15.1.13

Plagios que se suceden y nos preceden

Plagios que se suceden y nos preceden

Por Sara Plaza

¿Qué autores consideras tus maestros?

Maestros son los que no podemos citar, los que hemos olvidado. Hace un tiempo escribí un poemita y luego descubrí que lo había leído años antes en Pessoa. Pessoa es un maestro. De pronto te descubres rescribiendo el Manifiesto Comunista. Marx es un maestro. O te pones a parafrasear espontáneamente La gran transformación. Polanyi es un maestro. O te sale de corrido, incluso antes de haberla leído, La obsolescencia del hombre. Gunter Anders es un maestro. Maestros –es decir– son todos aquellos que nos han plagiado por anticipado. Y esta sucesión de plagios diferenciados en un horizonte común es lo que llamamos tradición.

La pregunta es de Salvador López Arnal y la respuesta, de Santiago Alba Rico. Han sido extraídas del libro editado por el primero bajo el título Trece conversaciones político-filosóficas.

Resulta un ejercicio maravilloso hacerse esa misma pregunta, e ir trayendo hasta nuestros labios los versos, las dudas, las reflexiones, las inquietudes, los miedos y los anhelos de los que, queriendo pero sin querer, nos hemos ido apropiando. Tan nuestros los hemos hecho que el indiscutible parecido que guardan con lo señalado por otros autores no les resta un ápice de originalidad. Los tenemos tan interiorizados que no nos sonrojamos cuando nos descubrimos rescribiendo y parafraseando el relato de quienes se nos anticiparon a decir lo que hoy ya no podemos expresar de otra manera.

Quizá los hayamos olvidado y no seamos capaces de citarlos, pero los maestros siguen ahí, alumbrando las palabras que vamos dibujando en un trozo de papel, en un pedazo de sábana, en un cristal empañado, en un camino de tierra, en una vieja pizarra, en una pared desconchada o en la palma de la mano.

Se nos adelantaron, sí, pero no lo hicieron para darnos lecciones, sino porque intuían más bien todo lo que tendríamos que desandar –o volver a andar de nuevo– cada vez que intentáramos llegar demasiado lejos.

En unos días se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de uno de esos maestros, el historiador estadounidense, Howard Zinn (24 de agosto de 1922 – 27 de enero de 2010). Leyendo hace poco la intervención del autor de La otra historia de los Estados Unidos en la Universidad de Boston el 11 de noviembre de 2009, titulada Three Holy Wars (Tres Guerras Santas/Sagradas) (1), me pasó algo parecido a lo que comentaba Santiago Alba Rico: algunas de las preguntas que vengo haciéndome sobre lo aprendido en mis años de estudiante en relación al pasado más o menos reciente de mi propio país, eran prácticamente iguales a las que el historiador lanzaba a sus oyentes sobre lo que ellos habían averiguado del suyo a su paso por las aulas. Es más, las respuestas que había ido anotando también se parecían demasiado a las que Zinn ofreció a su auditorio aquel día. Así es que concluí sin mucho esfuerzo que mis críticas ya habían sido formuladas con anterioridad y que Zinn me había enseñado lo importante que es reexaminar la historia que nos han contado en clase.

Por esas casualidades que no son tales, cuando creía tener terminada esta entrada encontré un artículo de Santiago Alba Rico, publicado originalmente en LADINAMO nº 11, que lleva por título Howard Zinn en la Habana. No he podido resistirme a incluirlo a continuación.

A los 81 años Howard Zinn visita Cuba por primera vez para supervisar los ensayos de su obra Marx en Soho y una tarde de mayo dialoga en el hotel Ambos Mundos de La Habana con una treintena de intelectuales y poetas cubanos. Zinn es un viejo hermoso de la estirpe libertaria de Thoreau y de Walt Whitman, manifiesto vivo de esa otra historia de los EEUU de la que se ha ocupado y que ha nutrido con su obra. Muy alto, muy espigado, sucinto y campestre como un pino, sólo su acusada delgadez hace difícil concebir que en su juventud, antes de ser historiador, se ganase la vida como cargador de puerto. Todo lo demás despega y se funde en el generoso trajín del sueño colectivo de los cargadores del mundo: su vigor físico, el verbo claro de su pedagogía militante, su voluntarismo veterano, esa sonrisa siempre encendida, entre tímida y avisada, del que ha aprendido más en la brega que en los libros y que sabe que lo que sabe debe enseñarlo en la palma de la mano. Desde detrás de la mesa escucha hacia delante y toma un hormiguero de notas; y responde modesto, abierto, aprendiz, intenso, insistiendo en la enorme eficacia de lo mínimo y en las colosales esperanzas de la paciencia. A una pregunta de Abel Prieto, brillante escritor y ministro de cultura de Cuba, Howard Zinn responde hablando de sus giras por pueblecitos y ciudades de provincia, apenas localizables en el mapa de los EEUU, donde a veces se reúnen cientos de personas para escucharlo: "No suelo utilizar la palabra socialismo. Les hablo de la nacionalización de la riqueza, del derecho a educación y sanidad gratuita, de la lucha contra el imperialismo, y todos aprueban con entusiasmo. Luego, a veces, les digo que eso es el socialismo y se quedan asombrados. Pero si pronunciase de entrada la palabra "socialismo" todos se asustarían y dejarían de escucharme".

Por la noche, Zinn cena en casa de Abel Prieto ensalada y pollo, acribillando a preguntas a su anfitrión sobre las elecciones cubanas, los programas de estudio y la libertad de creación; y sonríe, mientras escucha, con la ingenuidad invencible, insobornable, de un niño difícil. A los postres, le sirven un vasito de ron añejo y él hace una tímida alusión a un puro habano. El viejo Howard Zinn, el historiador del pueblo, se vuelve aún más hermoso detrás del gran cigarro que parece estar fumándoselo a él, con las mejillas ligeramente arreboladas por el alcohol y esa sonrisita limpia que ahora es abiertamente complacida. Y de pronto descabalga de su improvisada traductora de inglés y sorprende a todos con una correctísima, larguísima frase en castellano. Mentiría si dijese que Zinn dice: "el 11-M señala el principio del fin del imperio estadounidense", porque ya lo había dicho por la mañana; o si dijese que Zinn dice "nadie es neutral en un tren en marcha", que es el título de uno de sus libros más bonitos. Howard Zinn, el historiador del pueblo, dice muy despacio y muy sencillamente: "Estoy muy contento de haber venido a La Habana". Y la intérprete nos lo traduce rápidamente al inglés.

(1) "[C]uando anuncio el título, la gente suele quedarse un tanto perpleja, porque piensan que voy a hablar sobre guerras de religión. No. Me refiero a tres guerras que son sacrosantas en la historia de los Estados Unidos, tres guerras que son intocables, tres guerras que a las que no se puede criticar. [...] [E]staréis de acuerdo conmigo en que nadie critica la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. [...] La Guerra de Independencia es sagrada. [...] [L]a Guerra de Independencia, la gran guerra, independizarse de Gran Bretaña [...] A la Guerra de Independencia, uno no la critica. [...] Y luego está la Guerra Civil. ¿Han notado el silencio? Uno no critica la Guerra Civil. Y es entendible. ¿Por qué deberíamos criticar la Guerra Civil? ¿Esclavitud? ¿Libertad? No. La Guerra Civil, los esclavos liberados. ¡Abraham Lincoln! No puedes criticar la Guerra Civil. Es una buena guerra, una guerra justa. Emancipación. Y después está la Segunda Guerra Mundial. De nuevo “la buena guerra”, salvo si uno lee la historia oral de [Louise] “Studs” Terkel titulada “The Good War” [...] Cuando conectas el Canal de Historia, ¿de qué trata? “La Buena Guerra.” La Segunda Guerra Mundial. Heroísmo. [La batalla de] Iwo Jima. El día D. La generación más grandiosa [“the greatest generation”, término acuñado por Tom Brokaw]. No, la Segunda Guerra Mundial es la mejor de las guerras. [...] [E]stas tres guerras son sagradas. Y todas ellas consiguieron algo. Nadie pondría eso en duda. Quiero decir, eso es por lo que se las considera sagradas. Todas ella lograron algo: la independencia de Gran Bretaña, la libertad de los esclavos, el fin del fascismo en Europa, ¿seguro?"