21.1.13

Pequeños gestos que alimentan sonrisas

Pequeños gestos que alimentan sonrisas

Por Sara Plaza

Hace varios días coincidí en la oficina de correos de mi pueblo con una mujer mayor que venía del pueblo de al lado (bastante más pequeño y sin oficina de correos). Nada más atravesar la puerta de la oficina, ambas nos desabrochamos el abrigo y nos quitamos el gorro riéndonos la una y la otra de los malos pelos que se nos habían quedado a las dos. Mientras la atendían me fijé en sus manos, grandes y arrugadas, y en su rostro, moreno e igualmente surcado por los años. Cuando la empleada de correos se fue a buscar un papel con el que envolver el paquete que la mujer traía, volvimos a cruzar nuestra mirada e intercambiamos unas pocas palabras. Su hija estaba trabajando fuera de España y le había pedido que le mandase por correos el chocolate en polvo que acostumbraba a tomar en casa para desayunar. La mujer me comentaba que era más caro el envío que el chocolate, pero que a su hija ya no le cabía nada más en la maleta cuando se fue. Cuando la persona de correos regresó y le preguntó si su hija no podía conseguir el chocolate allí donde estaba, la mujer respondió que sí, pero que decía que no sabía igual.

[No, nada sabe igual cuando estás fuera de tu país. Cambian los sabores, los olores y los colores. Cambian las voces de las personas y los trinos de los pájaros. Cambian los horarios y los paisajes. Cambian las estaciones, las noches y los días. Cambian las costumbres y las rutinas. Cambian los saludos y las despedidas... Pero así como hay un tiempo para extrañar, existe otro para descubrir, y entre sus costuras la que va cambiando es una misma.]

De modo que allí estaba aquella madre, intentando que su hija encontrara una diferencia menos mientras tuviera que vivir fuera de su país. Cuando el paquete estuvo envuelto, la mujer sacó del bolsillo de su abrigo un sobre rasgado, lo dejó sobre el mostrador y le indicó a la empleada de correos que en el remite estaba la dirección de su hija. Entonces pensé en mis propias cartas y en las veces que alguno de mis padres estuvo parado en ese mismo lugar, sosteniendo una de ellas en la mano y esperando para enviarme un par de pastillas de turrón o una cajita de rosquillas caseras al otro lado del océano. Y sentí que además de hacérseme un nudo en la garganta, se me dibujaba una sonrisa en la cara. Con ella le dije adiós a aquella mujer añosa y con ella volví a casa recordando los trocitos de rosquillas (porque no llegó ni una entera) que compartimos con Edgardo durante algunas sobremesas de un no tan lejano verano austral.

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Pasaban unos minutos de las dos de la tarde. Acababa de terminar la jornada escolar de los alumnos de primaria y unos poquitos volvían a casa caminando. Escribo unos poquitos porque a los más los llevan y los traen en coche, aunque estamos hablando de un pueblo chico. Uno de esos poquitos era una niña que no tendría más de cinco o seis años. Iba de la mano de su mamá, medio corriendo, medio saltando y sin dejar de hablar. Llevaba la bufanda colgando y la cartera columpiándose en la otra mano. Antes de que llegáramos a su altura, la niña interrumpió la conversación con su mamá y nos saludó con un "hola" fuerte y claro, que acompañó con un leve movimiento hacia arriba del brazo en el que hamacaba su cartera. Respondimos con el mismo saludo al tiempo que inclinábamos nuestras cabezas hacia ella y cruzábamos una sonrisa con su mamá. No habíamos dado más de tres o cuatro pasos cuando a nuestras espaldas escuchamos un alegre y sonoro "adiós". Nos giramos hacia la pequeña y esta vez fuimos nosotros los que levantamos la mano para despedirnos de un par de sonrosadas mejillas que ya masticaban las palabras con las que siguió conversando con su mamá en el punto exacto donde se había detenido: "Así no es el cuento."

Pequeños gestos que alimentan sonrisas