26.2.13

De cómo (des)aprendí música andina (y II)

De cómo (des)aprendí música andina (y II)

Por Edgardo Civallero

En mi turno de bitácora anterior compartía con ustedes mis aventuras y, sobre todo, mis desventuras de adolescente-recién-iniciado-al-intrincado-y-confuso-mundillo-de-la-música-andina. Para resumir un poco lo ya contado, basta decir que comencé sin saber nada, como todos los novatos, y que tras varios años de andar escuchando a (y "aprendiendo de") personajes variopintos, andar leyendo carátulas traseras de discos y CDs de música latinoamericana y andar trepándome a escenarios armado con una quena y una zampoña, seguía sin saber un cuerno acerca de lo que era la música de los Andes. Aunque, eso sí, tenía a miles y miles de mis más eficaces neuronas atiborradas de información que, según supe luego, servía para bien poco, y que podría haberse catalogado, con mucha suerte, como una mezcla rara de mentira desvergonzada, leyenda urbana, chauvinismo latinoamericano, indigenismo andino y esoterismo pachamámico.

Esta situación cambió, en parte, cuando descubrí una cosa maravillosa llamada "biblioteca pública" y comencé a echar mano de información "de verdad": libros, enciclopedias y revistas dedicadas al folklore, la antropología, la lingüística y la musicología sudamericana en general y andina en particular. Fue entonces cuando tomé conciencia de lo paupérrimo de mis saberes y de la atención indiscriminada que había dispensado a ciertos "maestros" que en realidad no merecían ni un segundo de mi tiempo. A la vez me di cuenta de que la música "andina", como cualquier otra, se desarrollaba en un contexto geográfico, étnico, histórico y cultural particular, que era indispensable conocer para entender aquello que se interpretaba cuando se rasgueaba un charango o se golpeaba un bombo. Si uno no sabía dónde quedaba Jujuy, qué era una llama o una tola o qué apariencia tenía un salar altiplánico, ¿con qué sentimiento iba a cantar la "Zamba del Lozano"?

Había llegado a un momento de mi vida en el que me carcajeaba muy irreverentemente cuando un grupo de músicos emponchados subía a un escenario y anunciaba con total solemnidad que iba a interpretar "las flautas del Imperio Inca" (fuesen cuales fuesen esas flautas, todavía no he visto a ningún grupo de "música andina" interpretarlas, y menos sobre un escenario). Resoplaba, impaciente, cuando me repetían por enésima vez la leyenda del "mancha-puto" (entiéndase "Manchaypuytu"; al parecer en aquella época no se conocía otra narración andina, ni se sabía pronunciar bien las cosas). Me "mesaba los cabellos" (en buen romance, me arrancaba los pelos a tirones) cuando oía cantar ciertos temas en "quechua" o "aymara" (tómese nota de las comillas). Pateaba, al mejor estilo Maradona, esos CDs titulados "Traditional music of the Andes" que incluían temas tan tradicionales y andinos como "Dust in the wind", "Yesterday" o "The sounds of silence". Y, en fin, abandonaba a la carrera el auditorio, la plaza o la sala en cuanto me enteraba que el próximo tema era una canción sagrada a la sagrada hoja de albahaca colocada en el sagrado sombrero tejido con la sagrada lana de la sagrada oveja.

¿Me había convertido en un insolente, un sabihondillo de tres al cuarto? Quizás. Fue mi "pecado de juventud", como dice la chacarera del argentino Raúl Carnota. Pero a través de ese proceso de negativa general, maleducada y rabiosa, me fui quitando de encima la opinión de muchas "autoridades", las creencias falsas de muchos "artistas" y las enseñanzas erróneas de muchos "maestros". Y, sobre todo, me fui librando de la mala costumbre de creer todo lo que "los sabios conocedores de la música andina" me juraban y perjuraban como cierto, generalmente mediante el uso de una razón indiscutible: "te lo digo yo...". Esto último, lo confieso, lo logré de forma totalmente desfachatada. Aún recuerdo mis descontroladas risas cuando cierto grupo de famosillos amigos míos me presentó la última adquisición de su repertorio: el tema titulado "Wambabóres kechulló". Que resultó ser "Cuando florezca el chuño", el célebre toba del grupo boliviano K'ala Marka. O mi redoblada hilaridad cuando cierto fulano que se las daba de antropólogo afirmó que el "tumi" que llevaba colgando al pescuezo, representación de la deidad lambayecana Naylamp, era nada menos que "Güira Tocha, el dios de los incas".

En fin... En aquella época dedicaba mis ratos libres a estudiar lenguas, tradiciones, costumbres, creencias, festividades, instrumentos, leyendas, cuentos... Como el viejo Sócrates, lo único que sabía era que no sabía nada, y atendiendo al dicho que señala que el saber no ocupa lugar, yo mascaba páginas, ilustraciones y tablas al ritmo de una trituradora. Me consolaba saber que, al menos, toda la música que había aprendido durante ese tiempo, ésa que interpretaba cada vez que me subía a un escenario, no necesitaba ninguna corrección. ¡Algo de todo lo que había hecho en esos años estaba bien! Esos autores y esos artistas tan famosos de los cuales yo había aprendido, con tanta carrera y tantas actuaciones a sus espaldas, no podían estar equivocados, no podían estar mintiendo al público, no podían estar interpretando tonterías...

Viví convencido de eso hasta que en 1996 volví a Argentina. Concretamente, a la provincia de Córdoba, centro neurálgico de los festivales de música folklórica argentinos.

Al mes de llegar ya estaba haciendo música. Los vientistas, como yo, eran bastante requeridos en aquella época. Tuve la suerte de sumarme a un grupo de experimentados folkloristas que conocían bastante bien las tradiciones musicales de los cuatro rumbos de mi enorme tierra. Recuerdo que en nuestro primer ensayo se les ocurrió tocar un tema del noroeste argentino, la "Chayita del vidalero". Y yo esperé al intermedio instrumental y me largué, orgulloso, con aquel recitado que tantas veces había oído en tierras europeas...

La luna bajó hasta el valle / y entró por la calle larga
con un tambor en los brazos / y una copla enamorada...

La música se detuvo y mis cuatro compañeros se me quedaron mirando, atónitos.

- ¿Y eso? – me preguntó uno.

Yo alegué que en todas las ocasiones que había escuchado "Chayita del vidalero" en Europa, ese recitado no había faltado. Y que había visto sudamericanos de todas las naciones emocionarse hasta los mocos con aquellas palabras.

- Acá, ni se te ocurra – se limitaron a advertirme. Y agregaron lo que me harían si me atrevía a "hacerme el poeta" de aquella manera: cosas que no puedo reproducir aquí pero que incluían reiterados y enérgicos puntapiés en ciertas partes sensibles de mi anatomía. Resultó ser que aquel recitado era más viejo que la bandera, y que declamarlo era sinónimo de hacer el ridículo.

De ahí en más, aquellos buenos muchachos se dedicaron a destrozar a mazazos todo lo que creía haber aprendido, musicalmente hablando, en mis "años europeos". Descubrí que no sabía tocar nada: que manejaba quenas, sikus, charangos, guitarras y bombos con el mismo "aire extranjero" con el que podía manejar unos palillos japoneses o bailar la samba brasileña. Era una especie de Eduardo Manostijeras de la instrumentación nativa. Aún recuerdo la primera vez que toqué una chacarera en el bombo ante ellos.

- Che, flaco, ¿y la chacarera cuando empieza? – me interrumpieron, tras una veintena de compases de parche y aro, aro y parche...

Me di cuenta de que cada vez que ejecutaba ritmos latinoamericanos como los había aprendido allá en el Viejo Mundo, mis compañeros terminaban, indefectiblemente, por señalar que aquello era demasiado "cuadrado", que le faltaba espíritu, garra, aire, ganas, sentimiento... En resumidas cuentas, que yo tocaba, usando una clásica frase cordobesa, "con un tremendo frío en el pecho".

Así como un día me había despojado de todos los falsos conocimientos teóricos que había adquirido sobre el folklore de mi continente natal, también me despojé de mis saberes prácticos. Y eso fue mucho más duro: todo músico sabe que quitarse "vicios" de interpretación en un instrumento es terriblemente difícil, y que cuesta mucho más corregir que partir desde cero. Ocurre que aún no se ha inventado el formateo selectivo de recuerdos. Mis buenos conmilitones musiqueros se ofrecieron, en más de una ocasión, a ayudarme a lograr tal objetivo, aunque el resultado de "un fierrazo en la cabeza", amén de la amnesia inherente a semejante procedimiento, se me antojaba un tanto peligroso.

De modo que entre vino y vino, empanada y empanada, asado y asado, y mientras iba escuchando los secretos de la construcción de instrumentos, de los golpes del bombo y los rasgueos de guitarras, de los vientos, de las danzas y los pasos de baile, de las costumbres y leyendas, yo me fui reconstruyendo como músico.

Hoy, muchos años después de todo aquel (des)aprendizaje, creo que tengo muchas más dudas que certezas. Pero no es algo que me preocupe; por el contrario, es una buena razón para seguir en la brecha, investigando, estudiando, sorprendiéndome... Sé positivamente que la música que me gusta, ésa que escucho, enseño e interpreto, es la banda sonora de un continente entero y de todas sus facetas, y que no se puede entender la una sin conocer bien el otro. Sé que hay muchas leyendas dando vueltas, mucha desinformación, pero también sé que basta con pararse en medio de una fiesta popular en cualquier rincón de las Américas (algo que está al alcance de cualquiera con cierto interés) para aprender mucho más que en cualquier curso o en cualquier libro. Y sé que, por mucho que nos quejemos, por mucho que nos disgusten, por mucho que los combatamos, siempre van a existir "maestrillos" dispuesto a contar lo primero que se les cruce por la cabeza con tal de sentir la admiración de sus discípulos.

Tal vez por eso jamás dejé de estudiar, de aprender y de revisar con ojo crítico todo lo que creía saber. Porque no quiero que nadie, nunca más, me vuelva a hacer perder el tiempo con tonterías sin sentido.