19.2.13

¿Qué adelantamos dejándonos atrás?

¿Qué adelantamos dejándonos atrás?

Por Sara Plaza

Uno de los asuntos fundamentales que recorre la obra del filósofo alemán Günther Anders (1902-1992) tiene que ver con la obsolescencia del ser humano, con su desaparición programada:

Nuestro constante objetivo es producir algo que pueda funcionar sin nosotros, que pueda arreglárselas sin nuestra asistencia, producir herramientas para las que nos volvamos superfluos y por las que nos eliminemos y "liquidemos". Eso hasta aquí y en la medida en que nos encontramos lejos de alcanzar el objetivo final no cambia nada. Lo que cuenta es la tendencia. Y su divisa es: "sin nosotros".

Busqué la cita al terminar de leer la carta de una amiga bibliotecaria estadounidense que, varios días después de haber escuchado a una colega, seguía indignada con lo manifestado por aquella: mi trabajo es enseñar a los maestros cómo enseñar a los estudiantes destrezas bibliotecológicas aguardando el día en el que los bibliotecarios se vuelvan obsoletos, los libros se vuelvan obsoletos y todo sea electrónico.

Mi amiga estaba hastiada de lo que calificó el derroche de ingenuidad y propaganda tecnológica que destilaban las palabras de su colega. Una ingenuidad y una propaganda que también existen en el campo de la enseñanza, y a las que se han sumado las voces entusiastas de algunos docentes celebrando su propia obsolescencia con la llegada de la pizarra electrónica y los ordenadores portátiles. Semejante derroche estaba íntimamente relacionado con el rechazo absoluto a poner en duda los supuestos efectos positivos (los negativos ni estaban ni se los esperaba) del desarrollo tecnológico.

Sin embargo, la tecnología no es neutral, como tampoco lo son el resto de herramientas y objetos que hemos ido introduciendo en el mundo. Y no lo son porque, en mayor o menor medida, tienen la capacidad de modificarlo. Lo explicaba muy bien Santiago Alba Rico en una entrevista de hace cuatro años. El filósofo español hablaba de los cambios que se generan al introducir en una sociedad un martillo y un ordenador. Tanto uno como otro solo permiten una serie de usos y tienen que ser utilizados de una determinada manera. La diferencia estriba en el grado de libertad que nos permite cada cual:

[E]l martillo no genera por sí solo la necesidad de ir clavando clavos allí donde no se necesita hacerlo. Con el ordenador no pasa eso. Las nuevas tecnologías no constituyen herramientas sino órganos, y es muy difícil levantarse por el mañana y decir "hoy intentaré vivir sin mi hígado o mi corazón". Ante ellos tenemos muy poca libertad, y eso no es una cuestión menor.

Continuaba diciendo que esa libertad que nos dejan las cosas es inversamente proporcional a la pereza que generan:

O sea, frente a un libro, como ante un martillo, uno debe decidir si lo abre o no, si lo usa o no lo usa. Ante la televisión, el ordenador, el teléfono móvil, casi no hay margen de elección. Yo no he visto a nadie que tenga que promover el uso de Internet o la televisión como pasa con la lectura.

Y recordaba la siguiente anécdota:

[H]ace un año estuve dando una conferencia para bibliotecarios en Cuenca y antes de la intervención habló un tipo ligado a una fundación gubernamental que decía que, al contrario de lo qué se cree, en el Estado español se lee mucho. Ante la perplejidad de la audiencia, el tipo afirmó que las estadísticas consideran un lector habitual a aquél que lee… dos libros el año. Yo le pregunté si él consideraría un espectador habitual de televisión a aquél que la encendiese dos veces el año. O dos por semana. Lo mismo pasa con Internet.

Volviendo a la colega de mi amiga, y a los argumentos con que ésta pensaba rebatir los de aquélla en la próxima oportunidad (la otra tarde estaba tan enojada que no fue capaz de abrir la boca), en su carta ya había esbozado un par de ellos: recordarle la sangre, el sufrimiento y la opresión que había en su smartphone y en su iPad, y hacer alusión a su incapacidad para observar la realidad (no digamos admirar la belleza) si no era a través de una pantalla.

En mi respuesta, además de la cita de Anders, eché mano de otra de las reflexiones del autor de, entre otros, Leer con niños y Vendrá la realidad y nos encontrará dormidos:

Estamos pidiendo al mundo que se habitúe a navegar por Internet cuando la mayoría de la humanidad no sabe aún leer ¿Por qué el libro como tal no ha agotado sus prestaciones y sus potencialidades? ¿Por qué se debe continuar reivindicando la lectura aún cuando parezca una tarea heroica e inútil? Porque nos permite una mayor libertad.

Creo que de aquí a esa próxima oportunidad a mi amiga no le van a faltar argumentos para demostrar a su colega que de esa carrera solo puede salir perdedora. Eso suponiendo que para entonces no haya sido "descalificada" (eliminada, liquidada, qué más da) por la última y obsoleta versión de ... elijan ustedes el artilugio que más les guste.