12.2.13

De cómo (des)aprendí música andina (I)

De cómo (des)aprendí música andina (I)

Por Edgardo Civallero

Confieso que cuando comencé a interesarme por la música andina (una temática que hoy, 25 años después, se ha convertido en toda una pasión) no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba haciendo.

Supongo que la ignorancia es el territorio común desde el cual hemos partido, partimos y partiremos todos los que fuimos, somos y seremos "novatos" en algo. La curiosidad nos empuja a alcanzar un horizonte ideal de "conocimiento absoluto" al que quizás (pero solo quizás) lleguemos algún día. Pero de ocurrir, tal cosa al final no importará. Porque, aunque no seamos conscientes de ello, es en el camino -ese camino que se transita y construye día a día, libro tras libro, descubrimiento tras descubrimiento- en donde se da el verdadero aprendizaje.

Digo que desconocía prácticamente todo sobre la música andina. Afortunadamente, estaba de enhorabuena. Cuando empecé con esta afición mía por los sonidos de los Andes, yo era un pequeño inmigrante argentino que vivía en las islas Canarias de finales de los 80'. Y, en aquella época, Europa era un hervidero de artistas latinoamericanos. Podría decirse que se había formado allí una "cultura latinoamericana paralela", creada por los exiliados de finales de los 60' y los 70' y alimentada por los emigrantes de los 80'. Era más fácil escuchar a Illapu en directo, conseguir lo último de Los Kjarkas o comprar una quena Vannini en Madrid que en Santiago de Chile, La Paz o Buenos Aires. Doy fe de ello.

Había mucha actividad cultural "andina" y "latinoamericana" alrededor mío. Y yo la aproveché.

Ocurre que todo fenómeno de "explosión cultural" tiene dos caras. Y éste no iba a ser la excepción. Por el lado "positivo", el ambiente propicio que los artistas latinoamericanos encontraron en el Viejo Mundo permitió el nacimiento y/o la supervivencia de muchas formaciones emblemáticas (Inti-Illimani, Quilapayún, Takillakta, Ukamau...), de escritores y folkloristas notables, de excelentes compositores y luthiers. Lamentablemente, éstos eran los menos: la gran mayoría de lo que llegó desde allende los mares a las orillas europeas no tenía maldita idea de lo que era la cultura de su continente natal en general o su música en particular. Semejante falencia pareció importarles un cuerno: ellos se lanzaron a interpretar música... y a sentar cátedra. Fueron, por decirlo amablemente, el lado "negativo".

Hubo casos de individuos que no sabían siquiera rasguear un charango (y que en su tierra eran considerados unos torpes sin futuro) y que en Francia, Alemania o Italia se convirtieron, sin mayores trámites, en celebérrimos charanguistas. O de "compositores" que re-inventaron ritmos y estilos con siglos de historia (pero no por creativa originalidad, sino por mera y desfachatada ignorancia). O de embusteros olímpicos que grabaron temas instrumentales tradicionales dándoles otro nombre y/o agregándoles una letra horripilante para así arrogarse su autoría. En breve, puede decirse que aquello era un paraíso para los reyes tuertos en países de súbditos ciegos... Y esos súbditos ciegos no dejaban de aplaudir.

También se dio el proceso contrario (bastante surrealista, por cierto): europeos que fueron a las Américas, estuvieron allí dos o tres meses y al volver querían enseñarnos a los latinoamericanos a hablar español, explicarnos nuestra historia y nuestra cultura, darnos lecciones de cocina típica o mostrarnos el poncho "última moda" o los maravillosos instrumentos "originales indígenas" fabricados por "famosísimos luthiers" que habían comprado en alguna tienda engaña-turistas, de esas que pululan en ciertos puntos de nuestra inmensa y variopinta geografía... Incluso se dieron casos (yo conozco media docena) de europeos sin grandes destrezas musicales que, creyéndose grandes intérpretes porque en su pueblo los aplaudían mucho, fueron a Sudamérica... ¡a dar clase! (Su arrogancia fue tal que quince años más tarde sus nombres aún eran recordados, con toda la sorna del mundo, en ciertos círculos folklóricos de aquella orilla).

El ambiente era una verdadera marmita en ebullición. Y yo estaba allí, en medio.

Me interesó la música andina tras escuchar, en vivo, la actuación de cierto grupo de aficionados de las Canarias. Me dije que aquello sonaba prometedor, y empecé, pues, a buscar y a escuchar todo lo que cayera en mis inquietas zarpas. Y a leer los libretos que acompañaban los pocos álbumes originales que conseguía. Síp, pocos, pocos: aquella era la época dorada de los cassettes, esos artefactos pre-digitales que permitían, por un precio nimio y sin problemas legales, la copia doméstica de contenidos protegidos por derecho de autor (repitan conmigo, en arrobado éxtasis: "¡ohhhh!"). Las canciones que tenía la posibilidad de escuchar (gratis) aquel adolescente que fui, en aquellos viejos, buenos tiempos, llegaban a mis manos saltando de cassette en cassette, de copia en copia... Las pérdidas de calidad de sonido y de información eran brutales. Pero juro que se disfrutaban lo mismo.

Recuerdo que, tras haber oído unos 40 ó 50 "discos", yo ya creía tener cierta idea de lo que era la música andina. Había huaynos, había yaravíes, había sikureadas y tarqueadas, había unas cosas que se llamaban moxeñadas (o algo así), había solos de charango, solos de quena, solos de siku-zampoña-antara (pocos sabían explicar la diferencia), había cuecas y sanjuanitos, había una lengua llamada quechua, otra llamada aymara, y más allá, había una vasta y misteriosa terra incognita de la que no había que preocuparse mucho, pues sólo incluía rarezas como el erkencho, el waka pinkillo, el khonkhota y el kultrún. Básicamente, cosas llenas de "k" que sonaban desafinadas. (En los 90', el New Age y el auge de "lo étnico" harían de esa terra incognita su principal escenario, y de ciertos caraduras sin profesión conocida, sus descollantes estrellas. Pero para eso aún faltaba tiempo...).

Me formé oyendo a los grupos "clásicos", los que difundieron la música latinoamericana en Europa: Los Calchakis, Los Incas, Urubamba, Quilapayún, Inti-Illimani, Los Kjarkas, Raíces Incas, Alturas... Y me formé hablando con gente (profesores, monitores, colegas músicos) a la que yo idolatraba porque sabía más que yo. De vez en cuando, esos ídolos descendían al plano terrenal para regalarme algún fragmento de sus ilimitados "conocimientos". A través de tales canales supe que cuando un "indio" quería suicidarse se metía en un enorme cántaro con una flauta y tocaba y tocaba hasta volverse loco, y luego saltaba por un precipicio. O que la palabra "quena" derivaba del proto-quechua "khoana", que significaba "hueco". O que la tarka, además de un instrumento de viento, era un arma de combate en tiempos prehispánicos. O que había quenas "en La" y charangos "en Re"... Aprendí el ritmo de bombo del rasguido doble argentino y la letra en quechua del "Tinku" de Víctor Jara, y averigüé que "senqa tenqana" significaba "nariz larga" en aymara y que el pinkillo andino con tres orificios se llamaba "pinkillo trifónico".

Con semejante "acervo de conocimientos" (¿!?) en la mochila, me compré mi primera quena y mi primer siku, aprendí a hacerlos sonar decentemente y me lancé a la aventura de subirme a los escenarios a "difundir la música latinoamericana", pasando buenos ratos con amigos con intereses similares y gozando del aplauso del público, la adrenalina de las actuaciones y demás satisfacciones asociadas.

"Allá donde fueras, haz lo que vieras". Y yo lo hice. Lo que no sabía es que estaba copiando la conducta del lado "negativo" del mundillo andino.

Mi curiosidad ya no se satisfacía con los datos dispersos que salpicaban las portadas de los últimos LPs y los primeros CDs, ni con las charlas con "colegas con más sapiencia que yo", ni con los discursos de presentación que soltaban los muchos (y buenos) grupos latinoamericanos que visitaban las islas Canarias a principios de los 90' (sobre todo en el ESPAL, festival que se celebraba en mi pueblo de entonces, y que pocas veces me perdí). De modo que dejé los discos, los amigos y las actuaciones de lado y busqué "alimento" de mayor calidad para el intelecto. Fue así como empecé, muy tímidamente, a echar mano a verdaderas fuentes primarias de información: libros, diccionarios, tratados, enciclopedias y revistas especializadas de musicología, etnografía, antropología y arqueología.

Mi sorpresa fue mayúscula: la mayoría de los "conocimientos teóricos" que había adquirido pacientemente hasta aquel momento eran pura basura. Eran leyendas urbanas o inventos de gente que no tenía la menor idea de lo que decía. Y yo no sólo me había tragado semejantes barbaridades, dándolas por buenas, sino que les había dado difusión, había perpetuado tandas y tandas de absolutas incoherencias y bestialidades bochornosas. El rasguido doble no llevaba bombo, la letra del "Tinku" de Jara era un sinsentido, no había una palabra en proto-quechua para "quena" (la cual no significaba "hueco"), las tarkas jamás fueron armas, "senqa tenqana" era una voz quechua (y significaba "apoya-nariz"), las quenas "en La" estaban afinadas en SolM/Mim, el "pinkillo trifónico" era un burdo invento de ignorantes que no sabían que esa flauta se llamaba waka-pinkillo...

En aquel momento de absoluta humillación y vergüenza aprendí una lección valiosa: si uno quiere saber tiene que investigar por su cuenta. Investigar, investigar e investigar. Debe contrastar siempre los conocimientos que adquiere, y no aceptar jamás "verdades reveladas" porque lo dice Fulano, por muy "maestro" que Fulano sea. En caso de dudas, uno debería acudir directamente a la fuente original, que en el caso de la cultura popular no suele estar ni en despachos universitarios ni en las manos de ningún licenciado. En caso de que las dudas continuasen (porque la fuente original sea inaccesible y no haya manera de contrastar los datos que se poseen), lo aconsejable es que uno se calle la boca sobre el tema en cuestión. Y en todos los casos, uno debe tener en mente que, por mucho que crea saber, por muy cierto que considere su conocimiento, siempre le queda un larguísimo camino por delante.

El mío me llevó a desaprender todo lo que había engullido hasta ese momento. No sería lo único de lo que debería deshacerme: todavía me quedaban muchas sorpresas. De ellas les hablaré la próxima vez que nos encontremos por aquí.