29.1.13

Mira lo que tengo, mira lo que hace...

Mira lo que tengo, mira lo que hago

Por Edgardo Civallero

El curso de quijada de burro (un idiófono usado en la música costeña peruana que consiste precisamente en la estructura ósea del maxilar inferior de un burro, a ser posible desprovista de todo resto orgánico y con los dientes incluidos) lucía prometedor. ¡Por fin iba a aprender a acompañar rítmicamente el festejo, ese ritmo tan alegre y popular! ¡Y cantar aquello de "no me casaré con negra ni aunque el diablo me llevara / porque tienen los ojos blancos y la bemba colorá..."!

Estaba animado y de buen humor, algo raro en mí. Mi "otro yo" interior parecía compartir the good mood, y se había pasado la mañana canturreando por lo bajo la melodía de "El alcatraz", otro festejo que aspiraba a acompañar golpeando la quijada con el puño cerrado y frotando sus dientes con un palito.

[Sí, reconozco que dicho así, sin más, suena bastante mal y crea una imagen mental que oscila entre lo estremecedor y lo repugnante... pero, ¿qué quieren que les diga? Así es como se interpreta este curioso instrumento...].

Todo iba bien. Hasta que entré al salón en donde se impartirían las clases y me senté con mis compañeros en una de las sillas que formaban un semi-círculo en torno al lugar que seguramente ocuparía nuestro profesor cuando llegara.

Mientras esperábamos, mi compañera de la izquierda abrió su mochila y sacó su quijada. Mi compañero de la derecha abrió una bolsa de plástico y sacó la suya. Y yo hice lo propio. Los tres teníamos quijadas "comunes y corrientes", de esas que se encuentran por casualidad en el campo, entre los restos semi-pútridos, semi-momificados o semi-comidos-por-los-buitres-y-los-perros del finadito de turno. Cuando la encontré, la mía aún conservaba significativos trozos de burro en ella, así que tuve que dejarla dos semanas sumergida en un estanque, otras dos a orillas de un hormiguero, otras dos dentro de una pila de estiércol de vaca, y las tres finales en agua con una dosis asesina de cloro. Tras eso se pasó dos meses oreándose al aire y al sol. Si bien tras tan largo proceso el hueso había quedado limpio y el maxilar no había perdido una sola muela, la quijada me obsequiaba de vez en cuando unos vahos con un innegable bouquet cadavérico, como si quisiera recordarme que lo que tenía entre manos pertenecía al "cementerio de los animales" de Stephen King y no a mi colección de instrumentos musicales.

Supongo que a mis compañeros de asiento les habría pasado lo mismo, porque cruzamos miradas cómplices y sonrisas ocultas que venían a decir "sí, yo también la ventilé dos horas y la bañé en perfume antes de venir".

Fue entonces cuando, cuatro puestos más allá de nosotros, un fulano colocó a sus pies una especie de estuche rectangular de madera forrado en cuero negro. Abrió sus hebillas plateadas con calculado ruido ("zip, tac", "zip, tac") y dejó al descubierto una quijada blanquita y pulida que descansaba plácidamente en un mullido lecho de terciopelo color azul marino. La sacó de allí como quien extrajera un violín armado por las manos del mismísimo Antonio Stradivari en la Cremona de 1690, y la colocó amorosamente sobre su regazo. Luego miró a su alrededor con cierto aire satisfecho y se limitó a soltar un sonido parecido a un "je-je".

Mi "otro yo", que para aquel entonces andaba ocupado desafinando cruelmente el famoso festejo "El mayoral", dejó sus ocupaciones pseudo-musicales a un lado, concentró su atención en el tipo aquel, respiró hondo un par de veces, contó hasta diez en vietnamita de atrás para adelante y luego, incapaz de contenerse por más tiempo, lanzó una interjección que me hizo sonrojar incluso a mí, acostumbrado a sus excentricidades cotidianas, y que no voy a reproducir aquí por eso del buen gusto y las buenas costumbres.

Yo, por mi parte, retrocedí varios lustros, a un momento puntual de mi infancia: estaba en mi colegio de primaria, y los dos compañeritos ricos de la clase (sí, había compañeritos ricos, menos ricos, pobres y muy pobres) exhibían las primeras radios portátiles "made in China" que llegaban al país. "Mira lo que tengo, mira lo que hace..." nos decían a los demás, restregándonos aquella novedad por las narices. Creo que lo que los llenaba de felicidad y satisfacción no era tener el nuevo "juguete", sino la cara de asombro y envidia que se nos ponía a los demás.

"Cosas de niños".

Volví al presente, y al individuo del super-estuche y la "reina de las quijadas". Como nunca falta un/a comedido/a que le dore la píldora a semejantes fulanos, la alumna que se sentaba a su derecha lanzó un gritito agudo, agitó las manos cerradas frente a su pecho (un poquito histéricamente, según apuntó mi "otro yo") y le preguntó:

- ¡¿Es una quijada Fantino, no?!

Yo podía sentir mi ceja derecha alzada dos centímetros por encima de mi ceja izquierda, en un claro gesto que los yanquis denominan "what the fuck...?" y que en nuestro colorido y multicontinental español solemos llamar "¿de-qué-carajo-están-hablando?" (así, con guiones). Mi "otro yo", desternillándose, sugería que el dueño original de la quijada sería un burro llamado Fantino. Intrigado, consulté con mi compañera de la izquierda, la de la mochila.

- Hay un "constructor" de quijadas que se llama Fantino. Dicen que es el mejor – me respondió. Acto seguido se encogió de hombros, como si quisiera despegarse de aquella afirmación, o como si le importara un cuerno lo que se dijera por ahí.

Comencé a analizar la situación. Una quijada es un producto "natural". Solo hay que limpiarla bien, y, la verdad sea dicha, no es algo que conlleve la aplicación de un arte milenario o de unas técnicas complejas. Por ende, la eficiencia musical de una quijada no se basa en la habilidad del artesano para prepararla, sino en la del músico para hacerla sonar. Ocurre lo mismo con la mayoría de los instrumentos musicales tradicionales. Una flauta no es más que una caña con bisel y agujeros, un pandero es una armazón de madera con dos parches de piel. Si están bien construidos, si no tienen defectos o vicios serios en su estructura (es decir, si la caña de la quena no está rajada, si los parches del tambor están bien tensos), su sonido dependerá muy poco de la capacidad del constructor/luthier (o de sesudos cálculos, bellos adornos, puros materiales, etc.) y muy mucho de la habilidad del músico. He visto verdaderos "palos con agujeros" vendidos a 2 dólares el kilo, sonando maravillosamente en manos de buenos quenistas. Y he sufrido quenas de 200 dólares (bambú amazónico curado durante diez años, boquilla de ébano congoleño y hueso de ala de cóndor peruano, todo ello barnizado con laca japonesa y sujeto con agarraderas de plata del Potosí) pifiando en manos de zanguangos que no sabían sostenerlas siquiera.

Ocurre que hay gente, como el Fantino de marras, que llevan el principio "hacer de su profesión un arte" a extremos que superan ampliamente las fronteras del ridículo. Este buen señor bañaba las quijadas en productos químicos extraídos de animales y plantas sagrados, las exponía a la luz de la luna llena, las pulía con hojas y raíces de árboles exóticos, les cantaba nanas antes de irse a dormir... No sé, agreguen ustedes a la lista la primera estupidez que se les ocurra, seguro que también la hacía. Probablemente el resultado era un hueso más blanco y bienoliente, pero el sonido seguiría siendo básicamente el mismo que el que produciría la quijada que yo tenía entre manos. La música popular y tradicional de todo el mundo fue hecha por pastores y campesinos que no solían disponer de muchas herramientas en sus casas y se agenciaban instrumentos como bien podían, usando los materiales e instrumentos que tenían a mano. Basta recorrer una colección museística o una muestra de instrumentos etnográficos para comprobarlo. Y esos elementos made in home tenían que durar muchos años, así que se cosían los parches rajados, se ataban las cañas rotas, se sellaban con cera los tubos de madera mellados... Quizás no fueran "bonitos", ni "perfectos", ni "profesionales", pero con ese tipo de instrumentos, humildes y llenos de remiendos, se construyó la tradición musical humana. Y, permítanme decirlo, no lo hicieron nada mal.

Pero, claro, luego surgieron Fantinos que anunciaron que no tenemos porqué seguir viviendo en el pasado si tenemos un presente magnífico y un futuro prometedor (lo cual es totalmente cierto) y que, tras aplicar lo último de la tecnología moderna a la luthèrie popular (lo cual también está "bien"), fueron un paso más allá y convirtieron lo que siempre fue algo tradicional (por ejemplo una gaita serrana madrileña, un violín rarámuri mexicano o un pinkuyllu de las tierras altas peruanas) en un objeto de super-lujo y super-última-moda, un producto "de firma".

En mi tierra natal decimos que la culpa de la mugre del chiquero [porqueriza] no la tiene el chancho [cerdo], sino quien le da de comer. Traducción de la metáfora: no existirían extravagantes Fantinos en este mundo nuestro sin una cohorte de admiradores que les compraran sus instrumentos (un problema similar al de los "maestros" ya tratado aquí). Eso en sí mismo no constituye un problema: cada cual puede hacer con su dinero lo que quiera y pueda. Sin embargo, hay fulanos en este mundo nuestro que creen que el hecho de ser afortunados poseedores de un instrumento marca "Fantino" (o "Montoto", o "Acme") los hace merecedores de la admiración y el respeto general. Pero no sólo eso: además, al parecer, les garantiza (¿mágicamente, tal vez?) un buen desempeño musical. Sólo por tener una quijada Fantino, cualquier cosa que hagan con ella, sobre ella y mediante ella será una genialidad.

Y así, poco a poco, se crea una cadena de equívocos. Los fans de Fantino imponen la marca "Fantino" entre sus colegas y en los comercios del ramo, las quijadas Fantino dominan la escena y, un buen día, tener una quijada que no sea Fantino es un pecado cuasi-mortal. Afortunadamente, siempre queda una valiente minoría de músicos con sentido común (o sin posibilidades económicas para hacerse con un instrumento marca "X") que mantienen las viejas costumbres, conscientes de que el verdadero artista sabe como arrancar sonidos a un pedazo de tubo de plástico o a un cajón de manzanas.

Finalmente llegó el profesor de quijada, nos dio las primeras instrucciones y comenzamos a tocar. Y resultó que (a) la quijada Fantino tenía, en efecto, el mismo sonido que todas las demás; y (b) que su dueño necesitaba clases urgentes e intensivas de "llevar el ritmo", como todos los demás. No había ninguna magia en la quijada Fantino. Puede que fuera la más bonita, la más maquillada, la menos apestosa. Pero nada más.

Salí de aquella clase con un par de amigos nuevos en mi lista, algunos ejercicios rítmicos para ensayar en casa con mi quijada, y la confirmación de una sospecha que cargaba dentro desde hacía algún tiempo: el ser humano tiene una capacidad única para darle importancia a lo que no la tiene y restársela a lo que la pide a gritos. Mi "otro yo", sacudiendo las caderas y haciendo palmas a puro ritmo de festejo peruano, agregó su propio aprendizaje: el síndrome de "admiración-ajena-como-combustible-del-motor-propio", me dijo, no sólo no se limita a niños en edad escolar, sino que empeora (y mucho) con la edad.

Agregó algo más sobre imbéciles que deberían comprarse una vida. Ocurre que me lo cantó, usando para ello la música del festejo "Le dije a papá" de Eva Ayllón, y, la verdad, no le entendí ni jota. Otra vez será.