5.2.13

La sombra de la sombra

La sombra de la sombra

Por Sara Plaza

En 1987, Carlos Fernández Liria publicaba en el diario Egin un artículo que llevaba por título Soy un fracasado, del que he extraído las líneas que siguen:

Me habría gustado vivir un mundo lleno de hombres. Hubiera querido ver a los seres humanos luchar por su felicidad, contemplarles ocupados en sí mismos, en la naturaleza, en su sociedad. Me habría gustado ser un hombre cualquiera. [...] Nací en España, una triste colonia del imperialismo yanqui, y desde entonces esa bandera de estrellitas, símbolo de todos los crímenes y magnicidios de la economía privada fue ya mi único cielo y mi único horizonte. Contemplé a la Humanidad amenazada, masacrada día a día por un poder más cruel y más ciego, más impersonal que el que antaño supusieran las fuerzas naturales: las cuentas corrientes de los que son propietarios de todas nuestras condiciones de trabajo. [...] Pero nada, por más vueltas que le doy, sólo logro ver un problema y muy poco atractivo por desgracia, un problema monótono y aburrido, intolerablemente repetitivo: la Humanidad entera está perdiendo su vida, sacrificando seis días de cada siete mientras la mitad de la población está en paro, porque esta criminal repartición del trabajo es una necesidad de la economía privada. La Humanidad entera ha dejado de ser Humanidad: la Humanidad entera vale hoy menos que un esclavo. Un esclavo era valioso porque tenía precio, porque le costaba un dinerito a su amo. Hoy, cualquier parado puede sustituir alegremente a un obrero en el más denigrante de los trabajos con la seguridad de que no ya su felicidad, ni tan siquiera su vida, vale nada, porque siempre habrá otro que le sustituya. Sí, todos recordamos con horror la sociedad de los esclavos. Esa sociedad intolerable que sin embargo era menos intolerable que ésta. Hoy en día nadie puede decidir qué fabricar, ni en qué cantidad, ni con qué ritmo, ni con cuánto trabajo. [...] Un esclavo valía muy poco. Hoy; un obrero, un ser humano, sencillamente no vale nada. Ya no hacen falta cadenas -¿para qué?- cuando todas las condiciones de su vida, son propiedad privada de otros: la tierra, el mar, las fábricas que él trabaja. ¡Que vote! ¡Que vote lo que quiera mientras no pretenda ser propietario de lo que él mismo trabaja! Esa pretensión, claro está, sería inconstitucional y, por tanto, no «democrática». [...] ¡Y somos libres! Libres para producir beneficios a los propietarios de nuestras condiciones de vida, condiciones que para ellos no son sino instrumentos de inversión en bolsa. Libres para reconocer todas nuestras capacidades en las necesidades de una crisis que no es la nuestra. Libres para reconocer nuestros problemas en un problema que no es el nuestro. Pero nada se nos prohíbe: porque nada podemos hacer cuando todas nuestras condiciones de trabajo nos han sido previamente expropiadas. Nadie nos obliga a trabajar, nada nos impide quedar en paro. Sólo se nos pide que, una vez en paro, muramos en la miseria «respetando democráticamente a los demás». Porque para este último delito –el menosprecio a nuestra tres veces santa democracia- se nos reserva un castigo peor que el látigo para el esclavo: la cárcel. [...]. No es que esté prohibido ser vasco, ser nicaragüense. Tampoco está prohibido mirar a la luna, ni escribir sobre matemáticas, ni hacer el amor, ni cantar ni descansar después del trabajo; no está prohibido nada de eso, porque todo eso es día a día extirpado de la faz de la tierra con la espontánea y natural aunque también sangrienta- lógica de la economía privada.

En 1995, aparecía Corrupción de José María Tortosa. En ella se explica por ejemplo que:

[N]ecesitamos que todo se haya convertido en mercancía (que todo tenga un precio: también los hombres, asalariados) para comprarla o venderla, necesitamos que la competencia entre empresas lleve al cálculo del coste-beneficio, que entre los costes esté el soborno o cohecho y que el objetivo sea el de la acumulación incesante de capital, es decir, que se valore el beneficio por encima de cualquier otra consideración. Esa es, al fin y al cabo, la lógica del capitalismo como sistema histórico y en algunas de sus etapas se ha podido decir que «anda barato el kilo de político», es decir, que en el mercado de la corrupción, la ley de la oferta y la demanda se ha impuesto: si aumenta la oferta, el precio baja y los políticos pueden comprarse con facilidad. Y si aumenta la demanda... hay que acabar con los competidores a golpe de dossier, linchamiento moral o desaparición física. Esa y no otra parece ser la lógica mediante la cual actúa la elite del poder". En la misma obra, también aparece la siguiente reflexión: "[E]l problema de la corrupción es que cuanta más hay, mayor probabilidad existe de que haya más, ya que puede llegar a atacar a los encargados de velar porque no la haya y puede hacer pensar a los no corruptos que, por el hecho de no serlo, pertenecen al género de los tontos por quedarse solos en «una burbuja de honradez en una viscosa corriente corrompida".

Hace un par de días Juan Carlos Monedero concluía una entrada de su blog con una frase estremecedora: "[q]uizá estamos otra vez en un momento de la historia de nuestro país donde lo honrado es que los sinvergüenzas te maltraten".

Y tres o cuatro días antes Pedro L. Angosto publicaba Gracias gentuza sabemos que lo hacéis por nosotros. En este artículo su autor retrocede en el tiempo hasta 1935, para arrancar con el escándalo del "Straperlo" (por el que una vez determinada la culpabilidad del Gobierno, éste, en manos de "la coalición antirrepublicana formada por el Partido Radical de Lerroux y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), que dirigía Gil Robles", tuvo que dimitir), y concluye con no pocas aclaraciones del momento actual por el que atraviesa España:

Cuando un señor reparte sobres de cuentas depositadas en bancos suizos entre determinados individuos que se dedican a privatizar nuestros servicios públicos y a recortar nuestros derechos constitucionales, no lo hace para enriquecerse porque en ese caso se lo habría quedado todo. Lo hace para demostrar a los ciudadanos que la solidaridad debe ser, en momentos tan graves y críticos como estos, el motor de nuestras vidas. Tampoco el pepero que privatiza la Sanidad o la Escuela tiene en ello interés personal alguno. Sabedor de los problemas que al Erario y al propio ciudadano crea la vejez, haciendo de tripas corazón y en plena posesión de sus facultades físicas y mentales, decide en nuestro nombre, para nuestro bienestar, que no es bueno que vivamos tanto y es por ello que entrega el cuidado de nuestra salud al lucro privado. Del mismo modo, al acometer la privatización y catoliquización de la Enseñanza, no lo hace por motivos ideológicos ni pecuniarios, sino porque está científicamente demostrado que una persona bien educada es más crítica y por lo tanto sufre más al contemplar las injusticias de este mundo. Si en esos procesos, cosa perfectamente natural, se producen acumulaciones de capital en manos del individuo privatizador y del gestor de lo privatizado son daños colaterales que en ningún caso menoscaban la bondad de la decisión.

Lo señalaba recientemente Salvador López Arnal, en La vida (política española) no da sorpresas: "España, el país de todos los demonios, sigue como siempre: en manos de grandes empresarios emprendedores y creativos, las familias de casi siempre, y políticos institucionales a su servicio que dicen defender el bien público".

De nuevo la sombra de la sombra, pero no la de "un indicio manipulado" como pretende hacer creer el Sr. Rajoy a sus conciudadanos a través de una pantalla de televisión, sino la que extiende por todos los rincones un sistema económico criminal (que en el reino del Borbón, ofrece ventajosas amnistías fiscales a defraudadores, evasores y estafadores de postín) en el que corruptores y corruptos no solo no tienen que andar disimulando su condición de delincuentes, sino que pueden exhibirla con total impunidad y parecer exactamente lo que son: los que se están quedando con todo.