12.3.13

Los trovadores de la pampa

Los trovadores de la pampa

Por Edgardo Civallero

En todas las épocas y en todas las áreas en las que el único medio de transmisión de noticias fue el boca a boca, los trovadores, cantores, juglares y recitadores se convirtieron en apreciadas y populares fuentes de entretenimiento (y aprendizaje).

En la pampa argentina, antaño un extenso territorio de llanuras, salinas y desiertos interrumpidos aquí y allá por lagunas y la monotonía blanquinegra de las vacas, la gente de campo solía reunirse en las pulperías, almacenes o tabernas locales para el trago y las charlas de rigor. Y allí, al calor de las seis cuerdas de una guitarra, desgranaban historias los cantores y, sobre todo, los payadores: improvisadores de versos que, en ritmo de milonga o cifra, narraban eventos históricos, cantaban la belleza de la tierra o, simplemente, se entretenían en dibujar estampas y aventuras cotidianas.

El paisaje cambió. La gente también. Pero la costumbre de sentarse alrededor de una "viola" y de cantar y contar aún perdura.

En esas reuniones paisanas eran y son siempre bienvenidas y festejadas unas canciones que, en tono muy jocoso, se burlan de la actitud asombrada del hombre de campo ante las novedades de la ciudad: el automóvil, el cine, el teléfono, la internet...

La siguiente payada, titulada "La luz", fue interpretada en ritmo de milonga por Ángel Crecencio Nieto, un musiquero y cantor de la zona de Limay Mahuida, al oeste de la provincia de La Pampa. Fue recogida entre 1973 y 1975 por la musicóloga Ercilia Moreno Ché, que la incluyó en el trabajo discográfico-etnográfico de 1975 titulado "Documental folklórico de la provincia de La Pampa". Junto a otras joyas de la inventiva popular, ese documental preserva estos versos, que buscan expresar el ilimitado asombro del paisano ante esa "cosa 'e Mandinga" llamada luz eléctrica.

¡La pucha con los inventos!
El criollo más preparado
debe quedar azonzado
al ver cosas que al momento
parece que fueran cuento,
pero bien lo he comprobado.
Jamás me hube imaginado
que al dar vuelta un botoncito
diera luz un vidriecito
que había en el techo colgado.

En un viaje realizado
que en cuyo hotel yo paré
casi una caja gasté
de fósforos pa' encender
un vidrio que al parecer
forma de bolsa tenía,
y yo realmente creía
que era fácil de prender.

Sobre una silla parado
para alcanzar donde estaba,
los fósforos arrimaba
pero sin ni un resultado.
Hasta que por fin, cansado,
fui a llamar al hotelero
que se me vino ligero
y al oído me gritó:
"Este botón, tuerzaló,
y tendrá luz, caballero".

Movió la jeta un poquito,
tiró al suelo una patada
y largó una manotada
derecho pa'l botoncito.
Este hizo como un ruidito
en cuanto él lo hubo tocado.
Yo me quedé atolondrado
sin saber lo que tenía
al ver que como de día
la pieza había quedado.

Yo dije entre mí enseguida
"Este es invento 'e los gringos.
El hombre zonzo y tilingo
no la prenderá en su vida".
La luz estaba prendida
y dispuse de apagarla.
Inútil me fui a soplarla
por más que estirara el cuello,
quedándome sin resuello
y sin poder dominarla.

Cosa extraña parecía
prenderla con el botón
y lleno de turbación
ese instante me sentía.
Apagarla no sabía
hasta que le hube acertado.
Recién cuenta me hube dado
y el botoncito agarré
y al darlo vuelta noté
que oscuro había quedado.