pierden el caballo o se lo roban, les dan otro o lo toman de la campaña enlazándolo con un cabestro muy largo que llaman rosario. [...] Muchas veces se juntan de éstos cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo; le enlazan, derriban y, bien trincado de pies y manos, le sacan, casi vivo, casi toda la rabadilla con su cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. Otras veces matan una vaca o novillo solo por comer el matambre, que es la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua, que asan en el rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que tienen tuétano, que revuelven con un palito y se alimentan de aquella admirable sustancia...".

"El Lazarillo de Ciegos Caminantes", por Alonso Carrió de la Vandera (Concolocorvo). Buenos Aires, 1908. "Gauderios".